Capítulo 21 — Después de su regreso
Ella despertó antes del amanecer. Alguien ya se movía en la antesala.
Colocaron una palangana en su soporte, las puertas del armario se abrían y cerraban y, de vez en cuando, unas hebillas metálicas golpeaban la vaina de una espada.
Cassian estaba junto a la ventana, poniéndose el uniforme.
Había dejado de llover, aunque el cielo seguía oscuro y encapotado.
La luz de aquella mañana húmeda caía sobre sus hombros y la ropa esparcida junto a la cama. Ella volvió a cerrar los ojos.
—¿Estás despierta? —preguntó él.
—No.
—Has respondido.
—Hablo dormida.
Cassian volvió a la cama y deslizó una mano bajo las mantas. En cuanto le tocó la cintura, Ella se apartó.
—No.
—¿Te duele?
—Un poco.
La mano de Cassian se detuvo. Después de cinco meses separados, ninguno se había contenido demasiado la noche anterior. Ella había sufrido la mayor parte de las consecuencias.
—¿Hoy te quedas en la cama? —preguntó él.
—Sí.
—El desayuno es a las ocho.
—Nadie hizo cumplir esa norma mientras estuviste fuera.
—Ahora sí.
Ella abrió un ojo. Cassian llevaba una sola noche en casa y la residencia ya había vuelto a su antigua rutina.
Los caballeros y los sirvientes se movían antes de que saliera el sol.
Los informes habían empezado a llegar a la antesala.
Abajo preparaban café. Hasta sus horas de sueño volvían a ajustarse al horario de Cassian.
—No voy a desayunar.
—¿Por qué?
—Estoy cansada.
—Pueden traerlo aquí.
—Entonces me despertarán.
—Ya estás despierta.
Ella decidió que no valía la pena seguir.
Cassian permaneció junto a la cama un momento más antes de marcharse.
Cuando se cerró la puerta, Ella volvió a cerrar los ojos.
No se durmió de inmediato. El otro lado de la cama aún conservaba el calor de Cassian.
Había habido noches en que detestaba lo frío y vacío que estaba aquel espacio.
Ahora que Cassian por fin había vuelto, recordaba que tener toda la cama para ella tenía sus ventajas.
Ningún brazo le oprimía la cintura en mitad de la noche.
La casa no se ponía en marcha antes del amanecer porque su señor hubiera decidido que el día comenzaba.
Ella se quedó en la cama hasta casi mediodía.
Mientras Nell le cepillaba el cabello, preguntó con cautela:
—¿Su Gracia ha dormido mal?
—He dormido muy bien.
—Parece cansada.
—He dormido demasiado bien.
Nell no lo entendió. Tuvo el buen juicio de no preguntar.
Aquella tarde, Ella fue a la tienda de la nueva sombrerera como había previsto.
Mira la acompañó con ocho guardias y el carruaje esperó junto a los escalones, exactamente como durante los últimos cinco meses.
Ella compró tres sombreros en vez de uno y después pasó tanto tiempo en la joyería que casi era la hora de cenar cuando regresó.
Cassian estaba en el comedor pequeño, leyendo un informe.
Su mirada se desvió hacia las cajas que entraban detrás de ella.
—¿Qué compraste?
—Sombreros.
—¿Tres?
—Pensaba comprar uno.
—¿Por qué compraste los otros?
—Me quedaban bien.
Él no preguntó el precio. Ella no se lo dijo.
El sello de la casa seguía en su dedo. Benedict había registrado las compras conforme a las mismas normas que habían utilizado durante la ausencia de Cassian.
Los gastos dentro de los límites del sello se tramitaban por las cuentas domésticas.
Los mayores requerían también la firma de Benedict.
Un sirviente puso tarta de limón delante de Ella.
—¿Qué harás mañana? —preguntó Cassian.
—Un té.
—¿Quién viene?
—Viola, Sophia y otras nueve mujeres.
—¿Alguien de la Casa Hale?
—No.
—¿Y pasado mañana?
—Montar a caballo.
—¿Volverás para cenar?
—Si no surge nada más.
Cassian la observó un momento y después volvió al informe.
Ella terminó la tarta y fue a la sala de lectura a revisar la lista de invitados para la tarde siguiente.
No se sentía obligada a sentarse con él.
Sus días habían estado llenos mientras Cassian se encontraba fuera.
Su regreso no hacía desaparecer aquellas obligaciones.
Era casi medianoche cuando Ella se durmió en la alcoba principal.
Despertó brevemente al abrirse la puerta.
Cassian se desvistió, se metió en la cama y la atrajo contra él. Ella mantuvo los ojos cerrados.
—No me aprietes la cintura.
Cassian aflojó el brazo con que la sujetaba.
Ella volvió a dormirse casi de inmediato.
No se había quedado despierta esperándolo ni le preguntó por qué había vuelto tan tarde, como quizá habría hecho durante las primeras semanas de matrimonio.
Cassian bajó la vista hacia ella. Ella no se movió.
Al cabo de un rato, él apagó la lámpara de la mesilla.