CAPÍTULO 6
MI ESPOSA
Dormí mal.
No por la cama desconocida, aunque el colchón era tan firme que parecía haber sido diseñado por alguien que despreciaba la comodidad.
Tampoco por saber que Álex estaba al otro lado del pasillo.
Dormí mal porque cada vez que cerraba los ojos escuchaba de nuevo su voz desde el despacho.
No puede descubrir por qué cancelamos realmente la gala.
A las dos de la madrugada consideré atravesar el pasillo, entrar en su habitación y exigirle una explicación.
A las tres decidí que no iba a darle la satisfacción de saber que había estado escuchando.
A las cuatro imaginé despertarlo de una forma que no tenía nada que ver con explicaciones.
A las cinco odiaba tanto a Álex como a mi propia incapacidad para separar la desconfianza del deseo.
Cuando finalmente me levanté, él ya se había marchado.
Sobre la isla de la cocina había una taza de café, un plato con tostadas y una nota escrita con aquella caligrafía firme que parecía incapaz de inclinarse ante nada.
Cena de la Fundación Valdés. Ocho de la tarde. El coche pasará a recogerte a las siete y cuarto.
Debajo había añadido:
Come.
Arrugué la nota.
Después me bebí el café y me comí las tostadas.
Solo porque tenía hambre.
* * *
Pasé el día en la agencia intentando descubrir qué ocultaba Álex.
Revisé correos, permisos de acceso, contratos con proveedores y los informes de seguridad relacionados con la gala. No encontré ninguna señal de una filtración.
Vera me observó desde el otro lado de la mesa mientras yo comprobaba por tercera vez la lista de credenciales.
—Vas a dejar ciego al ordenador.
—Algo no encaja.
—¿En el presupuesto?
—En la cancelación.
No le conté exactamente lo que había escuchado. No porque no confiara en ella, sino porque pronunciarlo en voz alta habría convertido la sospecha en algo real.
—Álex dijo que hubo una filtración —continué—, pero no hay ninguna prueba de que saliera de aquí.
—Eso ya lo sabíamos.
—Entonces ¿por qué no nos permite acceder al informe?
—Porque es un hombre controlador con un complejo de deidad empresarial.
—Puede ser las dos cosas.
—¿Dos?
—Controlador y mentiroso.
Vera se quedó quieta.
—¿Qué ha ocurrido?
Cerré la carpeta.
—Nada.
—No pones esa cara por nada.
—¿Qué cara?
—La que utilizas cuando quieres estrangular a alguien y acostarte con él antes de hacerlo.
—No tengo una cara para eso.
—Desde que conoces a Álex, sí.
Me levanté.
—Tengo que prepararme para la gala.
—¿Vas a preguntarle por la cancelación?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero saber qué está ocultando.
Vera me siguió hasta el pequeño almacén donde habíamos colgado el vestido que Beatriz había enviado aquella mañana.
—Eso suena peligroso.
—Investigar a mi marido falso no es peligroso.
—No me refería a eso.
Quitó la funda de plástico.
El vestido era rojo.
No un rojo discreto, elegante o diplomático. Era el tipo de rojo que entraba en una habitación antes que la mujer que lo llevaba.
La tela se ajustaba al cuerpo, dejaba los hombros descubiertos y terminaba en una abertura que ascendía demasiado por el muslo.
—No voy a ponerme esto.
Vera lo contempló con admiración.
—Por supuesto que vas a ponértelo.
—Álex lo ha elegido.
—Entonces por una vez deberíamos felicitar su criterio.
—No pienso darle esa satisfacción.
—Puedes modificarlo.
La miré.
Dos horas después, la abertura subía varios centímetros más.
* * *
Álex me esperaba en la entrada del hotel.
No dentro.
No rodeado de asistentes.
En la acera, frente a los periodistas.
El coche se detuvo junto a la alfombra roja. Antes de que el conductor pudiera salir, Álex abrió mi puerta.
Primero vi sus zapatos negros.
Después la mano que me ofrecía.
Y, por último, su expresión cuando salí del vehículo.
Se quedó inmóvil.
Había cambiado el diseño original del vestido. Eliminamos la capa de gasa que cubría parcialmente los hombros, ajustamos la cintura y abrimos más la falda.
No parecía la esposa dócil que su equipo había vestido.
Parecía una mujer que había decidido declarar la guerra.
La mirada de Álex descendió lentamente.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi mano.
—Has modificado el vestido.
Era la primera vez que me tuteaba.
El cambio me recorrió de una forma mucho más íntima de lo que debería.
—Creí que mejorar la imagen también formaba parte de mis obligaciones.
—La abertura era más corta.
—Ahora sigue siendo una abertura, pero más ambiciosa.
Los flashes explotaban a nuestro alrededor.
Álex me acercó hasta apoyar una mano en mi espalda.
—¿Intentas provocarme?
—¿Está funcionando?
Sus dedos se tensaron sobre mi cintura.
—Entra antes de que descubras cuánto.
Sonreí hacia las cámaras.
—Pensaba que su control no era el problema.
—Y yo pensaba que sabías cuándo dejar de jugar.
—Nunca he sabido.
Álex bajó la cabeza y rozó mi mejilla con los labios.
Para los fotógrafos fue un gesto cariñoso.
Para mí fue una advertencia.
—Esta noche no te alejes de mí —murmuró.
—No me dé órdenes.
Su boca se detuvo junto a mi oído.
—Esta sí deberías obedecerla.
Antes de que pudiera preguntarle por qué, me condujo hacia el interior.
La gala anual de la Fundación Valdés reunía a políticos, empresarios, celebridades y personas capaces de donar cantidades que yo no ganaría en varios años.
El salón estaba decorado con flores blancas, lámparas suspendidas y mesas cubiertas con vajillas que probablemente no podían meterse en un lavavajillas corriente.
Había organizado eventos similares.
Nunca había asistido a uno como la esposa del anfitrión.
Todos querían conocernos.
Las preguntas se repitieron durante la primera hora.
Cómo habíamos empezado.
Por qué mantuvimos la relación en secreto.
Quién pidió matrimonio a quién.
Cuánto tiempo llevábamos enamorados.
Álex respondía con una facilidad que habría resultado admirable si no supiera que estaba mintiendo.
—Claudia fue difícil de convencer —dijo a un matrimonio de accionistas.
—Eso sí es verdad —respondí.
—Continúa siéndolo.
Su mano se deslizó desde mi espalda hasta mi cadera.
La presión de sus dedos atravesó la tela.
—Álex está acostumbrado a que la gente acepte sus propuestas sin leer la letra pequeña —añadí.
La mujer rió.
—Pero tú conseguiste domarlo.
Álex me miró.
—Está intentándolo.
—¿Y funciona? —preguntó el marido.
Sus dedos descendieron un poco más.
—Todavía no.
La respuesta tenía dos significados.
Los dos me hicieron apretar las piernas.
—Disculpadnos —dije—. Tengo que saludar a alguien.
Me aparté antes de que la conversación se volviera demasiado peligrosa.
No había visto a nadie conocido.
Solo necesitaba respirar sin sentir la mano de Álex sobre mi cuerpo.
Llegué hasta una mesa donde servían champán y cogí una copa.
—La señora Valdés.
La voz me hizo cerrar los ojos un instante.
No necesitaba girarme para reconocerla.
—Hugo.
Hugo Salcedo había sido cliente, amante ocasional y uno de los errores que procuraba recordar solo cuando necesitaba reafirmar mi capacidad para tomar malas decisiones.
Era atractivo de una forma pulida y consciente. Cabello oscuro perfectamente peinado, sonrisa fácil y un traje demasiado ajustado para alguien que fingía no preocuparse por su aspecto.
Me besó en ambas mejillas.
Sus labios permanecieron demasiado tiempo cerca de mi piel.
—No sabía que estabas invitado —dije.
—La fundación colabora con la empresa de mi padre.
Cogió una copa y me observó con descaro.
—Tampoco sabía que te habías casado.
—Fue algo rápido.
—Eso he leído.
Su mirada descendió al anillo.
—Muy rápido.
—No tienes que fingir discreción conmigo.
—No finjo nada.
—Nunca se te dio bien.
Hugo sonrió.
—A ti tampoco. Por eso me sorprende esta representación.
El cuerpo se me tensó.
—No sé de qué hablas.
—Claudia, te conozco.
—Nos acostamos tres veces. No me conoces.
—Fueron cuatro.
—La última apenas cuenta.
—Para mi ego, sí.
Me llevé la copa a los labios.
—¿Qué quieres?
—Saber cómo una mujer que hace dos meses me explicó durante una hora que jamás dependería de ningún hombre ha terminado casada con uno de los más ricos del país.
—Me enamoré.
—Qué conveniente.
—¿Tienes algún problema con eso?
Hugo dio un paso hacia mí.
—Solo me preocupa que termines pagando más de lo que recibes.
—Mi matrimonio no es asunto tuyo.
—Antes sí lo eras tú.
—Nunca.
La sonrisa desapareció lentamente.
—Parece que el dinero te ha vuelto más cruel.
—No. Tú siempre has confundido mi educación con interés.
Apoyó una mano en mi cintura.
No fue un gesto íntimo.
Fue una prueba.
Una provocación.
Antes de que pudiera apartarlo, otra mano se cerró alrededor de su muñeca.
—Está tocando a mi esposa.
La voz de Álex no sonó alta.
No necesitaba hacerlo.
Hugo retiró la mano.
—Valdés.
—Salcedo.
Los dos se miraron con el tipo de cordialidad que precedía a una pelea o a una fusión empresarial hostil.
Álex pasó un brazo alrededor de mi cintura y me atrajo contra su costado.
La posesividad del gesto debería haberme enfurecido.
En cambio, un calor oscuro descendió por mi cuerpo.
—Solo estábamos hablando —dijo Hugo.
—Puede hablar sin tocarla.
—No parecía molestarle.
Álex me miró.
La pregunta estaba allí, detrás de su expresión endurecida.
No dio por sentado que necesitaba salvarme.
Esperó mi respuesta.
—Me molestaba —dije.
Su brazo se relajó apenas.
—Entonces no vuelva a hacerlo —ordenó a Hugo.
—Puede hablar por sí misma.
—Ya lo ha hecho.
Hugo levantó la copa.
—No pretendía causar una escena.
—Entonces ha elegido una forma extraña de comportarse.
—Álex —dije—. Déjalo.
Sus ojos se dirigieron hacia mí.
—¿Quieres que me aparte?
La pregunta fue tan clara que Hugo pareció desconcertado.
Yo también.
Álex estaba furioso, pero me estaba dando el control delante de él.
—Quiero que nos vayamos —respondí.
No necesitó nada más.
Me condujo lejos de la mesa.
Sentí la mirada de Hugo clavada en mi espalda hasta que desaparecimos entre los invitados.
—No necesitaba que me rescataras —dije.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué has intervenido?
—Porque te estaba tocando.
—Eso ya lo he notado.
—Y porque no me gustó.
Entramos en el salón principal.
—Los celos no forman parte del contrato.