Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Los periodistas esperaban detrás de las barreras, gritando nuestros nombres y disparando flashes.

Álex entrelazó los dedos con los míos.

—Sonría —dijo.

—Estoy agotada.

—Piense en algo que la haga feliz.

—Su divorcio.

—Faltan seis meses.

—Entonces no espere una sonrisa muy amplia.

Se inclinó y besó mi mejilla ante las cámaras.

Su boca quedó junto a mi oído.

—Piense en la suite.

El calor apareció inmediatamente.

Mi sonrisa debió de resultar convincente, porque los fotógrafos comenzaron a pedir otra imagen.

Entramos en el ascensor privado.

Las puertas se cerraron.

El silencio cayó entre nosotros.

Por primera vez en todo el día no había cámaras, invitados ni razones para tocarnos.

Álex soltó mi mano.

La ausencia fue inmediata.

—Ha salido bien —dijo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperaba?

—Nada.

Él pulsó el botón de la última planta.

—Parece decepcionada.

—Estoy cansada.

—Y vuelve a mentir.

Lo miré.

La corbata se había aflojado ligeramente. Su cabello ya no estaba tan perfecto como al inicio de la ceremonia. El recuerdo de mis dedos en su nuca regresó con demasiada claridad.

—Tiene una obsesión con acusarme de mentir.

—Porque lo hace a menudo cuando se trata de mí.

—No todo lo que pienso es asunto suyo.

—No necesito conocer todo lo que piensa.

Su mirada bajó por mi vestido.

—Algunas cosas son bastante visibles.

Las puertas se abrieron antes de que pudiera contestar.

La suite nupcial ocupaba toda la planta.

Había flores, champán, velas y una cama enorme al fondo de la habitación.

Una sola cama.

La miré durante demasiado tiempo.

—No sabía que el hotel se tomara tan en serio las noches de bodas —dije.

—La experiencia romántica es uno de nuestros servicios más rentables.

—Qué apropiado. Incluso su matrimonio falso genera beneficios.

Álex se quitó la chaqueta.

Observé el movimiento de sus hombros bajo la camisa.

—Puede utilizar el dormitorio —dijo—. Yo dormiré en el sofá.

—No quiero echarlo de su propia suite.

—No sería la primera noche que duermo aquí.

No pregunté con quién había compartido las anteriores.

No quería saberlo.

O eso intenté decirme.

—Necesito quitarme este vestido —dije.

—El baño está al fondo.

Entré y cerré la puerta.

El espacio era tan grande como mi dormitorio. Había una bañera independiente, una ducha de cristal y una zona de vestidor separada por una mampara de vidrio ahumado.

Beatriz había enviado ropa para la mañana siguiente y una camisola de seda negra para dormir.

La sostuve entre las manos.

No podía llevar aquello.

Era corta, fina y apenas cubría nada.

Encontré una bata a juego.

Mucho mejor.

Intenté abrir la cremallera del vestido. Llegaba hasta la mitad de la espalda y, después de varios intentos, comprendí que no podía alcanzarla.

Consideré dormir vestida.

Consideré romper la tela.

Finalmente abrí la puerta.

Álex estaba sirviéndose una copa.

Se había quitado la corbata y desabrochado los dos primeros botones de la camisa.

—Necesito ayuda.

Su mirada recorrió mi cuerpo.

—Eso parece.

—La cremallera.

Me volví antes de arrepentirme.

Álex se acercó.

Sentí su presencia detrás de mí antes de que sus dedos tocaran el cierre.

—¿Está segura? —preguntó.

—Solo quiero quitarme el vestido.

—No ha respondido.

Cerré los ojos un instante.

—Sí. Puede abrirla.

La cremallera descendió despacio.

Demasiado despacio.

El aire frío rozó mi espalda a medida que la tela se separaba. Los dedos de Álex siguieron el recorrido sin tocarme, pero sentí cada movimiento como si lo hicieran.

Cuando llegó al final, el vestido quedó suelto alrededor de mi cuerpo.

Álex no se apartó.

Su respiración rozó mi nuca.

—Gracias —dije.

—De nada.

Esperé.

Él continuó detrás de mí.

—Ya puede irse.

—Puedo.

—Entonces hágalo.

Sus dedos rozaron la base de mi espalda.

No fue más que una caricia mínima.

Mi piel se erizó.

Álex retiró la mano de inmediato.

—Buenas noches, Claudia.

Se marchó antes de que pudiera decidir si quería detenerlo.

La puerta se cerró.

Me quedé en mitad del baño con el vestido abierto y el corazón latiendo demasiado deprisa.

Me desnudé con movimientos bruscos.

No pensaba permitir que creyera que podía alterarme con un simple roce. Tampoco iba a esconderme en el baño como una adolescente avergonzada.

Me puse la camisola.

La seda negra caía sobre mi cuerpo, ajustándose al pecho y terminando demasiado arriba en los muslos. La bata habría solucionado el problema.

La dejé sobre una silla.

No sabía exactamente qué pretendía demostrar.

Atravesé el baño y me detuve detrás de la mampara semitransparente. Desde allí podía ver la silueta de Álex en el salón.

Y él podía ver la mía.

Me solté el cabello despacio.

La figura de Álex se quedó inmóvil.

Sabía que estaba mirando.

El conocimiento produjo una oleada de calor entre mis piernas.

Salí del vestidor.

Álex permanecía junto a la mesa, con la copa intacta en la mano.

Sus ojos descendieron por la camisola.

La expresión de su rostro se volvió más dura.

—¿Eso es lo que Beatriz ha enviado para dormir? —preguntó.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

Bebió un trago.

—Aunque empiezo a cuestionar sus intenciones.

—Son profesionales.

—Por supuesto.

Caminé hacia la cama procurando que mis pasos no revelaran lo nerviosa que estaba.

—Puede dejar de mirarme.

—Podría.

—La cláusula novena sigue vigente.

—Mirarla no la incumple.

Me senté en el borde del colchón.

—Parece que lamenta haberla incluido.

Álex dejó la copa.

—No juegue conmigo esta noche.

—No estoy jugando.

—Ha salido de ese baño vestida así después de hacerme bajar la cremallera.

—Es una camisola.

—Es una provocación.

—Quizá el problema sea su falta de control.

El silencio que siguió hizo que mi pulso se acelerara.

Álex avanzó hacia mí.

No deprisa.

Cada paso aumentó la tensión hasta que terminó de pie frente a la cama.

—Mi control no es el problema —dijo.

—¿No?

—No.

—Entonces no entiendo por qué necesitó prohibir por escrito que nos acostáramos.

Su mandíbula se tensó.

—Porque sabía que intentaría provocarme.

—Eso no tiene sentido. El contrato lo escribió antes de conocerme.

—Sabía más de usted de lo que cree.

Lo miré.

—¿Qué?

—No importa.

—Acaba de decir que…

—He dicho que deje de jugar.

Me levanté.

La distancia entre nosotros se redujo hasta unos centímetros.

—No me dé órdenes fuera de los actos públicos.

—Entonces deje de comportarse como si quisiera recibirlas.

La frase me golpeó directamente en el vientre.

—Es un arrogante.

—Eso ya me lo ha dicho.

—Y está convencido de que puede conseguir todo lo que desea.

—No.

Su mirada bajó hacia mi boca.

—Ahora mismo estoy bastante convencido de que no debería conseguirlo.

—Porque tiene miedo de perder el control.

—Porque usted todavía no ha decidido qué quiere.

—¿Y usted sí?

Álex dio un paso.

Mi espalda chocó contra la pared.

No me tocó.

Apoyó una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome sin impedirme salir.

—Sé exactamente lo que quiero.

Su voz descendió hasta convertirse en una vibración contra mi piel.

—Pero no haré nada mientras usted continúe fingiendo que esto solo es una competición.

Mi respiración se volvió superficial.

—Quizá lo sea.

—Entonces ha perdido.

—Ni siquiera ha empezado.

Sus ojos se oscurecieron.

—Dígame que me aparte.

Podía hacerlo.

La puerta estaba a pocos metros. La cama, detrás de él. El contrato, dentro de mi bolso.

La regla era clara.

No debía tocarme.

Yo no debía pedirle que lo hiciera.

Pero llevaba todo el día sintiendo sus manos sin que realmente me tocara. Había soportado su boca durante la ceremonia, sus dedos sobre mi muslo y el roce en mi espalda.

Estaba cansada de la distancia.

—No quiero que se aparte —dije.

Álex no se movió.

—Dígalo de nuevo.

—Quiero que se quede.

—Eso no es suficiente.

La frustración se mezcló con el deseo.

—¿Qué quiere oír?

—La verdad.

Levanté la barbilla.

—Quiero que me bese.

Su control se quebró.