CAPÍTULO 6 #2
—Tampoco que permitas que uno de tus antiguos amantes ponga las manos sobre ti.
Me detuve.
—¿Cómo sabes que fue mi amante?
Álex también se detuvo.
—Te investigué.
—Sí. Empiezo a descubrir que fue un informe bastante completo.
—No sabía que asistiría.
—¿Por eso me ordenaste que no me alejara de ti?
—No.
—¿Entonces por qué?
—Hablaremos después.
—No. Hablaremos ahora.
Varias personas se acercaban para saludarnos.
Álex cambió de expresión antes de que llegaran. Su rostro volvió a mostrar aquella serenidad cuidadosamente construida.
—Sonríe —murmuró.
—No me apetece.
Su mano regresó a mi cintura.
—Entonces imagina a Salcedo abandonando el hotel sin dientes.
No pude evitar reír.
Los invitados nos encontraron mirándonos como una pareja que compartía una broma privada.
Perfecto para las cámaras.
Peligroso para mí.
* * *
Durante la cena, Hugo ocupó una mesa situada al otro lado del salón.
No lo miré.
Apenas.
Cada vez que lo hacía, encontraba a Álex observándome.
Estábamos sentados en la mesa central, rodeados por consejeros, donantes y dos representantes de una familia real europea que hablaban en voz baja sobre inversiones sostenibles.
Yo intentaba participar en la conversación.
Álex parecía más interesado en castigarme.
Su mano se apoyó sobre mi rodilla bajo el mantel.
Lo miré.
Continuó hablando con la mujer sentada a su derecha.
Sus dedos se desplazaron lentamente hacia el interior de mi muslo.
—¿Estás bien, Claudia? —preguntó uno de los consejeros.
—Perfectamente.
Álex trazó un círculo sobre mi piel desnuda, justo donde comenzaba la abertura del vestido.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato.
Cogí la copa de agua.
—¿Demasiado calor? —preguntó él, mirándome por fin.
—Un poco.
—Puedo pedir que reduzcan la temperatura.
—No será necesario.
Sus dedos ascendieron.
Cerré una mano sobre su muñeca bajo la mesa.
Álex no se movió.
—Retírela —susurré sin dejar de sonreír.
—¿Es lo que quieres?
La pregunta cambió todo.
Podía decir que sí.
Él se detendría.
Lo sabía.
Pero Hugo seguía al otro lado del salón y una parte de mí disfrutaba demasiado de la forma en que Álex había pronunciado mi esposa.
De su furia.
De aquella mano reclamando solo lo que yo quisiera ofrecerle.
Aflojé los dedos alrededor de su muñeca.
—No.
Álex inclinó la cabeza hacia la mujer que estaba hablando, como si le prestara atención.
Su mano continuó subiendo.
El pulgar rozó el borde de mi ropa interior.
El aire quedó atrapado en mis pulmones.
—El proyecto de Lisboa abrirá el próximo otoño —comentó uno de los directivos.
—Si terminan las obras dentro del plazo —respondió Álex con absoluta normalidad.
Sus dedos se deslizaron sobre la tela.
Tuve que apoyar la copa en la mesa para que no temblara.
—¿Claudia ha visitado ya el hotel? —preguntó la mujer.
—Todavía no —dije.
Álex presionó suavemente.
—Pero lo hará pronto.
Clavé las uñas en su muslo.
Él no reaccionó.
Al menos no de forma visible.
—Tenemos previsto viajar juntos —añadió.
—Qué romántico —dijo la mujer.
—Muchísimo —conseguí responder.
Álex rozó lentamente el punto exacto que me hacía perder la concentración.
Todo mi cuerpo se tensó.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, con una inocencia que habría resultado admirable si no fuera un completo bastardo.
Me incliné hacia él.
—Voy a matarte.
Su boca se acercó a mi oído.
—Primero tendrás que dejar de temblar.
Retiró la mano.
Así, sin más.
La pérdida del contacto fue casi dolorosa.
Me quedé mirándolo, excitada, furiosa y completamente incapaz de decidir qué emoción dominaba.
Álex levantó la copa de vino.
—Por mi esposa —dijo.
Todos brindaron.
Yo también.
Mientras imaginaba distintas formas de hacerle pagar por aquello.
* * *
La gala terminó pasada la medianoche.
Álex me condujo hacia la salida con una mano en mi espalda. Sonreímos ante los últimos fotógrafos y subimos al coche.
En cuanto la puerta se cerró, me aparté de él.
—No vuelvas a hacer eso.
El conductor levantó el separador de privacidad sin que nadie se lo pidiera.
Álex aflojó el nudo de la corbata.
—Me pediste que no me detuviera.
—No me refiero a la mesa.
—Entonces acláralo.
—No hables por mí como si fuera una posesión.
—Te pregunté si querías que me apartara.
—Después de comportarte como si Hugo hubiera intentado robarte un objeto.
—No eres un objeto.
—Has dicho «mi esposa» como si fueras a marcar territorio.
—Lo eres.
—¿Qué?
—Mi esposa.
—Solo legalmente.
—También eres la mujer con la que me acuesto.
—Eso no te convierte en mi propietario.
Álex se inclinó hacia mí.
—No quiero ser tu propietario.
—Pues no lo parecía.
—Quería arrancarle la mano.
—Eso tampoco ayuda.
—No he dicho que fuera razonable.
—¿Estabas celoso?
Su mandíbula se endureció.
—No.
Me reí.
—Casi provocas una pelea en tu propia gala.
—No habría sido una pelea.
—Claro. Tú habrías ordenado que lo arrojaran por una ventana y otro habría hecho el trabajo.
—Esas ventanas no se abren.
—Tranquilizador.
Álex se acercó más.
—No me gustó que te tocara.
—Ya lo has dicho.
—Tampoco me gusta que exista una parte de tu vida que él conoce y yo no.
La sinceridad me dejó quieta.
—No tienes derecho a conocerlo todo.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Lo sé y sigue sin gustarme.
El coche tomó una curva.
Nuestros cuerpos se rozaron.
La tensión apareció de nuevo, inmediata y brutal.
Miré su boca.
Álex lo notó.
—Los celos no forman parte del contrato —repetí.
—No.
—La posesividad tampoco.
—No.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras castigarme.
Su voz descendió.
—No quiero castigarte.
—¿Qué quieres?
—Recordarte quién te hizo temblar bajo esa mesa.
El calor me golpeó directamente entre las piernas.
—Eres insoportable.
—Y tú estás excitada.
—No tiene nada que ver contigo.
Álex alzó una ceja.
—Mentirosa.
Lo besé para que dejara de hablar.
O para demostrarle que no tenía todo el control.