Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—No estamos aquí para esto —dije.

—Ha sido usted quien ha mencionado besarme.

—Usted lo ha mencionado.

—Y lleva treinta segundos imaginándolo.

—Tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo.

—No estaba hablando de mí.

La seguridad de su tono me irritó porque acertaba.

Miré hacia las ventanas.

Madrid se extendía a nuestros pies, cubierta de luces. Era una vista preciosa y completamente inútil para calmarme.

—¿Cuánto? —pregunté.

Álex no fingió no entender.

—Dos millones de euros.

Volví la cabeza.

Debí de mostrar algo en la cara, porque su expresión se endureció ligeramente.

Dos millones.

La cifra era tan desproporcionada que durante unos segundos perdió significado. Con una décima parte podría cubrir las deudas inmediatas. Con el resto podría estabilizar la agencia, contratar personal, invertir en campañas, recuperar los proyectos que había rechazado por falta de liquidez.

Podría pagar a todos.

Podría respirar.

—No necesito tanto —dije.

—No está obligada a gastarlo.

—No me entiende. No aceptaría tanto.

—Aceptaría menos.

—Tampoco he dicho eso.

—Está pensando en las nóminas.

Lo miré.

—No sabe en qué estoy pensando.

—Está calculando cuánto necesita para sobrevivir los próximos meses. Después está pensando en Vera, en sus empleados y en la posibilidad de que descubran lo cerca que estuvo de despedirlos.

Me quedé inmóvil.

—¿Me ha investigado?

—Sí.

No mostró vergüenza.

—¿Hasta qué punto?

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Sus deudas, los contratos pendientes, la situación del inmueble de su agencia, el préstamo personal que garantizó con el piso que heredó de su padre.

El hambre desapareció.

—No tenía derecho.

—Necesitaba saber si aceptaría.

—¿Y qué concluyó?

—Que me odiaría por ofrecérselo.

—Ha acertado.

—Y que lo consideraría.

Eso dolió más.

Empujé la silla hacia atrás y me levanté.

—Se ha terminado.

Álex no intentó detenerme.

—Aún no ha escuchado las condiciones.

—No me interesan.

—Miente otra vez.

Cogí el bolso.

—Puede quedarse con sus acciones, su testamento y su absurda fantasía matrimonial.

—No es una fantasía.

—No, claro. Para tener una fantasía tendría que desear algo.

Sus ojos se endurecieron.

Por primera vez desde que había entrado, pareció perder una parte de su control.

—Deseo muchas cosas, Claudia.

La forma en que dijo mi nombre me detuvo.

Álex se levantó despacio.

No había ninguna prisa en sus movimientos. Eso era lo más inquietante. Parecía saber que yo no abriría la puerta, que me quedaría donde estaba mientras él rodeaba la mesa.

Y lo hice.

Se detuvo delante de mí.

—Pero no confundo el deseo con una decisión empresarial.

—Qué romántico.

—Esto no es romántico.

—Entonces al menos estamos de acuerdo en algo.

—Será un contrato. Seis meses. Vivirá conmigo, asistirá a los actos necesarios y mantendrá absoluta discreción. Su empresa conservará su independencia. El dinero será suyo desde el momento de la firma, ocurra lo que ocurra después.

—¿Y cuando terminen los seis meses?

—Nos divorciaremos.

—¿Así de sencillo?

—Sí.

—Nada relacionado con usted parece sencillo.

Álex miró mis labios.

Yo debería haberme marchado.

En lugar de eso, pregunté:

—¿Por qué está tan seguro de que podemos convencer a alguien?

—Porque no necesitamos fingirlo todo.

El aire se volvió pesado.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabe.

—No existe nada entre nosotros.

—Existe desde que ha entrado en mi despacho esta mañana.

—Existe una cancelación de contrato.

—Y algo más.

—Está imaginándolo.

—Entonces demuéstremelo.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

Álex levantó una mano y rozó con los dedos un mechón de cabello junto a mi cuello. El contacto fue leve, pero sentí cada centímetro de piel que separaba su mano de mi cuerpo.

—Béseme.

Me reí, aunque el sonido salió demasiado débil.

—No.

—Si no siente nada, no debería importarle.

—No necesito besarle para saber que no siento nada.

—Tiene miedo de equivocarse.

—Tengo miedo de que su ego ocupe tanto espacio que termine asfixiándonos a los dos.

—Béseme y podrá marcharse.

—Puedo marcharme ahora.

—Pero no lo está haciendo.

Odiaba que cada una de sus frases encontrara el lugar exacto en el que herirme.

O quizá no era odio.

Quizá era el modo en que me miraba, como si llevara toda la noche esperando que dejara de mentir. Como si supiera que, desde aquella mañana, yo también había pensado en sus manos.

En su voz.

En la promesa escondida detrás de una orden.

Álex no se inclinó hacia mí. No intentó reducir la distancia. Permaneció inmóvil, obligándome a tomar la decisión.

Eso fue lo que consiguió que lo hiciera.

No quería que creyera que tenía miedo.

Apoyé una mano sobre su pecho y sentí la firmeza de su cuerpo bajo la camisa.

Su corazón latía más deprisa de lo que esperaba.

La revelación me dio una sensación peligrosa de poder.

—Un beso —dije.

—Uno.

—Después me marcho.

—Si eso es lo que quiere.

—Lo es.

Mentí.

Me puse de puntillas y acerqué la boca a la suya.

Mi intención era rozarlo apenas. Un contacto seco, breve, suficiente para demostrar que no significaba nada.

Álex permitió que lo hiciera.

Durante un segundo.

Después su mano se cerró alrededor de mi cintura.

No tiró de mí inmediatamente. Me sostuvo allí, dejando espacio suficiente para que pudiera apartarme.

No lo hice.

Su boca volvió a encontrar la mía.

Esta vez no fue un roce.

Álex me besó con una lentitud calculada, como si no tuviera ninguna duda de que terminaría abriendo los labios para él. Intenté resistirme solo para demostrar que podía hacerlo.

Duré menos de lo que me habría gustado admitir.

Cuando cedí, su lengua rozó la mía y todo el aire abandonó mis pulmones.

Mis dedos se cerraron sobre su camisa.

El beso cambió.

La contención desapareció bajo algo más oscuro. Álex me acercó contra su cuerpo y sentí la dureza de su pecho, la presión de sus dedos en mi espalda y la evidencia de que aquella demostración lo estaba afectando tanto como a mí.

Una oleada de calor descendió entre mis piernas.

Me besó como si hubiera pasado horas imaginando exactamente cómo hacerlo. Sin prisa, pero sin permitirme olvidar quién guiaba cada movimiento.

Cuando mordió suavemente mi labio inferior, un gemido escapó de mi garganta.

Álex se detuvo.

No se separó del todo. Su boca permaneció a unos centímetros de la mía y su respiración golpeó mis labios.

—Dígame que no siente nada.

Quise hacerlo.

La mentira se quedó atrapada en mi garganta.

Sus dedos descendieron por mi espalda hasta apoyarse en la curva de mi cintura. No fueron más lejos, pero mi cuerpo reaccionó como si lo hubieran hecho.

—Esto no demuestra nada —susurré.

—Entonces otra vez.

Antes de que pudiera responder, volví a besarlo.

Esta vez fui yo.

Introduje los dedos en su cabello y tiré lo suficiente para arrancarle un sonido bajo. La reacción me excitó más de lo que debería.

Álex giró conmigo y mi espalda chocó suavemente contra la pared.