Casada con mi Jefe (Novelas Románticas para Mujeres 1)
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CAPÍTULO 1
EL HOMbrE QUE ARRUINÓ MI VIDA
Nunca había imaginado mi entrada en las oficinas del Grupo Valdés como una escena especialmente gloriosa.
En mis fantasías profesionales —las que tenía antes de que la cuenta bancaria de mi empresa empezara a parecer un electrocardiograma a punto de detenerse—, yo atravesaba aquel vestíbulo de mármol con un vestido impecable, una carpeta llena de contratos millonarios y la clase de seguridad que solo poseen las mujeres que no deben tres nóminas, dos facturas de proveedores y una cantidad obscena de dinero al banco.
La realidad fue bastante menos elegante.
Entré con el pelo revuelto por el viento, una mancha de café en la manga de la blusa y tanta rabia acumulada que el guardia de seguridad dio un paso hacia mí antes de que hubiera pronunciado una sola palabra.
—Tengo una reunión con el señor Valdés.
La recepcionista levantó la mirada hacia mí. Era una mujer joven, perfectamente maquillada y vestida con un traje beige que probablemente costaba más que mi ordenador.
—¿Su nombre, por favor?
—Claudia Montes.
Tecleó algo.
—No aparece ninguna reunión concertada.
—Porque no está concertada.
La sonrisa profesional se le tensó apenas un milímetro.
—El señor Valdés no recibe sin cita previa.
—Entonces hoy va a vivir una experiencia nueva.
Avancé hacia los tornos de acceso. El guardia se interpuso con una educación que no consiguió disimular el tamaño de sus hombros.
—Señora, no puede pasar.
—Señorita —corregí—. Y su jefe acaba de cancelar un contrato de ciento ochenta mil euros con menos de setenta y dos horas de antelación. Puede apartarse o puede acompañarme. Pero voy a subir.
En realidad, no tenía la menor idea de cómo iba a lograrlo.
Dos minutos después, seguía en el mismo sitio, discutiendo con el guardia mientras la recepcionista llamaba a alguien. Aquello habría terminado conmigo escoltada hasta la calle si una voz masculina no hubiera sonado a mi espalda.
—Déjala pasar.
Me giré.
El hombre que acababa de hablar llevaba un traje azul oscuro, una tableta bajo el brazo y una expresión de resignación prematura.
Lo reconocí. Samuel Ortega, asistente personal de Álex Valdés. Habíamos intercambiado decenas de correos durante la preparación de la gala que el Grupo Valdés acababa de cancelar.
—Señorita Montes —dijo—. El señor Valdés puede recibirla durante diez minutos.
—Necesitaré más.
—No los tiene.
—Eso dependerá de lo rápido que admita que ha cometido un error.
Samuel me observó durante unos segundos, como si estuviera calculando la probabilidad de que yo terminara lanzando algún objeto desde la planta treinta y dos.
—Acompáñeme.
Los ascensores privados eran silenciosos, rápidos y estaban revestidos de madera oscura. Todo en aquel edificio parecía diseñado para recordarle a cualquiera que entrara que el Grupo Valdés poseía más dinero, más poder y mejores abogados que él.
Miré mi reflejo en las puertas metálicas.
Tenía las mejillas enrojecidas, los labios apretados y los ojos demasiado brillantes.
No era la imagen de una empresaria serena que acudía a renegociar un contrato.
Era la de una mujer que había pasado la noche haciendo cuentas y había descubierto que, dentro de treinta días, tendría que decidir a cuál de sus empleados despedía primero.
Vera decía que, cuando estaba furiosa, parecía capaz de incendiar una ciudad con una mirada.
Esperaba que tuviera razón.
—Le recomiendo que mantenga la calma —dijo Samuel.
—Le recomiendo que no me dé recomendaciones.
No respondió.
Las puertas se abrieron en la última planta.
El despacho de Álex Valdés ocupaba probablemente más metros cuadrados que mi agencia entera.
Grandes ventanales mostraban Madrid bajo un cielo gris.
No había fotografías familiares, objetos personales ni papeles fuera de lugar.
Solo piedra, madera, cristal y una mesa enorme detrás de la cual estaba sentado el hombre que había arruinado mi vida con una firma.
Álex Valdés no se levantó cuando entré.
Eso consiguió enfadarme todavía más.
Lo había visto antes, por supuesto. En reuniones, presentaciones y cenas de empresa. Siempre rodeado de directivos, inversores y personas que parecían contener el aliento cuando él hablaba.
A los treinta y ocho años, Álex se había convertido en una de las figuras más reconocidas del sector hotelero europeo.
Las revistas financieras hablaban de su capacidad para adquirir compañías en crisis y convertirlas en negocios rentables.
Las revistas menos financieras hablaban de sus ojos oscuros, su mandíbula perfecta y la lista de modelos, actrices y herederas con las que supuestamente había compartido algo más que una cena.
Yo nunca había concedido importancia a esa segunda categoría.
Hasta que lo tuve delante.
Llevaba la chaqueta abierta y las mangas de la camisa asomaban bajo los puños. Tenía una mano apoyada sobre unos documentos y la otra alrededor de una taza de café. Sus dedos eran largos, fuertes, cuidados. Me molestó fijarme en ellos.
Me molestó todavía más imaginar cómo se sentirían cerrándose alrededor de mi cintura.
El pensamiento apareció sin permiso y lo aparté con una violencia mental que habría dejado inconsciente a cualquiera.
Álex levantó la vista.
Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron hasta la mancha de café de mi manga y regresaron a mis ojos.
—Señorita Montes.
—Señor Valdés.
Samuel cerró la puerta detrás de mí.
—Tiene nueve minutos —dijo Álex.
—Qué generoso.
—Ocho minutos y cincuenta segundos.
—Ha cancelado la gala.
—Soy consciente.
—Faltan menos de tres días.
—También soy consciente.
—Hemos contratado a ciento veinte personas. Los proveedores han iniciado el montaje. Hay vuelos pagados, reservas, equipos técnicos y una lista de penalizaciones que podría usar para empapelar este despacho.
Álex bebió café sin apartar la mirada de mí.
—El departamento jurídico revisará los costes justificables.
—¿Costes justificables?
Avancé hasta su mesa.
—Todos son justificables. Usted aprobó el presupuesto. Su equipo autorizó cada contratación y cada cambio. Llevamos cuatro meses trabajando en este evento.
—El contrato contempla la cancelación por riesgo de seguridad.
—No existe ningún riesgo de seguridad.
—Existe.
—Entonces dígame cuál es.
—No puedo.
Solté una risa seca.
—Claro. No puede. Pero sí puede destruir mi empresa y esconderse detrás de una cláusula.
Algo cambió en su expresión. No mucho. Una ligera tensión en la boca, quizá. Álex Valdés parecía uno de esos hombres que habían aprendido muy pronto que mostrar una emoción era lo mismo que entregar un arma.
—Su empresa no debería depender de un único contrato —dijo.
La frase me golpeó en el centro del pecho.
—Mi empresa no depende de un único contrato.
—Ha venido hasta aquí sin cita, ha discutido con seguridad y está a punto de romperme una vena en la frente con la mirada. Debo asumir que la situación es importante.
—Es importante porque tengo empleados. Personas reales. Personas que no pueden perder un mes de trabajo porque usted haya decidido cambiar de opinión mientras desayunaba.
Dejó la taza sobre la mesa.
—No he cambiado de opinión.
—¿Qué ha ocurrido, entonces?
—Se ha detectado una filtración de información confidencial relacionada con el evento.
Me quedé quieta.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Mi equipo ha seguido todos los protocolos.
—La información salió de algún lugar.
—¿Está acusándome?
—Estoy explicando por qué se canceló la gala.
—No. Está insinuando que alguno de mis empleados ha vendido información sin mostrarme una sola prueba.
—La investigación continúa abierta.
—Y mientras tanto, ¿yo qué hago? ¿Les explico que no pueden pagar el alquiler porque el gran Álex Valdés continúa investigando?
La voz se me quebró apenas al final. Lo suficiente para enfurecerme conmigo misma.
No quería que notara mi miedo.
Álex me observó con una atención distinta. Ya no parecía aburrido. Tampoco compasivo. Había algo más incómodo en su mirada, algo que no supe interpretar.
Se levantó.
No debería haber supuesto una diferencia tan grande.
Lo había visto de pie otras veces, pero nunca tan cerca. Era alto, más de lo que recordaba, y su presencia llenó el espacio entre nosotros antes de que diera la vuelta a la mesa.
No retrocedí.
Me había enfrentado a proveedores furiosos, novias histéricas, madres de novias todavía más histéricas y un cantante que se negó a subir a un escenario porque las toallas de su camerino no eran del tono exacto de blanco que exigía su contrato.
Podía enfrentarme a Álex Valdés.
Aunque oliera demasiado bien.
Aunque su camisa se tensara sobre el pecho de una forma que me hacía desear estar prestando atención a cualquier otra cosa.
Aunque, cuando se detuvo frente a mí, mi cuerpo reaccionara como si mi dignidad y mis hormonas hubieran decidido dejar de hablarse.
—¿Cuánto tiempo puede resistir su empresa? —preguntó.
—Eso no es asunto suyo.
—Ha irrumpido en mi despacho para convertírmelo en asunto mío.
—He venido para exigir que cumpla el contrato.
—El contrato se cumplirá. Se abonarán los gastos contemplados y la penalización correspondiente.
—Eso no cubre lo que vamos a perder.
—Entonces conteste a mi pregunta.
Apreté los dientes.
—No necesito su análisis financiero.
—No. Necesita dinero.
El calor me subió por el cuello.
—Cuidado.
—¿Con qué?
—Con la forma en que me habla.
Álex inclinó ligeramente la cabeza.
—Ha entrado en mi despacho acusándome de arruinar su vida.
—Porque lo ha hecho.
—Y, sin embargo, soy yo quien debe cuidar sus palabras.
—Sí.
—¿Siempre es así de razonable?
—Solo cuando un multimillonario arrogante intenta explicarme cuál es mi problema.
Algo parecido a una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
Fue un gesto mínimo, pero transformó su rostro. Lo hizo más joven, más peligroso y absurdamente atractivo.
Odié haberlo provocado.
—No le resulta fácil negociar —dijo.
—No estoy negociando.
—Ese es precisamente su problema.
Se acercó un paso.
Yo debería haberme apartado. No lo hice.