Capítulo 33 — El carruaje era demasiado estrecho
El primer día de viaje al Norte transcurrió sin incidentes.
Ella pasó casi todo el tiempo dormida. Su carruaje estaba revestido de cojines gruesos.
Había un pequeño brasero en una esquina y Benedict había colocado bolsas de agua caliente bajo los asientos.
El segundo día leyó. La tarde del tercero cambió el tiempo.
La lluvia convirtió los bordes del camino en barro.
Al cruzar una zona baja, la rueda derecha del carruaje de Ella se hundió.
El cochero y los guardias intentaron sacarla dos veces.
En vez de lograrlo, se quebró una pieza metálica junto al eje.
Mira se acercó a caballo a la ventanilla.
—Su Gracia, tendrá que cambiar de carruaje.
—¿Cuánto tardarán en repararlo?
—Dos horas, en el mejor de los casos.
Ella miró la lluvia.
—¿El del equipaje?
—Está lleno.
—¿El de Benedict?
—Lleva los registros de la casa.
Solo quedaba un carruaje con espacio suficiente. El de Cassian estaba más adelante. La puerta negra ya estaba abierta. Él la observaba desde dentro como si hubiera sabido que aquello iba a ocurrir. Ella se envolvió en una capa y dejó que Mira la ayudara a cruzar el barro.
—Solo me quedaré hasta la próxima posada —dijo al subir.
Cassian pasó una página.
—Nadie te ha preguntado.
Ella se sentó frente a él. El carruaje volvió a ponerse en marcha. Dentro no había dulces, novelas ni almohadas mullidas. Solo mapas, informes militares, armas y una botella metálica de café negro. Ella miró la lluvia durante un rato.
—Tu carruaje es terriblemente aburrido.
—Puedes bajarte.
—Está lloviendo.
—¿Y?
Lo ignoró y sacó una novela de su bolsa de viaje.
El carruaje de Cassian era más estrecho que el suyo.
Sentados frente a frente, casi se tocaban las rodillas.
Conforme empeoraba el camino, la punta del zapato de Ella golpeaba la bota de Cassian cada vez que una rueda caía en un surco. Al tercer golpe, él dejó el informe.
—Pon las piernas aquí.
—¿Por qué?
—Estorban.
—Este es mi lado.
Cassian le sujetó un tobillo y tiró de ambas piernas hacia él. La falda de Ella se deslizó un poco hacia arriba.
—El que ocupa demasiado sitio eres tú —dijo Ella.
Él acomodó una de sus pantorrillas sobre su muslo y volvió a tomar el informe. Ella lo miró.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—Nada.
Volvió al libro. Media página después, la mano de Cassian se movió detrás de su rodilla. Ella siguió leyendo. Un momento más tarde, avanzó lentamente bajo la falda. Ella le agarró la muñeca.
—Hay gente fuera.
Él se detuvo de inmediato.
—¿Y?
—Mira va a caballo al lado del carruaje.
—No puede oír.
—¿Y el cochero?
—Tampoco.
—¿Cómo lo sabes?
—Sabe que le conviene no escuchar.
La mano de Cassian permaneció donde estaba. Ni avanzó ni se retiró.
—¿Paro? —preguntó.
Ella escuchó la lluvia contra el techo. Fuera se mezclaban los cascos, las ruedas y el viento. Taparían casi cualquier sonido. Aún le sujetaba la muñeca. Cassian esperó. Al cabo de un momento, Ella lo soltó solo para tomarle la mano y guiarla de nuevo bajo la falda.
—No hagas ruido —dijo.
Cassian la miró.
—Eso depende de ti.
—El que está…
El resto de la frase se desvaneció cuando sus dedos encontraron el punto exacto que hacía imposible discutir.
Ella apretó el libro. Cassian seguía sosteniendo un informe militar con la otra mano, como si ambas actividades pudieran hacerse perfectamente a la vez.
El carruaje cayó en otro surco. Ella se deslizó hacia delante.
Cassian la sujetó detrás de la rodilla y le separó más las piernas.
—¿Elegiste este camino a propósito? —susurró.
—No lo construí yo.
—Podrías decirles que fueran más despacio.
—No.
—¿Por qué?
—Tenemos que llegar a la posada antes de que oscurezca.
Cassian presionó con los dedos con más firmeza. Ella dejó de hablar. Levantó la novela y escondió casi toda la cara detrás. Cassian alzó la vista del informe.
—¿Ya no tienes nada que decir?
—Tú también deberías callarte.
—No pueden oír.
—Yo sí.
La lluvia arreció. Dentro del carruaje, el aire se volvió insoportablemente cálido.
Ella intentó cerrar las piernas, pero la mano de Cassian seguía entre ellas.
Un pie acabó apoyado en el borde del asiento de Cassian, mientras la otra pierna permanecía sobre su regazo.
No tenía adónde apartarse. Cassian observaba cada reacción.
Ella se negó a emitir un sonido. Al final, se mordió un dedo. Él le apartó la mano.
—No te muerdas.
Ella lo miró.
—¿Prefieres que te muerda a ti?
Cassian le ofreció la mano. Ella le clavó los dientes en un nudillo sin vacilar.
Él ni siquiera se inmutó. Solo cuando ella se desplomó contra el lateral del carruaje, incapaz de calmar la respiración, retiró lentamente la mano.
El libro de Ella había caído al suelo. Cassian pasó otra página del informe como si no hubiera ocurrido nada. Ella lo miró fijamente.
—Eres odioso.
—Mmm.
—Esta noche duermes solo.
—Bien.
Aceptó con demasiada facilidad. Aquello la enfadó aún más.
La comitiva llegó a la posada antes del anochecer.
Seguía lloviendo. El posadero se apresuró a preparar la mejor habitación.
Ella entró primero y pidió agua caliente y la cena.
Cassian se quedó junto a la ventana, estudiando un nuevo mapa del Norte.
Los sirvientes dejaron el equipaje y se retiraron.
En cuanto se cerró la puerta, Ella se quitó la capa mojada y se colocó detrás de él.
—Aceptaste dormir solo esta noche.
—Sí.
—Entonces vete.
—Esta es mi habitación.
—Hay otra al lado.
—Úsala tú.
Ella miró su espalda. Cassian siguió leyendo. Ella alargó el brazo y le arrebató el mapa.
—¿Qué haces?
—Interferir en asuntos oficiales.
Ella arrojó el mapa a un lado, lo agarró del cuello de la camisa y lo besó. Cassian no retrocedió. Le rodeó la cintura con un brazo, aunque no fue más allá de inmediato.
—Creía que querías que me fuera.
—He cambiado de opinión.
—¿Estás segura?
—Sí.
Cassian volvió a besarla. La hizo retroceder hasta la puerta. La madera resonó con un golpe sordo. Ella miró la cerradura.
—¿Está cerrada?
—Sí.
—Hay gente fuera.
—Mmm.
—Van a oírnos.
—Entonces no hagas ruido.
Cassian le levantó una pierna y se la acomodó alrededor de la cintura. Ella se agarró a sus hombros para mantener el equilibrio. Las faldas quedaron recogidas entre ambos. Se oyeron pasos por el corredor. Ella contuvo la respiración. Cassian se detuvo y la observó.
—¿Has vuelto a cambiar de opinión?
Ella negó con la cabeza.
—Sigue.
Solo entonces la penetró. Al principio, la postura resultó difícil. Tenía la espalda contra la puerta y no encontraba un apoyo firme para la pierna levantada. Cassian le sostuvo el muslo para que no tuviera que soportar sola el peso.
—Más despacio —susurró.
Cassian suavizó los movimientos de inmediato. Ella apoyó la frente en su hombro. Alguien dejó algo en el corredor. La madera golpeó contra la madera con un sonido que le pareció demasiado claro. Ella apretó el cuello de la camisa de Cassian.
—No te muevas.
Él se quedó inmóvil. Permanecieron así hasta que se alejaron los pasos. Ella apenas había comenzado a relajarse cuando él preguntó:
—¿Ahora?
—Con cuidado.
Él no respondió. Simplemente volvió a moverse.
La puerta tembló suavemente detrás de ella.
Ella no podía arriesgarse a hacer ruido, así que le mordió el hombro.
Cassian la sostenía con una mano bajo el muslo y la otra en la parte baja de la espalda, manteniéndola bien sujeta entre su cuerpo y la puerta.
La postura la cansó antes de lo que esperaba. Pronto comenzó a dolerle la pierna.
—Cassian.
—Mmm.
—Llévame a la cama.
—¿Cansada?
—Cállate.
Cassian la levantó por completo. Ella cerró las piernas alrededor de su cintura por instinto.
Él no se retiró antes de cruzar la habitación con ella en brazos.
Cada paso la obligaba a aferrarse con más fuerza.
La sentó en el borde de la cama. Ella seguía rodeándolo con las piernas y sujetándole los hombros con ambas manos.
—Te toca —dijo él.
—¿No te tocaba ya a ti?
—Tú me has pedido que te llevara.
Ella le lanzó una mirada y volvió a apretar las piernas.
—Más te vale no arrepentirte.
Las manos de Cassian regresaron a su cintura.
—No lo haré.
La cena llegó mientras Ella descansaba contra su hombro. El golpe en la puerta le hizo abrir los ojos enseguida.
—Diles que esperen.
—Se enfriará.
—Que preparen otra.
—Eso es desperdiciar comida.
Cassian la miró.
—¿Justo ahora te preocupa desperdiciar?
Ella miró los mapas esparcidos por el suelo.
—Eso es distinto.
—¿Por qué?
—La cena es mía.
Cassian la llevó a la cama. Ella se acomodó el camisón y se aseguró de que no hubiera nada demasiado evidente antes de permitir que entraran los sirvientes. Aun así, se sentó más despacio de lo habitual. Nell miró los mapas del suelo. Luego a Cassian. Tuvo el buen criterio de no preguntar nada.