Casada con el villano que me matará Capítulo 32 — Siete baúles
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Capítulo 32 — Siete baúles

Ella preparó siete baúles grandes. Dos contenían vestidos de invierno y de gala.

Uno llevaba zapatos, capas y ropa de montar.

Otro estaba dedicado a las joyas y a los artículos del tocador.

El quinto guardaba libros, registros de cuentas y material de escritura.

Los últimos dos iban llenos de ropa de cama, utensilios para el té, dulces, aceites de baño y un surtido de medicinas que Nell insistía en que podrían necesitar.

El patio bullía de actividad desde el amanecer.

Cassian permanecía en los escalones mientras los sirvientes cargaban el séptimo baúl en el segundo carruaje de equipaje.

—¿Te mudas al Norte?

—No.

—¿Por qué llevas siete baúles, entonces?

—Porque no sabes cuánto tiempo vamos a quedarnos.

—¿Y?

—He traído suficiente.

Cassian miró hacia el último baúl.

—¿Qué hay en ese?

—Ropa de cama.

—En el Norte hay camas.

—También las hay en todas las posadas entre aquí y la frontera. Eso no significa que quiera dormir en ellas.

Él no preguntó más. Rowan estaba al frente de la comitiva, contando a los caballeros.

Mira viajaría con Ella, junto con los mismos ocho guardias que tenía asignados en la capital.

Benedict también los acompañaría. Verificaría el registro de sellos y revisaría todos los documentos domésticos en disputa.

La residencia de la capital quedaría a cargo del administrador adjunto.

Después de inspeccionar los carruajes, Ella ordenó que añadieran una caja de madera con un pequeño brasero. Cassian lo advirtió.

—Ya son ocho.

—Eso no es equipaje. Es algo necesario para el viaje.

—¿Hay alguna diferencia?

—Por supuesto. Los baúles son míos. El brasero pertenece a la casa.

Cassian la miró.

—Se te dan muy bien las cuentas.

—Gracias.

La noche anterior a la partida, Ella llevó al dormitorio el itinerario de los doce días. Se tendió boca abajo en la cama y estudió las paradas señaladas.

—La posada del Valle la tercera noche. Entramos en el sur del Norte el sexto día. El séptimo nos alojamos en la finca de un señor.

Cassian se quitaba los gemelos.

—Mmm.

—¿Por qué no hay alojamientos indicados después del noveno día?

—Decidiremos por el camino.

—Eso no me sirve.

—Duerme en el carruaje, entonces.

Ella levantó la cabeza.

—Haré que la comitiva se detenga dos horas antes cada día.

—Puedes intentarlo.

—Mira me hará caso.

—A mí también.

Ella se incorporó.

—Dame el mapa.

Cassian lo tomó de la cama y lo dejó en la mesa que tenía detrás. Ella se levantó. Apenas había llegado a su lado cuando él le cerró el paso.

—Apártate —dijo.

Cassian retrocedió medio paso y bajó la mano que había estado a punto de rodearle la cintura. El mapa seguía en la mesa, detrás de él. Ella no lo rodeó. En cambio, apoyó una rodilla en el banco tapizado junto a él y se sentó a horcajadas sobre su regazo.

—Ya no te estoy estorbando —dijo Cassian.

—Solo quiero el mapa.

—Tómalo.

Ella alargó la mano por encima de su hombro. Sus dedos acababan de rozar el borde cuando Cassian se reclinó un poco más y lo dejó fuera de su alcance.

—Lo estás haciendo a propósito.

—Sí.

Lo admitió sin el menor pudor. Ella lo miró desde arriba.

—Salimos al amanecer.

—¿Y?

—Dijiste lo mismo la última vez que fuiste al Norte.

—Entonces no te quejaste.

—Ahora tampoco me estoy quejando.

Lo besó. La mano de Cassian descendió por su cintura y le sujetó el muslo a través de la tela fina del camisón.

Ella mantuvo un brazo extendido hacia el mapa.

Poco después se olvidó de él. Todavía a horcajadas sobre Cassian, apoyó ambas manos en sus hombros.

Él se reclinó sin intentar cambiar de postura.

—Sigue —dijo.

No era una petición. Ella lo miró.

—¿Se te ha olvidado cómo se hace?

—Esta noche lo haces tú.

Entendió perfectamente. Ella se levantó lo suficiente para que él apartara la ropa que los separaba.

La posición le resultaba poco familiar y los primeros movimientos fueron torpes.

Cada vez que intentaba apresurarse, tenía que detenerse y acomodarse.

Cassian mantuvo las manos en su cintura.

No le impuso el ritmo ni la apremió. Cuando Ella bajó por completo, se le cortó la respiración.

—Demasiado profundo.

—Entonces levántate un poco.

No lo hizo. Cambió el ángulo y volvió a bajar. Cassian la observó.

—Tú has elegido esto.

—Podrías dejar de hablar.

—Podría.

Estaba claro que no pensaba hacerlo. Ella le sujetó la mandíbula y lo besó otra vez.

Al principio, ella dirigió todos los movimientos.

Iba más despacio cuando quería. Si se detenía, Cassian esperaba.

Pero cada vez que comenzaba a apartarse, las manos de Cassian se apretaban un poco más sobre su cintura.

Un recordatorio de que seguía allí. Poco a poco, encontró un ritmo que le gustaba.

El camisón se le recogió en las caderas.

El cabello cayó sobre un hombro y le rozó el pecho.

El asiento se movió suavemente contra el suelo.

Preocupada por que pudieran oírla los sirvientes de fuera, Ella se mordió el labio inferior. Cassian apoyó el pulgar sobre él.

—No lo hagas.

—Entonces ve con más cuidado.

—La que se mueve eres tú.

Ella se detuvo. Luego bajó con más fuerza, deliberadamente. Algo cambió por fin en la mirada de Cassian. La sujetó con mayor firmeza, aunque no la obligó a bajar.

—¿Puedo?

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

Solo entonces tiró de ella hacia abajo y la hizo recibirlo más profundamente. Ella se aferró a sus hombros.

—Cassian.

—Mmm.

—Más despacio.

Él redujo el ritmo de inmediato. Aun así, no la soltó.

Sus manos la guiaban de nuevo al mismo punto en cada movimiento.

Ella ya no tenía todo el control. Tampoco le había arrebatado la posibilidad de decidir.

Podría haberse detenido. No lo hizo. Mucho después, Ella descansaba contra su hombro, demasiado cansada para levantar bien los brazos.

Por fin tenía el itinerario al alcance. Lo tomó de la mesa.

—Lo conseguí.

—Mmm.

—Mañana no se te ocurra acusarme de retrasar el viaje.

—Lo haré.

Al levantarse de su regazo, le temblaron las piernas. Cassian la sostuvo por la cintura. Ella se apoyó en él hasta recuperar el equilibrio.

—Esto es culpa tuya.

—Yo no estaba encima.

—No querías darme el mapa.

Cassian la llevó en brazos a la cama. Ella desplegó el itinerario, leyó dos líneas y volvió a acostarse.

—Lo terminaré mañana.

—Mmm.

—Sabías que no iba a leerlo esta noche.

—¿Que sabía qué?

—Que no iba a poder terminarlo.

Cassian la cubrió con la manta. Justo antes de cerrar los ojos, Ella recordó algo.

—No me despiertes demasiado temprano.

—La comitiva sale al amanecer.

—Puedo dormir en el carruaje.

—Haz lo que quieras.

—Y ahora el mapa es mío.

—Eso depende de cómo te portes.

Ella abrió los ojos.

—¿No ha sido suficiente?

Cassian la miró.

—No.