Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

La distancia entre nuestros cuerpos se redujo hasta convertirse en algo consciente. Podía ver la sombra de su barba, la línea firme de su boca, el movimiento de su garganta cuando tragaba.

Noté un pulso bajo en el vientre.

No era miedo.

Eso lo hizo peor.

—Cuando necesita algo de alguien —continuó—, entrar gritando y llamarlo arrogante no suele ser la estrategia más eficaz.

—Cuando alguien me clava un cuchillo, no acostumbro a preguntarle qué puedo ofrecerle para que deje de girarlo.

Sus ojos descendieron hasta mi boca.

Solo un instante.

Pero lo vi.

Mi respiración cambió. Apenas. Lo suficiente para que él también lo notara.

El silencio se volvió denso.

Yo seguía furiosa. Seguía pensando en las facturas, en las caras de mis empleados y en la llamada del banco que había ignorado aquella mañana. Sin embargo, bajo toda esa rabia había aparecido otra cosa.

Una corriente oscura, caliente y completamente inoportuna.

Álex levantó una mano.

Pensé que iba a tocarme.

Mi cuerpo se preparó antes de que mi cabeza pudiera impedirlo.

Pero sus dedos solo rozaron la manga de mi blusa. Pasó el pulgar sobre la mancha seca de café, sin llegar a limpiarla.

El contacto fue insignificante.

Mi reacción no.

—Ha venido preparada para una guerra —murmuró.

—He venido directamente de una oficina en la que doce personas esperan que encuentre una solución.

—Y cree que puede obligarme a darle una.

—Creo que es responsable de proporcionarla.

Su mano se retiró.

Lo lamenté durante una fracción de segundo, y ese pequeño acto de traición de mi cuerpo estuvo a punto de hacerme perder el hilo.

Álex regresó a la mesa, abrió un cajón y sacó una tarjeta negra. Escribió algo en el reverso.

—Cene conmigo esta noche.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—A las nueve. Hotel Valdés Imperial. Suite presidencial.

Miré la tarjeta que extendía hacia mí, pero no la cogí.

—¿Esto le parece divertido?

—No.

—He venido a hablar de una cancelación que puede cerrar mi empresa y usted me invita a una suite de hotel.

—La suite dispone de un comedor.

—También dispone de una cama, imagino.

Su mirada volvió a recorrerme. Esta vez no tuvo la delicadeza de fingir que no lo hacía.

—Varias.

El pulso bajo mi vientre se intensificó, mezclándose con una indignación casi reconfortante.

—No estoy en venta, señor Valdés.

—No he dicho que lo esté.

—Entonces explíqueme qué clase de reunión de negocios necesita celebrarse a las nueve de la noche en una suite privada.

—Una que ninguno de los dos querrá que figure en mi agenda.

—Eso no mejora su propuesta.

—No pretendía mejorarla. Pretendía conseguir que acudiera.

Solté el aire despacio.

—¿Suele funcionar?

—¿El qué?

—Dar una orden y esperar que las mujeres corran a cumplirla.

—No le he dado una orden.

—Ha estado cerca.

—Cuando le dé una, Claudia, notará la diferencia.

La forma en que pronunció mi nombre provocó una descarga lenta en mi espalda.

No fue una amenaza.

O no únicamente.

Había una promesa escondida en su tono. Algo íntimo, inapropiado y tan deliberado que sentí la necesidad de apretar las piernas.

Él lo vio.

Estaba segura.

La expresión de Álex no cambió, pero sus ojos se oscurecieron.

Tomé la tarjeta solo para terminar con aquella absurda batalla silenciosa.

Nuestros dedos se rozaron.

El contacto duró menos de un segundo. Aun así, imaginé aquellas manos en lugares en los que no deberían estar. Sobre mi piel. Bajo mi ropa. Sujetándome con la misma calma con la que parecía controlar todo lo que ocurría a su alrededor.

Retiré la mano demasiado deprisa.

—No voy a acostarme con usted.

—No se lo he pedido.

—Todavía.

—¿Le preocupa que lo haga?

—Me preocupa que crea que puede solucionar cualquier problema metiendo a una mujer en su cama.

—No quiero meterla en mi cama.

La respuesta llegó tan rápida que debería haberme tranquilizado.

En lugar de eso, sentí una decepción ridícula.

Álex se apoyó en el borde de la mesa, cruzando los brazos.

—Lo que quiero proponerle solucionaría sus deudas, garantizaría los salarios de sus empleados y permitiría que su empresa siguiera operando.

Miré la tarjeta.

—¿A cambio de qué?

—Eso se lo explicaré esta noche.

—Puede explicármelo ahora.

—Sus diez minutos han terminado.

Lo miré con incredulidad.

—Es usted insoportable.

—Y usted vendrá a cenar.

—No esté tan seguro.

—Está desesperada.

La palabra me dolió más porque era cierta.

Di un paso hacia él.

—No vuelva a confundirme con alguien a quien puede comprar.

Álex descruzó los brazos.

Su cuerpo volvió a quedar peligrosamente cerca del mío.

—No quiero comprarla.

—Acaba de decir que puede pagar mis deudas.

—Puedo.

—¿Y qué quiere a cambio?

Esta vez no apartó los ojos de mi boca.

—Seis meses.

Sentí que mi enfado tropezaba con la confusión.

—¿Seis meses de qué?

—De su vida.

Lo miré durante varios segundos, buscando una señal de que estaba bromeando.

No la encontré.

Álex Valdés no parecía un hombre que bromeara con frecuencia.

—Está loco.

—Es posible.

—¿Y espera que vaya a esa cena sin saber qué pretende?

—Vendrá porque necesita una solución. Y porque ahora quiere saberlo.

Odié que tuviera razón.

Guardé la tarjeta en el bolso.

—Que acuda no significa que vaya a aceptar nada.

—No espero que acepte sin negociar.

—Hace cinco minutos ha dicho que no sé negociar.

—Quizá esta noche pueda enseñarle.

La tensión regresó con tanta fuerza que el aire pareció encogerse a nuestro alrededor.

Álex abrió la puerta del despacho.

La reunión había terminado.

Pasé junto a él procurando no rozarlo, aunque una parte vergonzosa de mí deseaba hacerlo. Cuando llegué al umbral, me detuve.

—Una cosa más.

—Dígame.

—Si esta noche intenta acostarse conmigo, me marcharé.

Álex sostuvo mi mirada.

—Esta noche no necesito una amante, Claudia.

Esperé.

Su voz descendió hasta convertirse en una caricia oscura.

—Necesito una esposa.