Capítulo 67 — Muévete otra vez
Durante las tres semanas posteriores a la sesión extraordinaria, la Corona no abandonó su investigación sobre Saint Orison.
La capital seguía sin invitar a Ella a tomar el té.
La Casa Rosen celebró dos cenas. La Comisión de Beneficencia reanudó un acto de recaudación.
La gran princesa Helena recibió a más de veinte damas de la nobleza en su jardín privado.
Ella no recibió nada. Sin embargo, el número de abogados, contables, comerciantes y administradores familiares que entraban en el ala este continuó aumentando.
La Casa Belmont esperaba una respuesta a la propuesta sobre el carbón.
La Casa Hurst seguía redactando argumentos jurídicos sobre la soberanía territorial.
La Casa Severn envió tres presupuestos revisados para el mineral.
A Ella la habían excluido de los salones sociales de la capital.
Poco a poco, empezaban a admitirla en sus negocios de verdad.
No le importaba. De vez en cuando lamentaba que sus vestidos nuevos tuvieran tan pocas ocasiones de ser admirados.
Al cabo de tres semanas, se acercaba a la decimonovena semana de embarazo.
La curva bajo su ropa se había acentuado.
Los vestidos de cintura alta aún la ocultaban.
Pero la modista ya no fingía que aquellos cambios fueran normales.
Ella también se había vuelto más cuidadosa.
Las reuniones no duraban más de una hora.
Después de estar sentada mucho rato, se levantaba y caminaba.
Comía antes de salir de casa. No montaba a caballo y rechazaba las modificaciones repentinas de su agenda.
Seguían siendo decisiones suyas. El embarazo no había dado a Cassian el derecho de cancelar toda su vida.
Una tarde, Ella estaba junto a la ventana leyendo el último presupuesto de mineral de los Severn.
Al llegar a la tercera página, algo se movió claramente dentro de su abdomen.
Ya no era una breve burbuja de la digestión.
Ni una vaga sensación de desplazamiento.
Algo la tocó suavemente desde dentro. La mano de Ella se detuvo sobre la página.
El movimiento desapareció. Esperó. Volvió a ocurrir. Esta vez un poco más abajo.
—Nell.
Su doncella acudió de inmediato.
—¿Qué sucede?
—Llama a Elena.
—¿Le duele algo?
—No.
Ella se puso una mano sobre el abdomen.
—Creo que el bebé se ha movido.
Elena llegó enseguida. La examinó y le preguntó por dolor, sangrado y mareos.
—Debe de ser un movimiento del bebé.
—¿Está segura?
—Alrededor de las diecinueve semanas es completamente normal empezar a notarlo con claridad.
Elena añadió:
—Al principio, los movimientos pueden estar muy espaciados. Se volverán más frecuentes y, con el tiempo, lo bastante fuertes como para sentirlos desde fuera.
Ella bajó la mirada. Su abdomen parecía inmóvil.
Pero dentro de él había comenzado a moverse un bebé.
Eso volvió el embarazo más real que el diagnóstico de la médica.
Las fechas podían escribirse en un papel.
Una curva podía ocultarse bajo la tela. Pero aquel roce que acababa de sentir no pertenecía a ninguna cuenta ni a ningún rumor.
Era su hijo. Elena no llevaba mucho tiempo fuera cuando Cassian llegó al ala este.
Traía un plan de seguridad revisado. Después de la sesión extraordinaria, la Corona no había retrocedido.
Cassian quería más guardias alrededor del ala este, una nueva investigación de todos los trabajadores de la cocina y copias anticipadas de los itinerarios de Ella cada vez que saliera de la residencia.
—No voy a someter cada trayecto a la aprobación de Rowan —dijo Ella.
—No es una aprobación.
—Lo cancelarás siempre que no te guste.
—Cuando haya peligro.
—¿Quién decide qué es peligroso?
—Yo.
Ella estaba a punto de negarse cuando el bebé volvió a moverse. Esta vez, con más claridad. Su voz se interrumpió. Se llevó instintivamente la mano al abdomen. Cassian lo vio.
—¿Qué ha pasado?
—El bebé se ha movido.
Él se quedó inmóvil. No había dejado los documentos.
—¿Estás segura?
—Elena lo ha confirmado.
Su mirada se fijó en la mano de Ella con una intensidad que ella nunca le había visto: posesiva e inquieta de una forma que no sabía definir. Era la mirada de un hombre enfrentado a algo que no podía controlar mediante órdenes, interrogatorios o muertes. Al cabo de un instante, dijo:
—¿Sigue moviéndose?
—No lo sé.
—Déjame tocar.
Ella alzó la vista. Cassian se detuvo. Después volvió a decirlo.
—¿Puedo?
Era la primera vez desde aquella noche en el salón del ala este que preguntaba antes de tocarla.
Ella no respondió de inmediato. La imagen de Adrianna sentada en su regazo no había desaparecido por una sola sesión del Consejo.
Él seguía sin disculparse. Pero aquello era algo distinto de Adrianna.
El bebé no iba a esperar a que repararan su matrimonio para seguir creciendo.
Ella le quitó el documento de la mano y lo dejó en el escritorio.
Después tomó su muñeca y le colocó la palma en la parte baja del abdomen.
—Con suavidad.
La mano de Cassian era grande. Incluso a través de la tela, cubría buena parte de la curva. Apenas ejercía presión. Estaba más rígido de lo que Ella había esperado. Esperaron. No ocurrió nada. Cassian frunció el ceño.
—¿De verdad se movió?
Ella lo miró.
—El bebé no tiene que demostrar otra vez que existe solo porque tú hayas llegado.
—Espera.
—¿No tienes funcionarios reales que interrogar?
—Pueden esperar.
Ella se quedó quieta. Los funcionarios reales podían esperar.
El bebé no. Un instante después, Cassian contuvo el aliento.
Un movimiento tenue, muy pequeño, rozó su palma, como si el bebé le hubiera dado un golpecito en la mano desde dentro.
Ambos lo sintieron. Cassian no se movió.
El resto de su cuerpo parecía clavado en el sitio.
—Otra vez —dijo.
Ella lo observó.
—El bebé no entiende órdenes.
—Las entenderá.
—No es tu ejército.
Cassian no discutió. Se agachó frente a ella para que la mano reposara de manera más natural sobre su abdomen.
Aquella postura no le era propia. Cassian estaba acostumbrado a hacer que los demás bajaran la cabeza.
Muy pocas cosas lo hacían inclinar la suya por voluntad propia.
Esperó. El bebé no volvió a cooperar. Cassian no retiró la mano.
Al bajar la mirada, Ella solo vio su cabello negro y sus pestañas bajas.
En aquel momento no parecía un duque. Ni el hombre que devolvía cadáveres sin mostrar expresión alguna.
Era simplemente un hombre que había sentido por primera vez moverse a su hijo y no sabía qué venía después.
Ella puso la mano sobre la suya. Cassian alzó la vista.
—Esto no significa que te haya perdonado.
—No te lo he pedido.
—Lo de Adrianna no ha terminado.
—Mmm.
—Ni siquiera te has disculpado.
—No me arrepiento de haberle sacado la información.
Así era Cassian. No iba a fabricar remordimientos para adecuarse al momento. Curiosamente, Ella se enfadó menos. Al menos no fingía haberse convertido en otro hombre. Su mano seguía sobre el abdomen de Ella.
—Pero sé por qué te enfadaste —dijo.
—¿Solo lo entiendes ahora?
—Lo entendí entonces.
—Eso es peor.
—Mmm.
Ella lo fulminó con la mirada. El bebé volvió a moverse. Justo bajo la palma de Cassian. Sus dedos se tensaron ligeramente y se relajaron enseguida.
—Se ha vuelto a mover.
—Lo he sentido.
—Otra vez.
Ella rió. Apenas. Pero era la primera risa de verdad que él le arrancaba desde la noche del salón del ala este. Cassian alzó la vista. La expresión de Ella volvió a ponerse seria.
—No lo malinterpretes.
—Demasiado tarde.
Ya lo había dicho antes. Esta vez, su mano seguía sobre el hijo de ambos.