Capítulo 23 — Un añadido al horario
Que a Ella le costara acostumbrarse al regreso de Cassian no significaba que hubiera perdido el interés en acostarse con él.
Eran asuntos distintos. No le gustaba que la despertaran antes del amanecer.
No le gustaba que un brazo le pesara sobre la cintura mientras dormía.
Ya no estaba acostumbrada a volver a la alcoba y encontrar a alguien allí.
Cassian en sí no suponía ningún problema.
Dos noches después, Ella volvió de tomar el té y lo encontró en el dormitorio antes que ella.
Él se había quitado el uniforme y estaba sentado al borde de la cama, con una camisa negra, leyendo un informe recién entregado.
Ella se quitó los pendientes y lo observó un momento. Cassian levantó los ojos.
—¿Qué?
Ella cruzó la habitación y le quitó el papel de la mano.
—No leas eso todavía.
—¿Por qué?
Ella se inclinó y lo besó. La mano de Cassian se cerró en su cintura y la sentó en su regazo.
—¿Esta noche no estás ocupada?
—Pensaba revisar las cuentas.
—¿Y ahora?
—Surgió otra cosa.
—¿Qué?
Ella le abrió el cuello de la camisa.
—Tú.
Cassian dejó de preguntar. Habían pasado demasiado tiempo separados.
Una vez superada la primera urgencia del reencuentro, sus cuerpos se recordaban con facilidad.
Él sabía cuándo ella necesitaba que fuera más despacio.
Ella sabía cómo hacer que dejara a un lado cualquier cosa que le ocupara la mente.
La habitación estaba silenciosa cuando terminaron.
Ella descansaba contra las almohadas, todavía recuperando el aliento.
La mano de Cassian reposaba en su cintura.
—Esta noche me deseabas —dijo él.
—Sí.
—Los últimos días, no.
—Estaba cansada.
—Ahora estás cansada.
—Sí.
Ella empezó a cerrar los ojos. Cassian la atrajo más cerca otra vez.
—¿Solo te acuerdas de mí cuando quieres algo?
—¿Preferirías que pensara en ti cuando no quiero nada?
—Sí.
—¿No sería una pérdida de tiempo?
Él bajó la vista hacia ella. Ella sabía que la respuesta no le gustaba. No pensaba cambiarla. Cuando lo deseara, acudiría a él. Cuando no, no fingiría solo porque estuvieran casados. Esa había sido una de las condiciones del contrato.
—¿Qué harás mañana? —preguntó Cassian.
—Cuentas por la mañana. Un joyero por la tarde.
—¿Por la noche?
—Nada, de momento.
—Quédate aquí.
—Ya veremos.
Su brazo se apretó.
—No tan fuerte. Mi cintura.
Cassian aflojó un poco.
—Ahora exiges más cosas.
—Siempre he exigido cosas.
—Antes venías a mi despacho a medianoche para complacerme.
—Entonces acababa de casarme contigo.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo cuentas por la mañana.
Cassian la estudió.
—¿Así que las cuentas van antes que yo?
—Esta noche no.
Él le mordió suavemente el hombro, aunque su descontento era evidente.
—¿Eso para qué fue?
—Para recordarte algo.
—¿Qué?
—Que sigo formando parte de tu vida.
Ella volvió a acomodarse en la almohada.
—Esta noche me lo recordaste muy bien.
—No fue suficiente.
—Eso parece un problema tuyo.
Cassian no discutió. Simplemente la mantuvo en sus brazos y se negó a dejar que se desplazara al otro lado de la cama. Ella todavía se estaba acostumbrando. No le desagradaba. Al menos, no la mayor parte del tiempo.