Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

El cambio de posición me hizo comprender lo lejos que había llegado aquello. Su cuerpo me encerraba sin tocarme del todo. Podía sentir el calor que desprendía, su muslo entre los míos, la tensión con la que se contenía.

Su boca descendió hacia mi mandíbula.

—Álex.

No sabía si pretendía detenerlo o pedirle que continuara.

Él sí pareció saberlo.

Besó el punto sensible bajo mi oreja y mi cabeza cayó hacia atrás contra la pared.

—Dígame que pare —murmuró.

La elección estaba allí.

Clara.

Esperando.

Podía terminarlo en ese mismo instante y él lo haría. No tenía ninguna duda.

Eso fue lo que me permitió cerrar los ojos y permanecer quieta.

Su boca regresó a la mía.

El beso se volvió más profundo, más hambriento. Mis caderas se movieron sin permiso, buscando el contacto de su cuerpo.

Álex soltó una maldición contra mis labios.

Su mano subió por mi costado, siguiendo la forma de mis costillas hasta detenerse justo bajo mi pecho.

No avanzó.

El hecho de que se contuviera resultó más excitante que si me hubiera tocado.

Deslicé una mano bajo su chaqueta inexistente y recorrí su espalda. La camisa estaba caliente. Sus músculos se tensaron bajo mis dedos.

Durante varios segundos olvidé por qué estaba allí.

Olvidé la gala, el banco y los dos millones de euros.

Solo existían su boca, sus manos y la humillante certeza de que lo deseaba.

Entonces Álex se apartó.

No mucho.

Lo suficiente para que el aire frío tocara mis labios húmedos.

Lo miré, confundida y excitada, y detesté que pudiera verme así.

Sus pupilas estaban dilatadas. La respiración ya no era completamente regular. Aquello debería haberme hecho sentir mejor.

No lo hizo.

—Ya es suficiente —dijo.

La frase fue como recibir agua helada.

Aparté las manos de su cuerpo.

—¿Suficiente para qué?

—Para demostrar que la química existe.

—¿Esto era una prueba?

—Usted necesitaba una.

La vergüenza se mezcló con la rabia.

—Es un hijo de puta.

—Posiblemente.

—Me ha besado para cerrar un trato.

—Me ha besado usted primero.

—Porque me desafió.

—Y porque quería hacerlo.

Le di una bofetada.

El sonido resonó en la suite.

Álex giró ligeramente la cara por el impacto. No levanté la mano con todas mis fuerzas, pero sí con las suficientes para dejar una marca roja sobre su mejilla.

Esperé que se enfadara.

En cambio, regresó la mirada hacia mí con una calma que me puso la piel de gallina.

—Eso también ayudará a que el matrimonio resulte creíble.

—Váyase al infierno.

—Después de la firma.

Cogí el bolso y me dirigí hacia la puerta.

—Claudia.

No me detuve.

—Debería leer el contrato antes de rechazarlo.

—No voy a casarme con usted.

—Lléveselo.

Escuché el roce de unas hojas sobre la mesa.

Llegué a la puerta.

Podía marcharme sin mirar atrás. Era lo sensato. Lo digno.

Pero pensé en las nóminas.

En Vera intentando disimular su preocupación.

En el piso de mi padre como garantía del préstamo.

Me giré.

Álex sostenía una carpeta negra.

Regresé, se la arranqué de la mano y la guardé en el bolso.

—Leerlo no significa que vaya a aceptar.

—Lo sé.

—Y no volverá a besarme.

Su mirada descendió a mi boca hinchada.

—Esa condición no aparece en el contrato.

—Pues debería.

—Hay una cláusula relacionada.

La frialdad con la que lo dijo me desconcertó.

Abrí la carpeta y pasé varias páginas sin leerlas. El lenguaje jurídico era denso, pero uno de los apartados aparecía subrayado.

CLÁUSULA NOVENA. RELACIONES PERSONALES.

Leí las primeras líneas.

Después volví a leerlas.

—¿Está de broma?

—No.

Levanté la mirada.

—El contrato prohíbe cualquier relación sexual entre nosotros.

—Sí.

—Acaba de besarme contra una pared.

—Todavía no ha firmado.

—Me ha ofrecido dos millones de euros para fingir que soy su esposa, vivir en su casa y acompañarlo durante seis meses, pero no piensa acostarse conmigo.

—Correcto.

La decepción volvió a surgir antes de que pudiera detenerla.

Álex la vio.

Por supuesto que la vio.

Se acercó lo suficiente para que mi cuerpo recordara inmediatamente el beso.

—No parezca tan ofendida —murmuró.

—No lo estoy.

—Otra mentira.

—La cláusula me parece absurda.

—La cláusula evita complicaciones.

—¿Cree que acostarse conmigo sería una complicación?

—Creo que sería muchas cosas.

Su mirada se oscureció.

—Pero ninguna sencilla.

Apreté la carpeta contra el pecho.

—No voy a aceptar.

—Léalo esta noche.

—Mi respuesta será la misma.

—Entonces podrá decírmelo mañana.

Abrí la puerta.

—No cuente con ello.

—A las diez, en mi despacho.

—No estaré allí.

—Sí estará.

Lo miré por encima del hombro.

Álex seguía junto a la mesa, con mi marca todavía visible en la mejilla y los labios enrojecidos por mis besos.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Porque necesita salvar su empresa.

Hizo una pausa.

—Y porque ahora quiere averiguar cuánto tardaremos en romper la cláusula novena.

Las puertas del ascensor se cerraron antes de que pudiera contestarle.

Me quedé sola, con la carpeta apretada entre las manos, los labios ardiendo y el sabor de Álex Valdés todavía en la boca.

Lo peor no era que aquel hombre acabara de ofrecerme dos millones de euros por convertirme en su esposa.

Lo peor era que una parte de mí ya no estaba pensando en el dinero.

Estaba pensando en la cláusula que nos prohibía tocarnos.

Y en cuánto deseaba romperla.