Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Sus manos volvieron a distraerme. Dedos fuertes, movimientos precisos, la misma seguridad con la que me había sostenido contra la pared.

Aparté la mirada antes de que pudiera descubrir hacia dónde se dirigían mis pensamientos.

—¿Algo más? —preguntó.

—Sí.

Álex continuó leyendo hasta llegar a la cláusula novena.

Mis modificaciones ocupaban casi toda la página.

Una ceja se elevó apenas.

—Ha escrito que la prohibición sexual es innecesaria, hipócrita y posiblemente imposible de cumplir.

—Es una observación jurídica.

—Parece una provocación.

—No todo gira alrededor de usted.

—Esta cláusula sí.

Rodeó la mesa y se detuvo frente a mí con el contrato en la mano.

—¿Quiere eliminarla?

—Quiero entenderla.

—Evita que el acuerdo se complique.

—¿Acostarse conmigo lo complicaría?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque vivimos en el mundo real.

—Una respuesta fascinante.

Álex dio un paso más.

—Porque tendremos que trabajar juntos, compartir una casa y convencer a todo el mundo de que estamos enamorados. Si además nos acostamos, será más difícil distinguir lo que pertenece al contrato de lo que no.

—Parece muy seguro de que ocurriría más de una vez.

Sus ojos bajaron hacia mis labios.

—No suelo repetir algo que no me ha gustado.

El calor apareció de inmediato.

—Anoche solo fue un beso.

—Dos.

—El segundo no cuenta.

—Usted lo inició.

—Precisamente por eso.

Una sombra de sonrisa cruzó su boca.

—La cláusula permanece.

—Entonces también quiero añadir otra.

—¿Cuál?

—No podrá tener relaciones con otras personas mientras dure el acuerdo.

Su sonrisa desapareció.

—¿Celosa antes de la boda?

—Práctica. Si aparece fotografiado saliendo de casa de otra mujer, nadie creerá en nuestro matrimonio.

—No me acostaré con otras mujeres.

La rapidez de la respuesta me desconcertó.

—Ni con hombres —añadí.

—Tampoco.

—Ni conmigo.

—Eso ya está escrito.

—Quería oírlo.

Álex inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque me gusta saber exactamente en qué clase de absurdo me estoy metiendo.

—Todavía puede marcharse.

Los dos miramos el contrato.

Podía hacerlo.

Podía recoger la carpeta, regresar a la oficina y encontrar otra manera de pagar las nóminas. Podía vender el piso de mi padre, solicitar préstamos personales o pedir a los empleados que esperaran unas semanas más.

Podía proteger mi orgullo.

Y perder todo lo demás.

—Quiero un millón al firmar —dije—. El segundo cuando terminen los seis meses.

Álex no mostró ninguna satisfacción.

—No.

—¿No?

—Recibirá los dos millones al firmar.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que permanezca conmigo por miedo a perder la mitad.

La respuesta abrió una grieta inesperada en la imagen que tenía de él.

—Podría marcharme al día siguiente.

—El contrato incluye penalizaciones si incumple las obligaciones públicas sin una causa válida. Pero el dinero será suyo.

—Eso parece una muestra de confianza.

—Es una forma de asegurarme de que, si se queda, no será porque la estoy reteniendo económicamente.

Lo observé con atención.

—¿Y qué gana usted ofreciendo esa libertad?

—Una esposa que sabe que puede decirme que no.

La tensión regresó de manera lenta y silenciosa.

Pensé en la pared de la suite.

En la pregunta que me había hecho antes de volver a besarme.

Dígame que pare.

No se lo había dicho.

Álex dejó el contrato sobre la mesa.

—Mi equipo jurídico incorporará sus modificaciones. Podrá revisarlo de nuevo esta tarde.

—No he dicho que vaya a firmar.

—Está negociando el calendario de pagos.

—Estoy evaluando todas las posibilidades.

—Por supuesto.

Llamaron a la puerta.

Antes de que pudiera preguntar, entraron dos mujeres cargadas con fundas de vestidos, maletines y una cinta métrica.

La primera, una mujer de cabello plateado y gafas rojas, me sonrió.

—Claudia, soy Beatriz Luján. Me encargaré de su imagen para el anuncio y la ceremonia.

Miré a Álex.

—¿La ceremonia?

—Necesitamos ganar tiempo.

—Ni siquiera he firmado.

—Pero ha acudido a negociar.

Beatriz ya estaba colocando varias telas sobre uno de los sofás.

—Necesito tomarle medidas —dijo—. La ceremonia civil será muy sencilla, pero el vestido debe estar listo mañana por la noche.

—Esto es ridículo.

—Puede pedirles que se marchen —dijo Álex.

Las mujeres se detuvieron.

Él me miró sin pestañear.

La decisión era mía.

Otra vez.

Eso era lo que lo hacía tan irritante. No me obligaba. Solo organizaba el mundo de tal forma que aceptar pareciera el siguiente paso inevitable.

Dejé el bolso sobre una silla.

—Tomen las medidas.

Beatriz sonrió y comenzó a trabajar.

Me quitó la chaqueta, ajustó la cinta alrededor de mi pecho y pidió que levantara los brazos. La segunda mujer anotaba cifras mientras mostraba distintas muestras de seda.

Álex regresó a su mesa.

Intenté ignorarlo.

No lo conseguí.

Sentía su mirada cada vez que Beatriz ajustaba la tela a mi cuerpo. Cuando me pidió que girara, lo encontré observándome por encima de unos documentos.

—¿No tiene trabajo? —pregunté.

—Esto es trabajo.

—Mirarme no.

—Debo asegurarme de que la imagen resulte creíble.

—¿Y qué conclusión ha alcanzado?

Sus ojos se desplazaron desde mis piernas hasta mi rostro.

—Que no tendremos problemas.

Beatriz rodeó mi cintura con una cinta de seda para probar un diseño.

—Necesitamos marcar más aquí —comentó—. Señor Valdés, ¿podría sostenerlo un momento?

—No necesita su ayuda —dije.

Álex ya se había acercado.

Beatriz le entregó los extremos de la cinta y se apartó para buscar unos alfileres.

Él quedó detrás de mí.

Vi su reflejo en el cristal de los ventanales. Alto, oscuro y demasiado cerca.

Sus dedos sostuvieron la seda a ambos lados de mi cintura.

—No apriete —dije.

—No lo estoy haciendo.

—Lo hará.

—Tiene una opinión muy concreta sobre mis intenciones.

La cinta se tensó ligeramente.

Mi respiración cambió.

Álex acercó la boca a mi oído.

—Y una reacción muy evidente cuando cree conocerlas.

—Estamos en su despacho.

—Soy consciente.

Su pulgar rozó el costado de mi cintura. Apenas un movimiento. Podría haber sido accidental si no hubiera sentido cómo se detenía sobre mi piel a través de la blusa.

—La cláusula —murmuré.

—No he hecho nada que la incumpla.

—Todavía no la hemos firmado.

—Entonces no debería preocuparle.

Beatriz regresó y Álex soltó la cinta.

La ausencia de sus manos me dejó una sensación vacía y absurda.

Terminaron las medidas quince minutos después. Antes de marcharse, Beatriz me mostró tres diseños preliminares. Elegí el más sencillo solo porque imaginaba que Álex preferiría el más espectacular.

Cuando la puerta se cerró, recuperé mi chaqueta.

—No vuelva a organizar mi vida antes de que haya aceptado.

—No había tiempo que perder.

—¿Por qué tanta prisa?

Álex cerró la carpeta.

—La junta se ha adelantado. Necesitamos anunciar el matrimonio esta semana para que parezca anterior a la convocatoria.

—¿Esta semana?

—Sí.

—¿Cuándo exactamente?

Se acercó y me entregó una nueva copia del calendario.

Solo había una fecha marcada.

Al día siguiente.

—Nos casaremos mañana al mediodía —dijo.

Me reí, convencida de que era una provocación.

Él no sonrió.

—Está hablando en serio.

—Completamente.

—No he firmado.

—Lo hará esta tarde.

—Su seguridad empieza a resultar patológica.

—También deberá trasladar algunas pertenencias al ático mañana.

—¿Mañana?

—La prensa vigila mis movimientos. Si anunciamos el matrimonio, tendrá que parecer que ya convivíamos parcialmente.

Sentí que el suelo se desplazaba bajo mis pies.

—Quiero mi propia habitación.

—La tendrá.

—Y mi propia llave.

—También.

Cogí el bolso.

—Voy a revisar el contrato con un abogado independiente.

—Es lo más sensato.

Llegué hasta la puerta.

—Y no voy a compartir cama con usted.

—En el ático, no.

Me detuve.

Giré despacio.

Álex se apoyó contra el borde de la mesa.

—¿Qué significa eso?

—Después de la ceremonia habrá fotógrafos alrededor del hotel. No podremos solicitar habitaciones separadas sin despertar sospechas.

—Busque otro hotel.

—Todos los hoteles relevantes tendrán periodistas.

—Entonces iremos a su casa.

—Necesitamos aparecer entrando juntos en un lugar público y salir juntos a la mañana siguiente.

La imagen llegó a mi mente antes de que pudiera impedirlo.

Álex y yo en una suite.

Una cama.

La ropa del día anterior abandonada en el suelo.

Su cuerpo sobre el mío.

Me obligué a respirar.

—Ha dicho que tendría mi propia habitación.

—En el ático.

—¿Y durante la noche de bodas?

Álex sostuvo mi mirada.

Su voz descendió hasta adquirir aquel tono que convertía cada palabra en algo físico.

—Durante la noche de bodas, Claudia, compartiremos suite.