CAPÍTULO 5
SEXO SIN SENTIMIENTOS
Desperté con una mano apoyada sobre mi estómago y un cuerpo cálido pegado a mi espalda.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
La habitación permanecía en penumbra. Las cortinas dejaban pasar una franja de luz gris y el ruido lejano del tráfico llegaba amortiguado desde la calle. Olía a sábanas limpias, a madera y a Álex.
Entonces noté su respiración contra mi nuca.
Y lo recordé todo.
La pared.
Sus manos.
La cama.
Mi voz pronunciando su nombre con una desesperación que no quería volver a escuchar jamás fuera de mi cabeza.
Permanecí inmóvil.
Álex dormía detrás de mí, con un brazo rodeándome la cintura y las piernas entrelazadas con las mías. Su forma de abrazarme no tenía nada que ver con el hombre que negociaba matrimonios como si fueran adquisiciones empresariales.
No era posesiva.
Era íntima.
Eso me asustó mucho más.
Intenté apartar su brazo sin despertarlo.
Sus dedos se cerraron sobre mi abdomen.
Contuve la respiración.
—Todavía es pronto —murmuró.
Su voz sonaba más grave después de dormir.
—Necesito levantarme.
—No.
La respuesta llegó acompañada de un movimiento de su cuerpo contra el mío.
Noté inmediatamente que estaba despierto en todos los sentidos.
El calor se extendió por mi espalda y descendió hasta un lugar que no necesitaba más estímulos después de la noche anterior.
—Eso ha sonado como una orden —dije.
—Era una observación.
—Las observaciones no suelen consistir en una sola palabra.
Álex hundió la cara en mi cabello.
—Entonces observaré que ha dormido tres horas y que intenta escapar sin mirarme.
—No estoy escapando.
—Todavía no ha abierto los ojos.
Los abrí.
—Ya está.
Su risa fue apenas un sonido bajo contra mi nuca.
—Buenos días, esposa.
Cerré los ojos otra vez.
—No me llame así.
—Lo es.
—Sobre el papel.
—También sobre el colchón, por lo que recuerdo.
El rubor me recorrió el cuerpo con una velocidad irritante.
Me giré para enfrentarlo.
Fue un error.
Álex estaba despeinado. La sombra de la barba oscurecía su mandíbula y tenía los ojos entornados por el sueño. La sábana apenas cubría su cintura.
Intenté no mirar su pecho.
No lo conseguí.
Él tampoco hizo ningún esfuerzo por disimular hacia dónde se dirigía su atención. Mi camisola continuaba en algún lugar del suelo. Solo la sábana cubría parcialmente mi cuerpo.
Tiré de ella hacia arriba.
—Anoche acordamos que había sido una excepción.
—Lo acordó usted.
—No me contradijo.
—Estaba cansado.
—Qué conveniente.
—Además, parecía necesitar creerlo.
—No necesito creer nada.
—Otra mentira.
Me incorporé.
El movimiento hizo que la sábana descendiera y dejara al descubierto uno de mis pechos.
Álex lo miró.
Lo cubrí de inmediato.
—Deje de hacer eso.
—¿Qué?
—Mirarme como si estuviera pensando en volver a empezar.
Sus ojos regresaron a los míos.
—Estoy pensando exactamente en eso.
El cuerpo me traicionó con una respuesta inmediata.
Me levanté de la cama antes de que pudiera notarlo.
O antes de que yo tuviera que reconocerlo.
Recogí la camisola del suelo y me la puse de espaldas a él. La seda rozó mi piel sensible y tuve que contener un estremecimiento.
—Voy a ducharme.
—De acuerdo.
—Sola.
—No había preguntado.
Me giré.
Álex seguía tumbado, observándome con una calma que me irritó.
—Bien.
—Perfecto.
Entré en el baño y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
Durante casi un minuto permanecí apoyada contra ella, escuchando.
No oí ningún movimiento.
No supe si sentir alivio o decepción.
Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua se calentara. Mi reflejo en el espejo parecía el de una desconocida: labios ligeramente hinchados, cabello desordenado, marcas tenues en el cuello y una expresión demasiado consciente de lo que había ocurrido.
Me toqué una de las marcas.
Álex me había preguntado antes de cada nuevo paso.
Había esperado.
Había escuchado.
No podía culparlo de nada.
Esa era la parte más problemática.
Me quité la camisola y entré bajo el agua.
El calor alivió la tensión de mis músculos. Cerré los ojos y dejé que el agua recorriera mi cara.
No debía pensar en él.
Debía pensar en el contrato.
En la agencia.
En los pagos que podría realizar aquella mañana.
En la vida que me esperaba durante los siguientes seis meses.
Pensé en la forma en que Álex me había mirado justo antes de perder el control.
Una imagen completamente inútil para mis propósitos.
Escuché dos golpes suaves en la puerta del baño.
—¿Qué?
—Ha olvidado algo.
Miré hacia la puerta.
Podía pedirle que lo dejara fuera. Había dicho que quería ducharme sola y Álex, por una vez, estaba esperando al otro lado.
—Entre.
La puerta se abrió.
Álex entró con unos pantalones oscuros y la camisa de la noche anterior sin abrochar.
Mi mirada bajó sin permiso.
Se detuvo junto al lavabo y me mostró la alianza.
Miré mi mano izquierda.
Me la había quitado antes de la ducha y la había dejado sobre la mesilla.
—Podría haberla dejado fuera.
—Podría.
—Entonces ¿por qué ha llamado?
Su mirada atravesó el cristal.
—Porque quería verla. Pero no iba a entrar sin que me dejara.
No hubo excusas.
No habló de las cámaras, la imagen pública o el contrato.
Solo quería verme.
La sinceridad hizo que mi pulso se acelerara.
Álex abrió la puerta de la ducha y extendió la mano con el anillo sobre la palma.
El vapor envolvió su cuerpo.
—Póngaselo usted —dije.
—¿Está segura?
—Es solo un anillo.
—Nada entre nosotros parece ser solo una cosa.
Tomó mi mano.
El agua empapó el puño de su camisa mientras deslizaba la alianza por mi dedo. Su pulgar quedó apoyado sobre la parte interior de mi muñeca.
Mi pulso golpeaba bajo su piel.
Álex lo sintió.
—Está nerviosa.
—Estoy desnuda y usted ha entrado vestido en la ducha.
—Puedo solucionar una de esas cosas.
—Álex.
—Dígame que salga.
La respuesta correcta estaba allí.
No tenía que buscarla.
Solo pronunciarla.
Pero sus dedos continuaban alrededor de mi muñeca y el agua empezaba a oscurecer la tela de su camisa. Bajo el tejido húmedo se marcaban sus hombros, su pecho y cada línea de su cuerpo.
—Va a estropear la ropa —dije.
—Tengo más camisas.
—Eso no me sorprende.
Álex dio un paso dentro.
El agua cayó sobre su cabello y su rostro.
—Todavía no me ha pedido que salga.
—No necesito repetir cada decisión en voz alta.
—Esta sí.
Sus ojos se mantuvieron fijos en los míos.
No me sentía acorralada.
Me sentía observada.
Esperada.
Y, precisamente por eso, libre de elegir.
—Quédese —dije.
Álex cerró la puerta de cristal.
El espacio se redujo de inmediato.
Me pegó contra el frío azulejo sin llegar a tocarme, colocando una mano a cada lado de mi cuerpo.
—Anoche dijo que no volvería a ocurrir.
—Anoche estaba cansada.
—Utilizar mis argumentos en mi contra es poco elegante.
—Nunca he presumido de ser elegante.
—No.
Su mirada descendió por mi cuerpo mojado.
—Ha presumido de cosas mucho más interesantes.
El deseo me golpeó con una intensidad que debería haberme avergonzado.
En lugar de apartarme, agarré los bordes de su camisa y tiré hasta sacarla de sus pantalones.
—Se está mojando.
—Culpa suya.
—Usted ha entrado.
—Y usted me ha pedido que me quede.
Desabroché el primer botón.
Después el siguiente.
—Eso no significa nada.
—Por supuesto.
—No sonría.
—No estoy sonriendo.
—Ya hemos tenido esta conversación.
Abrí el resto de los botones con menos paciencia.
Álex se quitó la camisa y la dejó caer fuera de la ducha. Después se desabrochó los pantalones sin apartar los ojos de mí.
Mi respiración se volvió más profunda.
—Esto sigue sin significar nada —dije.
—Lo repite demasiado.
—Porque quiero que quede claro.
—Está muy claro.
Se acercó hasta que nuestros cuerpos se rozaron.
—Quiere acostarse conmigo, pero no quiere admitir que le gusta hacerlo.
—No sea arrogante.
—Entonces dígame que me equivoco.
Apoyé las manos sobre su pecho.
Noté los músculos tensarse bajo mis palmas.
—Se equivoca.
Álex bajó la cabeza.
—Mentirosa.
Lo besé antes de que pudiera seguir hablando.
Esta vez no hubo ceremonia, desafío ni necesidad de demostrar nada. Solo deseo.
Su boca respondió inmediatamente. Sus manos se cerraron sobre mis caderas y me levantaron contra la pared.
Rodeé su cintura con las piernas.
El agua caía sobre nosotros, volviendo cada caricia más resbaladiza, más urgente.
—No tenemos tiempo —murmuré.
Álex besó mi cuello.
—Tenemos todo el día.
—Yo tengo que trabajar.
—Puede llegar tarde.
—Soy la jefa.
—Entonces nadie podrá despedirla.
—Yo podría despedirme.
—Después.
Lo odié un poco por conseguir hacerme reír cuando estaba a punto de perder la cabeza.
Después dejó de hablar.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una seguridad que ya conocía, pero esta vez había algo distinto. Menos contención. Más juego. Sabía cómo reaccionaba yo y parecía decidido a utilizar ese conocimiento.
Cuando intenté apresurarlo, se negó.
—Anoche tenía prisa —dijo contra mi piel—. Esta mañana no.
—No puede decidirlo todo.
—No lo estoy haciendo.
Sus dedos se detuvieron.
—Dígame qué quiere.
El agua seguía cayendo sobre mi rostro y mis hombros. Me costaba pensar con claridad, pero sabía que no iba a continuar hasta que respondiera.
—Quiero que deje de hacerme esperar.
—Eso es muy impreciso.
—Sabe perfectamente lo que quiero.
—Quiero oírlo.
—Es insoportable.
—Y usted está temblando.
Lo estaba.
No por frío.
Apreté las piernas alrededor de su cintura.
—Quiero que me toque.
—¿Así?
Su mano se deslizó entre nuestros cuerpos.
El contacto me arrancó un jadeo.
—Sí.
—¿Más?
—Sí.
Álex mantuvo el ritmo lento, observando cada cambio en mi expresión.
—Dígamelo.
—Más.
Solo entonces me dio lo que pedía.
El placer se extendió con rapidez. Me aferré a sus hombros mientras sus labios recorrían mi cuello y sus dedos encontraban el punto exacto que me hacía perder el control.
—Míreme —ordenó.
Abrí los ojos.
—No vuelva a usar ese tono conmigo.
—¿Este?
Repitió el movimiento.
Mi respuesta se perdió en un gemido.
La satisfacción en sus ojos me hizo querer castigarlo.
Tiré de su cabello y acerqué su boca a la mía.
—Ahora me toca a mí.
Álex permitió que mis pies regresaran al suelo.
Deslicé una mano por su abdomen.
Su respiración cambió.