CAPÍTULO 2
EL PRECIO DE MI APELLIDO
A las ocho y cincuenta y siete de la noche estaba frente a la entrada del Hotel Valdés Imperial, preguntándome en qué momento exacto había perdido el control de mi vida.
Probablemente había sucedido aquella mañana, cuando el director del banco me comunicó que la línea de crédito de la agencia no se ampliaría.
O quizá tres días antes, cuando el Grupo Valdés canceló la gala.
También existía la posibilidad de que todo hubiera empezado mucho antes, cuando decidí que podía mantener a flote la empresa de mi padre sin pedir ayuda a nadie.
Fuera cual fuera el momento, el resultado era el mismo: me encontraba a punto de subir a la suite privada de un hombre al que detestaba, llevando un vestido negro que Vera había elegido con demasiado entusiasmo y una ropa interior que yo no había seleccionado pensando en negocios.
Eso último fue culpa suya.
—No puedes presentarte con las bragas de los martes —había dicho mientras revolvía mis cajones.
—Son cómodas.
—También parecen diseñadas para sobrevivir a una catástrofe nuclear.
—No pienso acostarme con él.
—Entonces podrá admirarlas desde una distancia prudente.
—Vera.
—Claudia, ese hombre te ha citado en una suite a las nueve de la noche. Puedes repetirte que vais a hablar de contabilidad, pero no insultes mi inteligencia.
Después me había obligado a ponerme un conjunto de encaje negro.
En ese momento, de pie bajo la marquesina del hotel, lamenté haber cedido.
No porque planeara enseñárselo a Álex.
Porque saber que lo llevaba puesto hacía que todo pareciera más peligroso.
Un botones abrió la puerta antes de que pudiera seguir cuestionando mis decisiones.
El vestíbulo del Imperial estaba iluminado por lámparas de cristal, columnas de piedra clara y arreglos florales tan grandes que seguramente necesitaban su propio presupuesto anual. Había estado allí varias veces por trabajo, pero nunca como invitada del propietario.
Me acerqué a recepción.
—Claudia Montes. El señor Valdés me está esperando.
La recepcionista no consultó ningún ordenador. Sonrió como si mi llegada hubiera sido anunciada con semanas de antelación.
—Por supuesto, señorita Montes. El ascensor privado está preparado.
Aquello debería haberme hecho sentir importante.
Solo consiguió recordarme que Álex había estado convencido de que acudiría.
El ascensor me llevó directamente a la última planta. No había botones, música ni otras personas. Solo mi reflejo multiplicado en las paredes y la sensación de que estaba entrando voluntariamente en una trampa.
Las puertas se abrieron a un recibidor privado.
Álex esperaba al otro lado.
Se había quitado la corbata. Llevaba el primer botón de la camisa abierto y la chaqueta colgada sobre el respaldo de una silla. El aspecto ligeramente relajado debería haberlo hecho menos intimidante.
No fue así.
Mi mirada se detuvo un instante en la piel visible bajo el cuello de la camisa.
Álex lo notó.
—Ha venido.
—No parezca tan satisfecho.
—No estoy satisfecho.
Sus ojos recorrieron mi vestido.
—Todavía.
El calor me subió por el cuello.
—Si este es el tono de la reunión, puedo marcharme ahora mismo.
—Puede marcharse cuando quiera.
Se apartó para dejarme pasar.
—Aunque le recomiendo que escuche la propuesta antes de hacerlo.
Entré en la suite.
Esperaba algo obscenamente lujoso y no me decepcionó. El salón tenía ventanales de suelo a techo, sofás claros, una chimenea encendida y una mesa preparada para dos. Más allá se extendía una terraza con vistas a la ciudad.
No vi ninguna cama.
Me avergonzó el alivio.
Y también la decepción.
—¿Quiere beber algo? —preguntó.
—Quiero saber por qué necesita una esposa.
—Primero cenaremos.
—No tengo hambre.
Mi estómago eligió ese momento para contradecirme con un ruido discreto pero perfectamente audible.
Álex miró hacia mi abdomen.
—Su capacidad para mentir necesita trabajo.
—No he comido desde esta mañana.
—Eso no es algo de lo que presumir.
—No estaba presumiendo.
Señaló la mesa.
—Siéntese.
—Eso ha sonado a orden.
—Lo era.
La frase volvió a producirme aquella descarga incómoda que había sentido en su despacho.
No tenía sentido.
Detestaba que me dieran órdenes. Llevaba años soportando a clientes convencidos de que podían hablarme como quisieran porque pagaban una factura. Había despedido a un proveedor por tratar mal a una becaria y una vez había expulsado a un padrino de boda por intentar tocarme el trasero.
Sin embargo, cuando Álex utilizaba aquel tono bajo y tranquilo, mi cuerpo no reaccionaba con indignación.
O no solo con indignación.
—Creo que hoy ya hemos establecido que no trabajo para usted —dije.
—Todavía no hemos establecido nada.
Nos miramos durante varios segundos.
Después me senté porque tenía hambre, porque quería escuchar la propuesta y porque negarme únicamente para demostrar que podía hacerlo habría sido infantil.
Álex ocupó la silla frente a mí.
Un camarero apareció sin que nadie lo llamara y sirvió el primer plato. Ninguno de los dos habló hasta que volvió a desaparecer.
—¿Siempre cena así? —pregunté.
—¿Así cómo?
—Con un empleado entrando silenciosamente en la habitación cada vez que piensa en comida.
—No.
—Qué decepción. Estaba empezando a imaginarlo incapaz de abrir su propio frigorífico.
—Sé abrir un frigorífico.
—¿Y cocinar?
—También.
—No le creo.
—Su opinión sobre mis habilidades domésticas no forma parte de la negociación.
Dejé el tenedor.
—Entonces negociemos.
Álex permaneció en silencio durante unos instantes. No parecía nervioso, pero había aprendido que su quietud no significaba indiferencia. Era una forma de observar, de calcular, de decidir cuánto revelar.
—Mi abuelo murió hace dos años —comenzó—. Era el accionista mayoritario del Grupo Valdés.
Conocía esa parte. La muerte de Arturo Valdés había ocupado portadas durante semanas. Fundó el primer hotel de la familia a los veintisiete años y pasó cinco décadas adquiriendo edificios, terrenos y competidores.
—En su testamento dividió las acciones entre mi hermanastro y yo —continuó Álex—. Pero reservó un doce por ciento adicional.
—¿Para quién?
—Para mí, si cumplo determinadas condiciones antes de cumplir treinta y nueve años.
—¿Y si no las cumple?
—Las acciones se repartirán entre Mateo y un fondo familiar controlado por él.
Cogí la copa de agua.
—¿Qué condiciones?
Álex apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Mi abuelo consideraba que un hombre incapaz de construir una vida estable tampoco estaba preparado para garantizar la continuidad de una empresa familiar.
Lo miré.
Él esperó.
Tardé unos segundos en comprenderlo.
—No.
—Aún no le he hecho ninguna propuesta.
—Quiere casarse conmigo para conseguir las acciones.
—Necesito estar casado antes de la próxima junta extraordinaria.
—Eso es absurdo.
—Estoy de acuerdo.
—¿Su abuelo dejó en el testamento que tenía que enamorarse?
—No.
—¿Tener hijos?
—No.
—¿Compartir una cuenta bancaria, adoptar un perro y discutir por quién baja la basura?
—Debo demostrar que he establecido un hogar estable y una relación reconocida públicamente.
Me recosté en la silla.
—¿Y por qué no se casa con su novia?
—No tengo novia.
—Con alguna de las mujeres que aparecen con usted en las revistas.
—No mantengo ninguna relación con esas mujeres.
—Qué triste. Seguro que se llevarán una decepción cuando se enteren.
Ignoró el comentario.
—No puedo recurrir a nadie de mi entorno.
—¿Por qué?
—Porque Mateo conoce a todas las personas de mi círculo. Investigaría la relación, encontraría cualquier incoherencia y la utilizaría para invalidar el cumplimiento del testamento.
—¿Y cree que conmigo no lo hará?
—Lo hará. Pero no encontrará una relación previa que contradiga la historia.
Una risa incrédula escapó de mis labios.
—Claro que encontrará algo. Encontrará que su grupo canceló mi gala y que, veinticuatro horas después, aparezco casada con usted. Parecerá exactamente lo que es.
—No nos casaremos mañana.
—Qué alivio.
—Nos casaremos dentro de dos días.
Dejé la copa con más fuerza de la necesaria.
—Está completamente loco.
—Tiene que parecer impulsivo.
—Va a parecer comprado.
—También.
Su sinceridad me descolocó.
—¿Esa es la brillante estrategia? ¿Admitir que todo el mundo pensará que me ha pagado?
—La estrategia consiste en darles una explicación más interesante.
—¿Cuál?
—Que nos conocimos durante la preparación de la gala. Que mantuvimos la relación en secreto. Que la cancelación provocó una discusión y nos obligó a hacer pública una situación que ya existía.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Las personas rara vez exigen que una historia romántica tenga sentido si resulta suficientemente entretenida.
—Yo sí.
—Por eso no tiene que creerla. Solo representarla.
El camarero regresó para retirar los platos. Esperé a que saliera antes de continuar.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis meses.
La misma respuesta que me había dado en su despacho.
Esta vez sonó aún más real.
—Seis meses de matrimonio.
—Sí.
—¿Viviendo juntos?
—Sí.
—¿Apareciendo en público?
—Cuando sea necesario.
—¿Fingiendo que estoy enamorada de usted?
—Eso podría ser lo más difícil.
—No se haga ilusiones. Me preocupa más fingir que lo soporto.
Una sonrisa breve apareció en su boca.
—Precisamente por eso la he elegido.
—No lo entiendo.
—Usted no se comporta como las mujeres con las que se me relaciona.
—Gracias, supongo.
—No ha sido un cumplido.
—Entonces retire el «gracias».
—Me contradice. Me cuestiona. Ha irrumpido en mi oficina para insultarme.
—Le he llamado arrogante. No es un insulto si es verdad.
—Y me mira como si no supiera si quiere abofetearme o besarme.
Mi respiración se detuvo una fracción de segundo.
Álex no apartó los ojos de mí.
—Eso es ridículo.
—¿Qué parte?
—La de besarle.
—La otra parece posible.
—No vuelva a provocarme.
—¿Por qué?
—Porque no le gustará el resultado.
—¿Está segura?
Mi cuerpo volvió a traicionarme.
No hice ningún movimiento, pero sentí la contracción baja, caliente y lenta, que provocó aquella pregunta.
Álex bajó la mirada hacia mi pecho. El vestido no era especialmente escotado, pero la forma en que me observó hizo que me sintiera mucho más expuesta que si estuviera desnuda.