Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

La pequeña alteración me produjo una sensación inmediata de poder.

Él podía controlar el ritmo, hacerme pedir y observar cada reacción de mi cuerpo.

Pero yo también podía romper su calma.

Lo toqué despacio, disfrutando de cómo su mandíbula se tensaba.

—Claudia.

—¿Sí?

—Está jugando.

—Estoy aprendiendo.

Repetí sus propias palabras.

Álex apoyó la frente contra la mía.

—Va a arrepentirse.

—¿Eso es una amenaza?

—Una promesa.

No tuve tiempo de responder.

Me giró contra la pared y el juego desapareció bajo una urgencia que yo misma había provocado. Aun así, se detuvo antes de seguir.

—¿Sí?

La pregunta fue apenas un susurro.

—Sí.

—¿Está segura?

Giré la cabeza y lo miré por encima del hombro.

—Completamente.

El segundo encuentro fue distinto al primero.

Menos solemne.

Más desordenado.

Más nuestro, aunque me negara a utilizar esa palabra.

El agua, sus manos y la intensidad del momento borraron cualquier pensamiento coherente. Cuando alcancé el límite, pronuncié su nombre sin intentar contenerme.

Álex escondió el rostro en mi cuello mientras perdía también el control.

Después permanecimos quietos, respirando bajo el agua.

La realidad regresó más deprisa que la noche anterior.

Me aparté.

Álex cerró el grifo.

—Necesitamos hablar —dije.

—Esas palabras nunca anuncian nada bueno.

Cogí una toalla y me envolví con ella.

—Esto no puede continuar así.

—Hace cinco minutos parecía bastante satisfecha con la situación.

—No me refiero al sexo.

Álex tomó otra toalla y se la pasó por el cabello.

—Entonces ¿a qué se refiere?

—A fingir que no va a ocurrir otra vez.

—Estoy de acuerdo.

Lo miré.

—¿Así de fácil?

—No tiene sentido prohibir algo que ambos queremos hacer.

—El contrato lo prohíbe.

—Podemos modificarlo.

—¿Va a convocar a cuatro abogados para informarles de que hemos roto la cláusula novena dos veces en menos de doce horas?

—No es necesario explicarles cuántas veces.

—Gracias por la precisión.

Álex salió de la ducha y empezó a vestirse con la ropa húmeda.

—Podemos establecer un acuerdo verbal.

—Eso es muy poco propio de usted.

—Aprendo a adaptarme.

—¿Cuáles serían las condiciones?

Se volvió hacia mí.

—Nada cambia fuera de la intimidad.

—Eso no es suficiente.

—Entonces proponga algo.

Apreté la toalla alrededor de mi cuerpo.

—Podemos acostarnos cuando ambos queramos.

—Evidente.

—Sin expectativas.

—Defina expectativas.

—No habrá citas reales. Ni promesas. Ni conversaciones sobre lo que sentimos.

Álex permaneció callado.

—¿Algún problema? —pregunté.

—Ninguno.

—Después de los seis meses, se termina.

—Sí.

—Y ninguno puede reclamar nada al otro.

—Eso ya figura en el contrato.

—Quiero escucharlo.

Álex se acercó.

—No reclamaré nada que usted no quiera darme.

La frase sonó demasiado íntima.

Me obligué a continuar.

—La exclusividad que ya firmamos se mantiene.

Álex me observó.

—Sí.

—Quiero oír exactamente qué significa ahora que hemos roto la cláusula novena.

—Que no estaré con nadie más durante los seis meses.

—¿Por imagen?

—Por coherencia.

—Qué palabra tan elegante para los celos.

Álex dio un paso hacia mí.

—No estoy celoso.

—Todavía.

—No me interesan otras mujeres.

La respuesta fue tan directa que olvidé durante un instante qué pensaba decir.

—Eso parece poco probable.

—No me importa lo que le parezca.

—Tiene una reputación.

—Las revistas tienen imaginación.

—Entonces, durante estos seis meses, ¿no estará con nadie más?

—No.

Su mirada se volvió más intensa.

—Y usted tampoco.

—Eso ya lo firmé.

—Quiero oírlo.

La seguridad de su tono debería haberme irritado.

No lo hizo porque tenía razón.

La idea de acostarme con otro hombre no me producía nada. Ni siquiera curiosidad. Mi cuerpo continuaba demasiado ocupado recordando las manos de Álex.

—No estaré con nadie más —dije—. Solo durante el contrato.

—De acuerdo.

—No significa que seamos pareja.

—No.

—Ni que pueda controlar mi vida.

—No.

—Ni que tenga derecho a saber dónde estoy a todas horas.

—Mientras su seguridad no esté comprometida, no.

Fruncí el ceño.

—No añada condiciones.

—No es una condición. Es sentido común.

—Su sentido común se parece demasiado al control.

—Y su independencia se parece demasiado a una incapacidad patológica para aceptar ayuda.

Nos miramos.

—Este acuerdo va a ser un desastre —dije.

—Probablemente.

—Y aun así parece satisfecho.

La mirada de Álex bajó hacia la toalla.

—La mañana ha mejorado considerablemente.

Le lancé otra toalla a la cara.

* * *

Llegué a la agencia con una hora de retraso, el cabello todavía húmedo y la sensación de que todo el mundo podía ver exactamente lo que había hecho.

Vera me esperaba junto a mi mesa.

—Tienes una marca en el cuello.

Me llevé la mano de inmediato a la piel.

—No es una marca.

—Claro. Te ha atacado un mosquito con problemas de autoestima.

—Baja la voz.

Vera cerró la puerta del despacho.

—¿Habéis roto la cláusula?

Dejé el bolso sobre la mesa.

—No voy a hablar de esto.

—Eso significa que sí.

—Tenemos cosas más importantes que hacer.

—¿Más importantes que mi mejor amiga teniendo sexo con el marido al que juró no tocar?

—Es mi marido solo legalmente.

—¿Y sexualmente qué es?

Me senté frente al ordenador.

—Una complicación controlada.

Vera abrió mucho los ojos.

—Has usado palabras suyas.

—No he usado palabras de nadie.

—Te está absorbiendo el cerebro.

—Vera.

—De acuerdo. Trabajo.

Dejó varias carpetas frente a mí.

Pasamos las siguientes horas pagando facturas, hablando con proveedores y reorganizando los proyectos pendientes. Transferí los salarios atrasados y cubrí las deudas más urgentes.

Cada pago suponía una liberación.

También un recordatorio.

El dinero provenía de Álex.

A las cinco de la tarde, Samuel apareció con dos empleados del servicio de mudanzas.

—El señor Valdés ha solicitado que trasladen sus pertenencias al ático.

—El señor Valdés solicita demasiadas cosas.

—Me indicó que usted había aprobado el traslado.

—Aprobé llevar algunas maletas.

Samuel miró a los dos hombres.

—Pueden esperar fuera.

Cuando la puerta se cerró, Vera apoyó los codos sobre mi mesa.

—¿Hoy te mudas con él?

—Al ático.

—Con él.

—Tendré mi propia habitación.

—Después de lo de anoche, parece un uso poco eficiente del espacio.

La ignoré.

Tardamos menos de una hora en preparar ropa, documentos y algunos objetos personales. No quise llevar demasiado. Seis meses no eran una vida, aunque en aquel momento parecieran una eternidad.

Llegué al ático poco antes de las ocho.

Álex todavía no había regresado.

Una empleada llamada Teresa me mostró la casa. Había dos plantas, una terraza inmensa, gimnasio, despacho, biblioteca y más habitaciones de las que pude contar.

Mi dormitorio estaba al final de un pasillo privado.

Era amplio, luminoso y completamente impersonal. Las maletas esperaban junto a la cama. Sobre la mesilla había una llave.

La cogí.

Álex había cumplido su promesa.

Probé la cerradura desde dentro.

Funcionaba.

Aquello debería haberme tranquilizado.

Sin embargo, mientras deshacía las maletas, no podía dejar de pensar que su habitación estaba al otro lado del pasillo.

Tan cerca.

A las diez escuché abrirse la puerta principal.

Seguí colocando ropa en el armario.

No iba a salir a recibirlo como una esposa real.

Cinco minutos después, oí sus pasos.

Se detuvieron delante de mi habitación.

La puerta estaba abierta.

Álex apareció en el umbral, todavía vestido con el traje del trabajo. Parecía cansado. Más humano.

Su mirada recorrió las maletas.

—Ya está instalada.

—Temporalmente.

—Por supuesto.

—La llave funciona.

—No tenía motivos para que no lo hiciera.

—Quería comprobarlo.

Álex asintió.

—¿Ha comido?

—Sí.

Era mentira.

Sus ojos se estrecharon.

—No empiece.

—Teresa ha dejado la cena preparada.

—No tengo hambre.

Mi estómago volvió a traicionarme con un sonido.

Álex levantó una ceja.

—Esa mentira tampoco ha mejorado.

—Tengo trabajo.

—Puede hacerlo después de comer.

—No vuelva a darme órdenes.

—Entonces considérelo una invitación.

—La rechazo.

—Bajaré en diez minutos.

Se dio la vuelta.

—Eso sigue pareciendo una orden.

—Y usted seguirá teniendo hambre cuando baje.

Desapareció por el pasillo.

Cerré un cajón con fuerza.

Esperé nueve minutos antes de ir a la cocina, solo para no darle la satisfacción de acertar exactamente.

El ático estaba en silencio.

Álex no se encontraba en la cocina ni en el comedor.

Escuché su voz en el despacho.

La puerta estaba entreabierta.

—No me importa cuánto tarde —decía—. Quiero saber quién accedió a los archivos.

Me detuve.

No pretendía escuchar.

Al menos al principio.

—No. Ella no sabe nada.

Una pausa.

—Y seguirá sin saberlo.

Mi cuerpo se tensó.

Álex bajó aún más la voz, pero el silencio de la casa permitió que las siguientes palabras llegaran con claridad.

—No puede descubrir por qué cancelamos realmente la gala.

Retrocedí antes de que pudiera verme.

Regresé a mi habitación y cerré la puerta con llave.

El hambre había desaparecido.

También la sensación de seguridad que había sentido unos minutos antes.

Álex me había asegurado que la cancelación se debía a una filtración.

Había investigado mis deudas, mi empresa y mi vida antes de ofrecerme el matrimonio.

Ahora acababa de admitir que ocultaba la verdadera razón por la que había destruido el contrato más importante de mi carrera.

Miré la alianza de mi dedo.

Aquella mañana habíamos decidido acostarnos sin sentimientos y sin mentiras que importaran.

Pero Álex Valdés ya había comenzado nuestro matrimonio con un secreto.

Y yo iba a averiguar cuál era.