Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

REGLAS HECHAS PARA ROMPERSE

A las dos y diecisiete de la madrugada seguía leyendo el contrato matrimonial de Álex Valdés.

No porque estuviera considerando firmarlo.

Lo leía para confirmar que era tan absurdo, arrogante y potencialmente desastroso como había supuesto.

A las tres y cinco ya había marcado diecisiete cláusulas con un rotulador rojo.

A las cuatro menos cuarto añadí una nota junto al apartado que regulaba mi vestuario durante los actos públicos:

No soy una muñeca.

A las cuatro y media llegué por tercera vez a la cláusula novena.

La que prohibía cualquier relación sexual entre nosotros.

La leí despacio, como si pudiera descubrir una frase oculta entre aquel lenguaje jurídico.

No la había.

Quedaba expresamente establecido que el acuerdo no implicaba ningún tipo de relación íntima y que ambas partes se comprometían a mantener una convivencia respetuosa, discreta y estrictamente profesional.

Profesional.

Recordé mi espalda contra la pared de la suite.

La mano de Álex alrededor de mi cintura.

Su boca sobre la mía.

El sonido que había hecho cuando tiré de su pelo.

Cerré el contrato con tanta fuerza que Vera dio un salto desde el otro extremo del sofá.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas veinte minutos mirando la misma página.

—Estoy analizando las contradicciones jurídicas.

—Estás recordando el beso.

—No estoy recordando el beso.

—Entonces deja de morderte el labio como si estuvieras intentando repetirlo tú sola.

Solté el labio inmediatamente.

Vera llevaba un pijama con pequeños aguacates y tenía el cabello recogido en un moño que se inclinaba peligrosamente hacia la izquierda.

Había aparecido en mi piso a las once de la noche con una botella de vino, una bolsa de comida china y la firme intención de impedir que firmara nada sin que lo revisáramos juntas.

La botella estaba vacía.

La comida se había enfriado.

Y yo seguía sin saber qué hacer.

—Dos millones de euros —murmuró Vera.

—No vuelvas a decirlo así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a desmayarte.

—No voy a desmayarme. Estoy intentando comprender cuánto dinero tiene que poseer un hombre para ofrecer dos millones por seis meses de matrimonio sin pestañear.

—No los ofrece por el matrimonio. Los ofrece por las acciones.

—Eso lo hace todavía más inquietante.

Abrí de nuevo la carpeta.

—La cantidad demuestra que el acuerdo vale mucho más para él de lo que está reconociendo.

—O que dos millones para Álex Valdés son como veinte euros para nosotras.

—Veinte euros siguen siendo veinte euros.

—Has discutido quince minutos conmigo por una tarifa de aparcamiento.

—Era abusiva.

Vera se inclinó sobre la mesa y recuperó el contrato.

—¿De verdad vas a ir a su despacho?

—Para rechazarlo.

—Llevas diciendo eso desde que llegaste.

—Porque esa es mi intención.

—Has preparado una lista de cambios.

—Quiero que comprenda por qué su propuesta es inaceptable.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de «mi mejor amiga va a casarse con un multimillonario y todavía no lo sabe».

Vera regresó al principio del documento.

—No estoy diciendo que debas aceptar.

—Menos mal.

—Estoy diciendo que no puedes fingir que el dinero no resolvería prácticamente todos nuestros problemas.

Nuestros.

Aquella palabra consiguió apagar cualquier respuesta sarcástica.

Vera había trabajado conmigo desde el primer mes de la agencia. Había aceptado retrasos en su sueldo, jornadas imposibles y clientes que la llamaban a las once de la noche porque no les gustaba el tono de dorado de una invitación.

Nunca había preguntado si la empresa sobreviviría.

Lo sabía.

Solo fingía que no.

—Encontraremos otra solución —dije.

—¿Cuál?

No respondí.

El banco había rechazado ampliar la línea de crédito. Dos clientes importantes habían retrasado pagos. La cancelación de la gala no solo nos arrebataba los beneficios previstos; también nos dejaba con gastos adelantados que tardaríamos meses en recuperar.

Incluso si Álex pagaba las penalizaciones, no bastaría.

Vera dejó el contrato sobre la mesa.

—Seis meses —dijo—. No toda la vida.

—Sería su esposa.

—Legalmente.

—Tendría que vivir con él.

—En un ático que probablemente tenga más cuartos de baño que mi edificio entero.

—Acudir a actos, sonreír ante las cámaras y dejar que todo el mundo crea que me ha comprado.

—Todo el mundo ya cree cosas sobre nosotras sin pagarnos por ello.

La miré.

—No estás ayudando.

—Intento que tomes la decisión por lo que realmente implica, no por lo mucho que te molesta que él crea que aceptarás.

Eso era exactamente lo que más me molestaba.

Álex no me había ofrecido una posibilidad.

Me había presentado un resultado inevitable.

Estaba convencido de que mi desesperación pesaría más que mi orgullo.

Y lo peor era que podía tener razón.

—Hay condiciones que no voy a aceptar —dije.

—Entonces cámbialas.

—No negociará.

—Anoche te dijo que no sabías hacerlo. Yo aprovecharía la oportunidad para demostrarle que se equivoca.

Miré las páginas cubiertas de anotaciones rojas.

—Voy a destrozar su contrato.

Vera sonrió.

—Esa es mi chica.

* * *

Dormí una hora y cuarenta minutos.

A las nueve y cincuenta y nueve estaba frente al despacho de Álex con la carpeta bajo el brazo, un café doble en el estómago y una furia cuidadosamente organizada en treinta y dos puntos.

Samuel me recibió sin sorpresa.

—El señor Valdés la está esperando.

—Qué afortunado.

—¿Desea café?

—Si tomo otro, podría escuchar colores.

—Lo interpretaré como un no.

Abrió la puerta.

Álex estaba de pie junto a los ventanales, hablando por teléfono. Llevaba un traje gris oscuro y una corbata negra. No quedaba ninguna marca de la bofetada, aunque mi mirada fue directamente hacia su mejilla.

Después descendió a su boca.

Recordé su sabor.

Odié que el recuerdo estuviera tan vivo.

Álex terminó la llamada.

—Ha venido.

—Deje de fingir sorpresa. Los dos sabemos que estaba convencido.

—¿Ha leído el contrato?

Arrojé la carpeta sobre su mesa.

—Lo he masacrado.

Sus ojos se posaron sobre las notas adhesivas que sobresalían de cada lado.

—Veo que ha dormido bien.

—No he dormido.

—Eso explica su expresión.

—Mi expresión la provoca usted.

—Empiezo a sospecharlo.

Se sentó y abrió la carpeta.

Yo permanecí de pie.

No quería acomodarme. Sentarme habría convertido aquello en una negociación real y todavía me aferraba a la idea de que solo había acudido para rechazarla con argumentos.

Álex leyó la primera anotación.

—Quiere que el dinero se transfiera directamente a una cuenta a su nombre y sin ninguna vinculación con su empresa.

—No quiero que el Grupo Valdés pueda presentarlo como una inversión ni adquirir derechos futuros sobre la agencia.

—Aceptado.

Pasó a la siguiente.

—Elimina la cláusula que me permite aprobar sus compromisos profesionales.

—No voy a pedir permiso para trabajar.

—La cláusula existe para evitar conflictos de agenda.

—Puede solicitar cambios. No imponerlos.

—Aceptado.

Fruncí el ceño.

Había esperado una discusión.

Álex siguió leyendo.

—Mantendrá su domicilio fiscal, la propiedad íntegra de su empresa y la capacidad de firmar contratos sin autorización del Grupo Valdés.

—Sí.

—Aceptado.

—¿Va a decir que sí a todo?

Levantó la mirada.

—No.

Continuó.

—Quiere una compensación independiente para cada uno de sus empleados si el acuerdo provoca daños reputacionales a la agencia.

—No les pagaré con el dinero del matrimonio por una situación que usted ha creado.

—Aceptado con un límite que definiremos juntos.

No debería haberme irritado que se mostrara razonable.

Lo hizo.

—También quiero que se reconozca por escrito que la cancelación de la gala no fue responsabilidad de mi equipo mientras no existan pruebas que demuestren lo contrario.

—Eso no puedo aceptarlo.

—Entonces no hay acuerdo.

—La investigación no ha terminado.

—Precisamente. No puede castigarme por algo que no ha demostrado.

Álex apoyó la espalda en la silla.

—Puedo emitir una declaración señalando que no existe ninguna acusación contra su agencia.

—Y pagar todos los gastos, no solo los que su equipo considere justificables.

—Siempre que estén documentados.

—Todos lo están.

—Entonces no tendremos ningún problema.

Lo dijo con una tranquilidad que me hizo querer discutir aunque ya hubiera conseguido lo que pedía.

Se detuvo en una página marcada con tres notas rojas.

—Ha eliminado el apartado sobre vestuario.

—No voy a permitir que un equipo de personas me trate como un maniquí.

—En determinados actos existe un protocolo.

—Sé vestirme.

Su mirada descendió lentamente por mi cuerpo.

Llevaba pantalones negros, tacones y una blusa blanca que había elegido por parecer seria. Bajo su observación, la tela empezó a sentirse demasiado fina.

—Eso ya lo había advertido —dijo.

—Mis vestidos los elegiré yo.

—Con asesoramiento del equipo de imagen.

—Asesoramiento no significa aprobación.

—De acuerdo.

Pasó la página.

—Quiere disponer de una habitación propia.

—Evidentemente.

—La tendrá.

—Con cerradura.

—Todas las puertas tienen cerradura.

—Una de la que solo yo tenga llave.

Álex dejó de leer.

—¿Cree que entraría en su habitación sin permiso?

—Creo que está acostumbrado a hacer lo que quiere.

—No con una mujer que me ha dicho que no.

Su tono había cambiado.

Seguía siendo tranquilo, pero había desaparecido el juego.

—Quiero que eso quede claro —dije.

—Lo está.

—No solo respecto a mi habitación.

—Continúe.

Saqué una hoja adicional del bolso y la dejé frente a él.

—Consentimiento explícito para cualquier muestra de afecto cuando no sea necesaria para una aparición pública.

Álex leyó el párrafo.

—Está regulando los besos.

—Y cualquier otra cosa.

—La cláusula novena ya prohíbe cualquier relación íntima.

—Anoche no pareció preocuparle demasiado.

Su mirada subió hasta la mía.

—Anoche no era mi esposa.

—Y hoy tampoco.

—Todavía.

Sentí el golpe de la palabra en el centro del cuerpo.

—No voy a firmar nada si piensa que el matrimonio le concede derechos sobre mí.

—No lo pienso.

—Entonces inclúyalo.

—Lo haré.

Recogió una pluma y escribió una nota en el margen.

Yo lo observé en silencio.