Casada con el villano que me matará Capítulo 20 — El duque volvió a casa
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Capítulo 20 — El duque volvió a casa

Cassian regresó a la capital mientras Ella estaba en una cena.

Llovía desde el anochecer y los carruajes iban saliendo por grupos.

La residencia Hale quedaba en la misma dirección que la casa ducal, así que la anfitriona dispuso que el carruaje de Lucian siguiera al de Ella.

Ella sabía perfectamente que la mujer estaba creando otra oportunidad para que se vieran.

Pero ella tenía ocho guardias y Lucian sus propios acompañantes.

Rechazarlo en público solo haría que la situación pareciera más sospechosa de lo que era.

Cuando el carruaje llegó a la residencia ducal, Lucian bajó primero.

Los escalones estaban resbaladizos por la lluvia.

Por cortesía, ofreció la mano a Ella. Las puertas principales se abrieron.

Cassian estaba dentro. Seguía llevando el uniforme militar negro.

Tenía las botas cubiertas de barro y una cicatriz pálida, recién curada, en un lado del rostro.

Benedict se encontraba junto a él, a mitad de un informe.

Cassian levantó los ojos. Primero miró a Ella.

Después, la mano de Lucian sobre su brazo.

—¿Quién es?

Ella se aflojó la capa.

—El sobrino de la anfitriona.

—¿Qué más?

—La capital cree que me abandonaste, así que han empezado a buscarme un marido nuevo.

Lucian palideció.

—Su Gracia, mi tía solo dispuso que mi carruaje acompañara al séquito de la duquesa…

—Suéltala.

Lucian la soltó de inmediato. Cassian miró hacia los caballeros.

—Acompañen al vizconde Hale a su casa.

—Vivo —añadió Ella.

—Ahora está vivo.

—Me gustaría que siguiera estándolo hasta llegar.

Probablemente Lucian nunca había tenido tantas ganas de volver a casa. Cuando se fue, Ella volvió a mirar a Cassian.

—Cinco meses.

—Sí.

—Ninguna carta.

—Dije que no escribiría.

—Al menos cumples tu palabra.

—Tú tampoco escribiste.

—Estaba ocupada.

—¿Gastando dinero?

—Entre otras cosas. Cenas, paseos a caballo, teatro. De vez en cuando enviaba alguna solicitud.

—Has vivido bien.

—Extraordinariamente bien.

La mirada de Cassian pasó por encima de ella hacia el vestíbulo. En la pared colgaban dos cuadros nuevos. La estatua negra de la esquina había sido sustituida por un alto árbol de hoja perenne. Hasta la alfombra junto a las escaleras tenía otro color.

—Ya lo veo.

—¿Leíste los informes de la casa?

—Sí.

—¿También los de Mira?

—Sí.

—¿Lucian Hale aparecía en ellos?

—Una vez.

—¿Y lo recordaste por una sola mención?

—Se puso demasiado cerca de ti.

Cassian la alzó en brazos.

—Acabas de volver —dijo Ella.

—Lo sé.

—No te has bañado.

—Me bañaré después.

—Me parece que lo estás haciendo al revés.

—Puedes negarte.

Se detuvo al pie de las escaleras. De verdad esperaba su respuesta. Ella lo miró. Tras más de cinco meses, el uniforme, el aire frío y el cansancio del viaje lo hacían parecer casi un desconocido. La fuerza de sus brazos, no.

—No me niego.

Cassian la llevó escaleras arriba. Casi todo en la alcoba principal había cambiado. Las cortinas, la alfombra, el biombo y el tocador pertenecían ahora a Ella. Solo la cama seguía donde siempre.

—Has cambiado muchas cosas.

—No estabas aquí para impedírmelo.

—La cama es la misma.

—Alguien denegó el permiso.

—No tenía nada malo.

—Llevas cinco meses sin dormir en ella. ¿Cómo lo sabes?

—Puedo comprobarlo ahora.

Ella se rió.

—¿Volviste a casa para inspeccionar la cama?

—Y a ti.

La dejó al borde y la besó. Ella abrió el primer cierre del cuello de su uniforme. La mano de Cassian se apretó en su cintura. Ella no se apartó. Cuando terminó el segundo beso, la mano seguía allí.

—¿Te tocó algún otro hombre mientras estuve fuera?

—Sí.

La mirada de Cassian se enfrió al instante.

—Compañeros de baile. Modistas. Médicos. Y el vizconde Hale me ayudó a bajar del carruaje.

—No me refería a eso.

—Entonces pregunta con más claridad.

Sus dedos se apretaron.

—¿Alguien te tocó así?

—No.

—¿Querías que lo hicieran?

Ella consideró la pregunta con sinceridad.

—Pensé en tener a alguien en mi cama.

—¿A quién?

—El hombre que más me convenía estaba a cientos de kilómetros.

—¿Solo te convengo?

—Y eres muy eficaz.

Cassian bajó la cabeza y le mordió un lado del cuello.

Ella se rió e intentó apartarse, pero después lo atrajo otra vez por su cuenta.

Cuando por fin la habitación quedó en silencio, la lluvia era el único sonido del exterior.

Ella descansaba contra él. La cama seguía siendo demasiado grande.

Pero ya no tenía que extender la mano sobre sábanas frías.

—¿Por qué seguiste leyendo los informes de seguridad? —preguntó.

—Para ver si huías.

—¿Y?

—No huiste.

—¿Decepcionado?

—No.

—¿Por qué?

El brazo de Cassian se cerró alrededor de su cintura.

—Porque aquí eras feliz.

Ella cerró los ojos.

—Lo era.

Su brazo seguía pareciendo un cerrojo que volvía a encajar. Ella no le pidió que aflojara.