Capítulo 55 — Aquel día
A principios de primavera, Ella llevaba más de tres meses en el Norte.
El deshielo goteaba de los aleros. Los caminos exteriores seguían embarrados, pero los comerciantes del sur habían empezado a reaparecer.
La reunión de la mañana fue corriente. No había traidores ni sellos falsificados.
Nadie había abierto una puerta restringida a medianoche.
Nadie pretendía asesinar a un rehén y culpar a la duquesa.
Solo había dos reparaciones de tejados, tres empleados nuevos y la primera entrega de vidrio para el invernadero. Katherine permanecía junto a la mesa.
—El tejado del almacén occidental puede esperar al mes que viene, pero el lado sur de la enfermería necesita repararse de inmediato.
—Primero la enfermería —dijo Ella.
—Los artesanos piden dos ayudantes temporales.
—¿Se han comprobado los antecedentes?
—Sí. Acceso solo a las zonas exteriores.
—Aprobado.
Herbert presentó después el registro de llaves.
—Ahora que el viejo almacén de telas se ha convertido en almacén del invernadero, necesita dos llaves nuevas.
—Una para Katherine. Quédese la otra. Sigan registrando cada entrega y devolución.
—Sí, Su Gracia.
El supervisor de reparaciones estaba sentado enfrente. Era el hombre al que Cassian había roto el dedo y a quien Ella había rebajado de puesto. La mano derecha se había recuperado casi por completo. Tenía delante un informe sobre cimientos antiguos.
—Su Gracia, los cimientos del norte son menos profundos de lo que indican los planos antiguos. El invernadero no puede extenderse más hacia el oeste.
—¿Alternativa?
—Desplazarlo doce pies al sur. El drenaje no se verá afectado.
—Hágalo.
Nadie miró hacia Cassian. Él estaba al otro extremo de la mesa, con el informe militar de Rowan al lado.
Nadie le pidió que confirmara las decisiones de Ella.
Nadie esperó su aprobación. Los asuntos domésticos correspondían a Ella.
Los militares, a Cassian. Ella decidía los gastos que superaban su límite y Benedict añadía su firma.
La separación había pasado a formar parte de la vida diaria del Norte.
Nadie necesitaba repetirla. Al terminar la reunión, Ella permaneció sentada.
—Voy a volver a la capital.
Katherine levantó la mirada. Benedict ya lo sabía, evidentemente. Siguió recogiendo documentos. Cassian dejó por fin el informe militar.
—¿Cuándo?
—Dentro de doce días.
—Un mes.
—Demasiado.
—Los caminos no se han descongelado del todo.
—Los comerciantes del sur ya viajan.
—Pueden permitirse perder carros.
—Mi carruaje es mejor que los suyos.
—Por eso es más caro.
Ella lo miró.
—Veinte días.
—Doce.
—Dieciocho.
—Doce.
—Quince.
—Parece que no entiendes cómo se regatea.
Cassian dio un golpecito en la mesa con un nudillo.
—Doce.
—Bien.
Nadie en la sala pareció sorprendido. Cassian cedía pocas veces.
Ella no se había vuelto obediente por compartir su cama.
Los doce días siguientes se dedicaron a organizar el relevo.
Katherine administraría el trabajo doméstico habitual, los cambios de personal y los resúmenes semanales.
Herbert seguiría supervisando registros, llaves y recibos.
Los gastos urgentes por debajo del importe fijo podrían aprobarlos conjuntamente Katherine y Herbert sin esperar una respuesta de la capital.
Los documentos que superaran el límite debían numerarse, copiarse dos veces y enviarse por una ruta establecida.
Ella los aprobaría en la capital. Benedict, que volvía con ella, añadiría después su firma.
Cada orden a distancia requería un destinatario identificado, una hora de recepción y una confirmación de que se había cumplido.
No se obedecerían cartas privadas, mensajes verbales ni papeles sin numerar.
—¿Y si la ruta cambia inesperadamente? —preguntó Katherine.
—Primero registren el motivo. Dos personas deben confirmar el cambio.
—¿Y las órdenes del duque?
Ella miró a Cassian.
—Las órdenes militares siguen en el sistema militar.
Añadió:
—Si alguien afirma modificar los procedimientos domésticos en mi nombre, se aplican las mismas normas de numeración y recepción.
Cassian no se opuso. Cecilia permaneció en la oficina exterior.
Ya podía comprobar por sí sola las entregas de carbón, telas y grano.
Seguía sin poder acceder a zonas restringidas ni utilizar ningún sello por su cuenta.
El último rehén permaneció en su habitación.
Su familia seguía sin cumplir las obligaciones de mineral y transporte.
La condesa Howard y Edwin Locke también continuaban vivos.
Solo porque todavía podían proporcionar nombres.
Ella no preguntó adónde irían cuando se acabaran.
Cuando se difundió la noticia de su partida, los nobles del Norte enviaron regalos.
Joyas. Pieles. Vino. Té. Un servicio de mesa de plata finamente trabajado.
Primero se registró todo. Ella conservó lo que le gustaba y devolvió el resto.
Nell miró las cajas que llenaban la antesala.
—Llegamos con solo siete baúles grandes.
—Seguimos teniendo siete.
—Entonces, ¿qué son esos dos carros de fuera?
Ella examinaba una capa nueva azul oscuro.
—Compensación por sufrimiento emocional.
—¿Pagada por quién?
—Por el Norte.
Nell miró los dos carros cargados de pieles, té, plata y regalos.
No sabía cómo registrarlos. Al final, Benedict escribió: Regalos legítimos y compras privadas adquiridos durante la estancia de la duquesa en el Norte.
Omitió el sufrimiento emocional. La mañana de la partida, ocho guardias se colocaron alrededor de los carruajes.
Veinte jinetes del Norte escoltarían a Ella hasta la posta del sur, donde tomarían el relevo los jinetes imperiales.
Mira y Benedict volvían con ella. Nell era responsable de los siete baúles.
Los dos carros de «compensación» iban al final.
Cassian permanecía fuera de la fortaleza.
—No cambies la ruta sin avisar.
—Si cambia, lo registraremos.
—No aceptes cartas privadas.
—Salvo que lleven número y recibo.
—Nada de viajar de noche.
—Si hace buen tiempo…
—No.
Ella no aceptó. Cassian lo sabía.
—Cuando llegues a la capital, Mira enviará una confirmación ese mismo día.
—Puedes esperar al informe mensual.
—La quiero de inmediato.
—Eso corresponde a Mira.
Cassian le sujetó la nuca y la besó una vez. Fue breve. No pareció una despedida. Más bien una confirmación de que volvería a su casa. Ella subió al carruaje y levantó la cortina.
—¿Cuándo liberarás al último heredero?
—Cuando su familia cumpla sus obligaciones.
—Katherine no tiene autoridad para liberar rehenes.
—Lo sé.
—No permitas que el ejército utilice mi sello.
—No lo harán.
—Y el invernadero.
—No enterrarán a nadie allí.
Satisfecha, Ella bajó la cortina. La comitiva salió de la fortaleza.
Cassian no se quedó mirando mucho tiempo.
Rowan esperaba detrás con otro informe militar.
En cuanto el último carro cruzó la puerta, Cassian se volvió, tomó el documento y caminó hacia la sala del consejo.
El Norte siguió funcionando. Las dependencias administrativas de la casa conservaron los números, registros, recibos y normas de firma de Ella.
Los almacenes recibirían los productos conforme a sus procedimientos.
Katherine se sentaría donde se había sentado Ella.
Los documentos que superaran el límite atravesarían medio imperio hasta llegar a su escritorio en la capital.
Ella no amaba el Norte. Se llevaba su obediencia.
Aquello se acercaba bastante al respeto.