Capítulo 37 — Las viejas normas
A la mañana siguiente, Katherine entregó a Ella los nombres de todos los que tenían acceso al registro maestro de sellos.
Eran cinco en total: Herbert, el custodio de la fortaleza; la propia Katherine; los dos escribientes que se ocupaban de los sellos y los documentos antiguos; y Edwin Locke, un escribiente adjunto que había dimitido sin previo aviso seis semanas antes.
—Fells no figura —dijo Ella.
—No tenía autorización para acceder al registro.
—¿Oficialmente?
Katherine no respondió. Ella pasó a la siguiente página.
Las fechas de las nueve órdenes falsificadas estaban organizadas en una tabla.
Las siete órdenes de compra habían llegado en tres grupos: dos, luego tres y después otras dos, entregadas por mensajeros distintos.
Las órdenes contradictorias sobre el personal habían llegado antes y después de ellas.
—¿Por qué se negó a efectuar las primeras compras? —preguntó Ella.
—La redacción no era correcta.
—¿En qué sentido?
—Las siete órdenes utilizaban la frase «Aprobar de inmediato y sin demora».
—¿Qué tiene de malo?
—Aparece a menudo en los antiguos documentos domésticos del Norte.
—¿Y en los míos no?
—Sus órdenes anteriores de la capital nunca la utilizaban.
Katherine sacó varias copias de un cajón. Se referían a cortinas, ajustes salariales y reparaciones. Las órdenes de Ella solo contenían la decisión, la cantidad y el plazo. No había lenguaje intimidatorio.
—Así que sospechó que eran falsas.
—Lo sospeché.
Ella revisó las copias.
—Estas no tenían número de registro.
—No. Antes no se exigía un número para verificar un sello. En la fortaleza solo se comprobaba la impresión.
—Así que solo tenía la redacción.
—Sí.
—¿Por qué permitió que Fells asumiera el cargo?
—La primera orden de personal llevaba su sello.
La voz de Katherine siguió siendo tranquila.
—Podía retrasar compras sospechosas. No podía desobedecer abiertamente una orden que me destituía.
—La segunda la restituía.
—Sí.
—¿Por qué no volvió?
—Porque ambas podían ser falsas.
Katherine sostuvo su mirada.
—La fortaleza no ha tenido duquesa durante muchos años. Entonces comenzaron a llegar órdenes de la capital, una detrás de otra. Aquí nadie sabía lo que pretendía usted.
La respuesta no era deferente. Era sincera.
—No confía en mí —dijo Ella.
—No la conozco.
—¿Ahora sí?
—Todavía no.
Katherine respondió sin vacilar. Ella se reclinó.
—Bien.
El ama de llaves no había esperado aquello.
—Yo tampoco confío en usted —continuó Ella—. Es competente, pero alguien copió el registro bajo su administración. Rechazó las compras y, aun así, no impidió que Fells ocupara la oficina.
—No podía ignorar el sello.
—A partir de ahora, el sello por sí solo no basta.
Ella puso un aro de llaves sobre la mesa.
—Recoja todas las llaves antiguas.
—Algunas las tiene el custodio.
—Que las entregue.
—Eso alterará el trabajo diario.
—Podrán volver a entregarse después de registrarlas.
—Llevará un día entero.
—Entonces dedíquele un día.
Ella se volvió hacia Benedict.
—Renumere todas las llaves de la oficina de administración, los archivos y el registro de sellos. Anote quién las recoge, cuándo las utiliza y cuándo las devuelve.
—Sí, Su Gracia.
Volvió a mirar a Katherine.
—¿Dónde está el segundo escribiente de sellos?
—De baja por enfermedad.
—¿Desde cuándo?
—Doce días.
Ella hizo una pausa.
—¿Cuándo llegó la primera orden falsa?
—Hace trece días.
—Envíe al médico de la fortaleza y a un administrador para comprobar su estado.
Katherine dijo de inmediato:
—Nunca se ha exigido una visita por la enfermedad de un escribiente.
—¿Una vieja norma?
—Sí.
—Ya que van, que recojan cualquier llave del archivo que siga teniendo.
Ella pasó otra página.
—Las viejas normas permitieron que alguien copiara mi sello.
Katherine calló.
—Hasta que encontremos a esa persona —dijo Ella—, las viejas normas han perdido el derecho a seguir vigentes.
La recogida de llaves empezó aquella tarde.
Varios protestaron. Algunos llevaban veinte años trabajando en la fortaleza y nunca habían registrado a qué hora entraban en un archivo.
Ella se limitó a pedir a Nell que anotara sus nombres.
Un escribiente se negó a entregar una llave del archivo secundario.
Fue suspendido de inmediato. Cuando los demás comprendieron que Ella de verdad no iba a pedir permiso a Cassian, las llaves aparecieron pronto.
Para la cena, todas habían sido devueltas.
También se reorganizó a los sirvientes del ala principal.
Katherine y Nell eligieron juntas a quienes se encargarían de las comidas, el agua caliente y las habitaciones de Ella.
Las cocinas presentarían un menú cada siete días.
Cada propuesta de compra debía desglosar el precio de los productos, el transporte y los recargos invernales. Katherine revisó las nuevas normas.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse Su Gracia en el Norte?
—No lo sé.
—Si vuelve pronto a la capital, estos procedimientos seguirán suponiendo una carga para la fortaleza.
—Entonces la fortaleza aprenderá a utilizarlos.
—Antes nunca se hacía así.
—Así fue como copiaron el sello.
Ella utilizó la misma respuesta contra todas las objeciones.
Al final, Katherine dejó de plantearlas.
Aquella tarde llegó un caballero del norte con las órdenes de Cassian.
El consejo de invierno se había aplazado dos días.
Ambos graneros septentrionales habían quedado precintados.
Nadie responsable del grano o de los suministros militares podía abandonar el distrito.
—¿Hubo algún problema? —preguntó Ella.
El caballero hizo una reverencia.
—Su Gracia no lo dijo.
—¿Volverá esta noche?
—No, Su Gracia.
Ella asintió.
—Eso es todo.
El asunto quedaba fuera de sus atribuciones. Aun así, sabía que Cassian no precintaría un granero por un pequeño retraso en las cuentas. Alguien en el Norte estaba a punto de pasarlo mal.