CAPÍTULO 4 #3
La boca de Álex cayó sobre la mía.
No fue como el beso del despacho ni como el de la ceremonia. No hubo lentitud, cámaras o necesidad de fingir.
Solo hambre.
Su mano rodeó mi cintura y me atrajo contra él. La otra se hundió en mi cabello, sosteniendo mi cabeza mientras profundizaba el beso.
Respondí con la misma desesperación.
Desabroché el siguiente botón de su camisa. Después otro. Necesitaba sentir su piel, comprobar que aquel cuerpo era tan firme como había imaginado.
Álex soltó un sonido bajo cuando mis dedos recorrieron su pecho.
Su boca descendió por mi cuello.
—La cláusula —conseguí decir.
—Dígame que pare.
Sus labios rozaron mi clavícula.
No lo hice.
La seda de la camisola se deslizó bajo sus manos. Álex se detuvo antes de avanzar más y me miró.
—Claudia.
Comprendí lo que estaba preguntando.
—Sí.
—Necesito algo más que eso.
Mi cuerpo ardía, pero la claridad de su mirada me obligó a respirar.
—Quiero que me toque.
—¿Dónde?
El descaro de la pregunta me hizo cerrar los ojos.
—Sabe dónde.
Álex sujetó suavemente mi mandíbula.
—Dígamelo.
—No pienso darle ese gusto.
—Entonces puedo detenerme.
Comenzó a apartarse.
Lo agarré de la camisa.
—No se atreva.
La sombra de una sonrisa apareció en su boca.
—Eso pensaba.
Lo besé para borrarla.
Álex volvió a pegarme a la pared. Sus manos descendieron por mis costados, recorriendo la seda hasta llegar a mis muslos.
Cada caricia se detenía un instante antes de alcanzar el lugar que yo necesitaba.
—Álex.
—¿Sí?
—Deje de provocarme.
—Ha empezado usted.
—Termínelo.
Sus ojos ardieron.
—Eso sí ha sonado como una orden.
Me levantó con facilidad.
Rodeé su cintura con las piernas y sentí la dureza de su cuerpo contra mí. El contacto arrancó un gemido de mis labios.
Álex me sostuvo contra la pared, besándome hasta que dejé de pensar en contratos, dinero o consecuencias.
La camisola subió alrededor de mis caderas.
Sus manos permanecieron firmes sobre mis muslos.
—Última oportunidad —murmuró contra mi boca.
—No quiero detenerme.
—¿Está segura?
—Sí.
Entonces dejó de contenerse.
Me llevó hasta la cama y me depositó sobre el colchón sin apartar la mirada. Se quitó la camisa mientras yo lo observaba, incapaz de fingir indiferencia.
Era incluso más atractivo de lo que había imaginado.
Y lo había imaginado demasiadas veces durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Álex regresó sobre mí.
Me besó despacio, como si quisiera compensar la urgencia anterior. Sus manos recorrieron mi cuerpo sin prisa, deteniéndose cada vez que mi respiración cambiaba.
Descubrió rápidamente lo que me gustaba.
Eso me irritó.
También me volvió loca.
—No sonría —murmuré.
—No estoy sonriendo.
—Lo está haciendo por dentro.
—Estoy aprendiendo.
—¿Qué?
Su boca descendió por mi cuello.
—Cómo hacer que deje de discutir.
—Eso no va a…
La frase terminó en un gemido.
Álex levantó la cabeza.
—Decía algo.
Le tiré del cabello.
—Cállese.
Esta vez sí sonrió.
La noche se convirtió en una sucesión de besos, piel y órdenes que yo podía rechazar, pero no quise hacerlo. Cada vez que Álex tomaba el control, dejaba claro que continuaba siendo mío entregárselo.
Y yo se lo entregué.
No porque hubiera pagado por mi apellido.
No porque fuera mi marido.
Porque lo deseaba.
Cuando finalmente nuestros cuerpos se unieron, la intensidad me obligó a aferrarme a sus hombros. Álex permaneció inmóvil, observándome.
—¿Bien? —preguntó.
Asentí.
—Dígalo.
—Sí.
—¿Quiere que continúe?
Lo miré a los ojos.
—Sí.
Solo entonces se movió.
Perdí la capacidad de pensar con claridad. Todo se redujo al ritmo de su cuerpo, a su boca junto a mi oído y a la forma en que pronunciaba mi nombre cuando su control amenazaba con desaparecer.
No fue tierno.
Tampoco fue cruel.
Fue intenso, exigente y absolutamente compartido.
Cuando alcancé el límite, escondí la cara contra su cuello para contener el sonido.
Álex no me lo permitió.
Me sostuvo la mirada mientras mi cuerpo se deshacía bajo el suyo.
Después perdió también su compostura.
La expresión de su rostro en ese momento fue más íntima que todo lo que acabábamos de hacer.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
Álex seguía sobre mí, apoyando parte de su peso en los antebrazos. Una gota de sudor recorrió su sien.
Yo todavía tenía las piernas alrededor de su cintura.
La realidad regresó despacio.
El contrato.
La cláusula.
Los seis meses.
Mi marido falso dentro de mí durante nuestra noche de bodas falsa.
—Esto ha sido un error —dije.
Álex no se movió.
—¿Quiere que me aparte?
—No me refería a eso.
Aun así, se retiró con cuidado y se tumbó a mi lado.
Recogí la sábana y la llevé hasta mi pecho.
—Solo ha sido una excepción.
Álex apoyó la cabeza en una mano.
—Por supuesto.
—La tensión de la ceremonia, el alcohol y todo lo demás.
—No ha bebido alcohol.
—El champán.
—Ha dado dos sorbos.
—Da igual. No volverá a ocurrir.
Su mirada descendió por mi cuerpo cubierto.
—Si eso es lo que quiere.
—Lo es.
Pronuncié la mentira con más firmeza que las anteriores.
Álex se inclinó y rozó con los labios la comisura de mi boca.
—Los dos sabemos que está mintiendo.