Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

LA NOCHE DE BODAS

Firmé el contrato a las cinco y cuarenta y dos de la tarde.

No hubo música, champán ni ningún gesto que indicara que acababa de vender seis meses de mi vida por dos millones de euros.

Solo estábamos Álex, mi abogada, dos representantes del Grupo Valdés y yo, sentados alrededor de una mesa demasiado grande para una decisión que me hacía sentir tan pequeña.

Leí cada cláusula por última vez.

Independencia absoluta de mi agencia.

Dos millones transferidos en el momento de la firma.

Habitación propia en el ático.

Consentimiento obligatorio para cualquier contacto privado.

Exclusividad durante los seis meses.

Divorcio al finalizar el acuerdo.

Y la cláusula novena.

Nada de relaciones sexuales.

Era absurdo que mis ojos se detuvieran precisamente en aquella página. De todo lo que estaba a punto de aceptar, esa prohibición debería haber sido la parte menos inquietante.

No lo era.

Firmé junto a mi nombre.

Claudia Montes.

Álex tomó la pluma después de mí. No mostró satisfacción ni alivio. Solo apoyó una mano sobre el contrato y estampó su firma con la misma seguridad con la que parecía hacer todo.

Álex Valdés.

Nuestros nombres quedaron unidos por un acuerdo que ocupaba cuarenta y siete páginas.

—La transferencia se ejecutará de inmediato —informó uno de los abogados.

Mi teléfono vibró antes de que terminara de hablar.

Abrí la aplicación del banco.

La cifra apareció en la pantalla.

Durante unos segundos dejé de respirar.

Había pasado años contando cada gasto, aplazando pagos y convenciendo a los proveedores de que esperaran unos días más. Ahora tenía ante mí una cantidad capaz de borrar todas aquellas noches de angustia.

No me sentí rica.

Me sentí comprada.

Bloqueé el teléfono y lo guardé en el bolso.

—¿Algún problema? —preguntó Álex.

—Ninguno que no haya firmado voluntariamente.

Nuestros abogados comenzaron a recoger los documentos.

Álex no apartó los ojos de mí.

—Mañana nos casamos a las doce.

—Sé leer un calendario.

—Beatriz la espera a las ocho.

—También sé vestirme sola.

—Eso no lo he puesto en duda.

Su mirada descendió por mi cuerpo con tanta lentitud que la temperatura de la sala pareció aumentar.

Mi abogada carraspeó.

—Creo que hemos terminado.

Yo también lo creía.

Pero cuando me levanté, Álex rodeó la mesa y se detuvo delante de mí.

—A partir de mañana habrá cámaras siguiéndonos —dijo—. Cualquier discusión será interpretada.

—Entonces procure no irritarme.

—Eso eliminaría la parte más convincente de nuestra relación.

—No tenemos una relación.

—Acaba de firmar cuarenta y siete páginas que dicen lo contrario.

Se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

—Y mañana tendrá que besarme como si deseara hacerlo.

El recuerdo de la suite regresó de inmediato.

Su boca.

La pared contra mi espalda.

La forma en que mi cuerpo había reaccionado cuando me pidió que le dijera que parara.

—Sé actuar —contesté.

—Eso espero.

—No vuelva a desafiarme.

Álex sonrió apenas.

—Mañana veremos cuál de los dos olvida primero que está fingiendo.

* * *

A las once y cincuenta y siete del día siguiente estaba frente a un espejo, vestida de novia y preguntándome si todavía podía huir.

No llevaba un vestido tradicional.

Había rechazado el encaje, el velo y cualquier elemento que pudiera hacer que aquello pareciera una boda real. Beatriz había terminado diseñando un vestido de seda color marfil, ceñido a la cintura, con la espalda descubierta y una falda que caía suavemente hasta mis tobillos.

Era elegante.

Sencillo.

Y mucho más sensual de lo que había previsto.

—Estás espectacular —dijo Vera.

Estaba detrás de mí, conteniendo unas lágrimas que tenía terminantemente prohibido derramar.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Tienes los ojos llenos de agua.

—Es alergia a los multimillonarios.

Me volví hacia ella.

—Todavía puedo marcharme.

—Sí.

—Podría devolver el dinero.

—Sí.

—Cancelar todo esto.

—También.

Esperé que intentara convencerme.

No lo hizo.

Vera se acercó y me tomó las manos.

—Pero no quieres marcharte.

—Quiero salvar la agencia.

—No me refería solo a eso.

Aparté las manos.

—No empieces.

—Claudia, cada vez que alguien pronuncia su nombre dejas de respirar durante medio segundo.

—Porque me provoca ansiedad.

—Claro. Una ansiedad que te obliga a mirar sus manos.

—No miro sus manos.

—Ayer me describiste sus dedos.

—Estábamos hablando del contrato.

—Me dijiste que eran largos.

—Vera.

Alguien llamó a la puerta.

Samuel asomó la cabeza.

—Estamos preparados.

Mi estómago se cerró.

La ceremonia se celebraba en una sala privada del hotel, ante un notario, nuestros abogados, Vera, Samuel y dos miembros del consejo que servirían como testigos.

También había un fotógrafo oficial.

Porque incluso el momento en que me convertía legalmente en la señora Valdés formaba parte de la estrategia.

Entré con Vera.

Álex esperaba frente a los ventanales.

Llevaba un traje negro hecho a medida, camisa blanca y una corbata oscura. Parecía exactamente lo que era: un hombre acostumbrado a conseguir cualquier cosa que se propusiera.

Hasta que me vio.

Su expresión cambió.

No fue algo evidente. Nadie más pareció advertirlo. Pero yo había pasado suficientes horas estudiando sus silencios para reconocer aquella breve pérdida de control.

Su mirada descendió por el vestido y se detuvo en mi cintura.

Después volvió a mi cara.

No sonrió.

Aquello resultó más intenso que cualquier cumplido.

Caminé hacia él intentando recordar que todo era falso.

La ceremonia comenzó.

El notario habló sobre derechos, obligaciones y consentimiento. Escuché la mitad. El resto del tiempo fui demasiado consciente de Álex a mi lado.

De su perfume.

Del calor de su cuerpo.

De la forma en que sus dedos se movieron cuando el notario pronunció mi nombre completo.

—Señor Álex Valdés, ¿consiente en contraer matrimonio con Claudia Montes?

—Sí, consiento.

No dudó.

La firmeza de su respuesta me recorrió como una corriente.

El notario se dirigió hacia mí.

—Señora Claudia Montes, ¿consiente en contraer matrimonio con Álex Valdés?

Miré al hombre al que había querido abofetear desde el instante en que entré en su despacho.

El hombre que había cancelado la gala.

El hombre que había pagado dos millones de euros por mi apellido.

El hombre cuya boca todavía aparecía en mis pensamientos cada vez que cerraba los ojos.

—Sí —dije—. Consiento.

Firmamos.

Hubo un aplauso discreto.

El fotógrafo comenzó a tomar imágenes mientras el notario cerraba el expediente.

Álex tomó mi mano.

Un anillo sencillo de platino apareció entre sus dedos.

—Esto no estaba en el contrato —murmuré.

—Una esposa sin alianza despertaría preguntas.

Deslizó el anillo por mi dedo.

El roce de sus dedos fue lento, innecesariamente lento.

Sentí el contacto hasta el hombro.

Después me entregaron el suyo.

Lo coloqué procurando no pensar en la intimidad del gesto. Álex cerró la mano alrededor de la mía antes de que pudiera retirarla.

—Falta el beso —indicó el fotógrafo.

Por supuesto.

Álex se acercó.

—Recuerde —murmuró—. Tiene que parecer convencida.

La provocación consiguió exactamente lo que pretendía.

Levanté una mano, la apoyé en su nuca y lo besé antes de que él pudiera hacerlo.

No fue un roce ceremonial.

No fue prudente.

Y desde luego no fue profesional.

Lo besé como si quisiera castigarlo por haber dudado de mí.

Los labios de Álex permanecieron inmóviles durante una fracción de segundo. Después su brazo rodeó mi cintura y me atrajo contra su cuerpo.

Escuché el disparo continuo de la cámara.

Debería haberme apartado.

En cambio, abrí la boca bajo la suya.

Álex respondió con una presión más profunda, su mano extendida sobre mi espalda desnuda. La yema de su pulgar trazó un círculo lento junto a mi columna.

Mi cuerpo se estremeció.

El aplauso que siguió consiguió devolverme a la sala.

Me separé de él.

Álex mantuvo la mano sobre mi cintura.

Sus ojos estaban más oscuros.

—Muy convincente —murmuró.

—Le dije que sabía actuar.

—Y vuelve a mentir.

El fotógrafo pidió otra imagen.

Tuve que sonreír mientras una parte de mí seguía sintiendo su boca.

* * *

La recepción se celebró en uno de los salones privados del hotel.

No había más de treinta invitados, todos vinculados de alguna forma al Grupo Valdés. Consejeros, accionistas, abogados y personas con apellidos que aparecían en edificios, fundaciones o salas de museos.

Nadie preguntó por qué no había asistido mi familia.

Nadie pareció sorprendido por la velocidad del matrimonio.

El dinero poseía una extraña capacidad para convertir cualquier incoherencia en una extravagancia romántica.

Álex no se separó de mí.

Me sostuvo por la cintura mientras saludábamos a los invitados. Besó mi sien cuando un accionista comentó que parecíamos muy enamorados. Colocó la mano sobre mi rodilla durante el almuerzo.

Cada gesto tenía una justificación pública.

Eso no impedía que resultara real para mi cuerpo.

—Su mano —susurré sin dejar de sonreír.

—¿Qué ocurre con ella?

—Está subiendo.

—No.

Sus dedos se desplazaron apenas un centímetro bajo la mesa.

—Ahora sí.

—Nos están mirando.

—Entonces debería parecer que disfruta de la atención de su marido.

Giré la cabeza hacia él.

—Está abusando de la situación.

—Puede pedirme que me detenga.

La frase borró parte de mi indignación.

Esa era la regla.

La posibilidad de detenerlo estaba siempre allí.

Miré hacia los invitados. Nadie parecía prestar atención, pero todos podían hacerlo en cualquier momento.

La mano de Álex seguía sobre mi muslo, inmóvil.

—No se detenga —murmuré.

Sus dedos se tensaron.

No esperaba que lo dijera.

La pequeña victoria me hizo sonreír.

—¿Algún problema? —preguntó uno de los consejeros.

—Ninguno —respondió Álex, sin apartar los ojos de mí—. Mi esposa acaba de recordarme algo importante.

—¿Qué cosa?

La mano subió otro centímetro.

Contuve el aire.

—Que no debo subestimarla.

Después retiró los dedos.

Quise odiarlo por dejarme excitada en mitad de aquella mesa.

En cambio, pasé el resto del almuerzo esperando que volviera a tocarme.

* * *

Eran más de las once cuando atravesamos el vestíbulo del hotel.