Casada con el villano que me matará Capítulo 9 — El traidor de la boda
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Capítulo 9 — El traidor de la boda

La residencia ducal quedó cerrada en cuanto desapareció la llave de la puerta roja.

Se bloquearon todas las entradas y separaron a los sirvientes según los lugares donde habían trabajado aquel día, antes de interrogarlos por grupos.

Ella insistió en que la Inspección Real enviara a un escribiente para que hubiera un testigo ajeno a la casa; su contrato matrimonial nunca había pretendido proteger a un sospechoso de una investigación.

El asunto involucraba ahora al Templo, a la Inspección y al palacio.

Sin un registro completo, cualquiera podría negar después lo que se hubiera dicho o encontrado.

Cassian aceptó. No le importaba que los sospechosos recibieran un trato justo.

Sí le importaba disponer de pruebas que nadie pudiera invalidar con facilidad.

—Empiecen por el panel de la pared —dijo Ella.

El panel de la antesala ocultaba, en efecto, un antiguo pasadizo de servicio.

La entrada era tan estrecha que solo cabía una persona.

En la cara interior de la madera había polvo de pino negro, pero dentro no encontraron un rastro completo de las huellas de Ella.

Nell tenía razón. Ella había abierto el pasadizo bajo los efectos del incienso.

No había entrado. Los caballeros de Mira habían vigilado el corredor exterior durante toda la noche.

Nadie había pasado por la puerta del dormitorio ni por las ventanas.

El pasadizo desembocaba en una antigua escalera detrás de los lavaderos.

Existía una ruta por la casa que Cassian desconocía.

Los guardias encontraron allí a un asistente del templo. Iba vestido de sirviente de la residencia. Cuando intentó huir, uno de los caballeros le hizo un corte en el abdomen. Todavía tenía en la mano cera blanda para copiar la forma de la llave. No tenía la llave verdadera.

—¿Quién te envió? —preguntó Mira.

Al hombre le costaba respirar.

—El Guardián…

—Su nombre.

—No tiene nombre.

—¿Cómo te pones en contacto con él?

—La antigua vía de agua.

—¿Dónde está la llave?

—Se la di… al Guardián…

Perdió el conocimiento poco después. Mientras el médico se lo llevaba, Ella miró a Cassian.

—¿Por qué alguien del Templo querría abrir una puerta de tu casa?

—Quizá no trabaja para el Templo.

—El incienso salió de sus antiguas reservas.

—Eso solo demuestra que alguien sabía cómo servirse del Templo.

Quien había tomado la llave conocía los hábitos de Ella, la distribución de sus habitaciones y los turnos de los guardias. Aún había alguien dentro de la residencia que los ayudaba. Aquello ocurrió cinco días antes de la boda. Benedict aconsejó aplazarla. Ella se negó.

—Si la retrasamos, les estaremos diciendo que basta con causar un incidente para cambiar nuestros planes.

—La casa estará llena de invitados —dijo Mira—. Será más fácil que entre alguien de fuera.

—También será más fácil tender una trampa.

Cassian miró a Ella.

—¿Todavía quieres seguir adelante?

—Sí.

—¿Por qué?

—He llegado hasta aquí. No voy a dar media vuelta porque alguien haya robado una llave.

En la profecía, no había hecho otra cosa que correr.

Ya no quería dejar la espalda expuesta. Para encontrar al traidor de la residencia, Ella propuso siete planes de seguridad distintos para la boda.

Siete personas con acceso a los documentos recibieron siete versiones ligeramente diferentes.

Cambiaba la hora del relevo de guardia en la puerta oeste.

También el número de caballeros destinados a la pequeña capilla al norte del salón del banquete.

Cada versión daba además una ruta distinta para trasladar a la Inspección Real el molde de cera de la llave recuperada de la puerta roja.

Solo Cassian, Ella, Benedict y Mira conocían los preparativos reales.

Cinco días después, la boda se celebró según lo previsto.

La ceremonia transcurrió sin incidentes.

Ante los testigos del Templo, Ella y Cassian intercambiaron sus votos y firmaron el registro matrimonial definitivo.

Después, los invitados pasaron al salón del banquete, donde la música, el vino y los discursos continuaron hasta muy entrada la noche.

Como marcaba la tradición, Ella se retiró antes de que terminara la fiesta.

Nell la acompañó a la alcoba nupcial. El banquete solo debería haber continuado otro cuarto de hora.

Antes de que sonara la tercera campana de brindis, atraparon cerca de la pequeña capilla del lado norte del salón a un hombre disfrazado de mensajero del Ministerio de Guerra. Llevaba una nota.

Después de la tercera campana, el molde de cera de la llave de la puerta roja saldrá por la puerta norte de la capilla hacia la Inspección Real.

Aquella ruta figuraba en una sola versión.

La que habían entregado a Leon Weiss. Leon se había encargado de copiar el contrato matrimonial, la lista de invitados y los documentos oficiales de la boda.

También había tramitado un informe militar enviado desde el Norte a la capital.

Cuando lo llevaron a la pequeña sala junto al salón del banquete, no se resistió ni pareció asustado.

Estaban presentes el escribiente de la Inspección, Benedict y Mira. Cassian se situó frente a él.

—¿Qué entregaste?

—Los turnos de guardia de la boda.

—¿Qué más?

—Un informe militar del Norte.

—¿A quién?

—A alguien del palacio.

—Su nombre.

Leon sonrió.

—Ya lo sabe, ¿no?

—La llave de la puerta roja.

—Sabía dónde la guardaban.

—¿Quién recibió el molde de cera?

—El Guardián.

—Su nombre.

—Nadie lo sabe.

—¿Dónde está?

—Cuando lo encuentre, antes encontrará a su madre.

La expresión de Cassian no cambió.

—He preguntado dónde está el Guardián.

—He respondido.

El escribiente de la Inspección registró cada palabra.

Cassian pensaba enviar a Leon a la Inspección para un interrogatorio formal y un juicio.

Un caballero se adelantó para retirar la cadena que lo sujetaba a la silla.

Leon sacó de la manga un estrecho tubo para plumas.

Una aguja envenenada salió disparada hacia el cuello de Cassian.

Él se apartó y le atrapó la muñeca. El hueso se rompió.

El tubo cayó al suelo. Leon aún intentó lanzarse hacia las pruebas de la mesa.

Cassian desenvainó su espada corta y le atravesó el pecho.

No vaciló. Leon cayó con los ojos abiertos.

La pluma del escribiente se detuvo. Mira recogió el tubo.

—La aguja está envenenada.

Cassian retiró la espada.

—Anótelo. Atacó con un arma envenenada mientras estaba bajo custodia.

El escribiente volvió a escribir.

—Sí, Su Gracia.

Leon había atacado a Cassian ante testigos y mientras se levantaba un acta oficial de la Inspección.

La audiencia formal que se le había prometido nunca llegaría a celebrarse.

Mira registró el arcón de madera donde Leon guardaba los documentos de la boda.

El forro de cuero del fondo había sido pegado dos veces.

Al levantarlo, encontraron debajo la llave desaparecida de la puerta roja y varios fragmentos de cera.

La llave original había sido retirada el tiempo suficiente para obtener un molde.

Después, alguien la había devuelto a la residencia y se la había entregado a Leon, que debía reponerla durante el caos de la boda.

No había sido necesario mantener la llave fuera de la casa mucho tiempo.

Solo importaba su forma. Cassian se hizo cargo de ella personalmente.

—Vuelvan a cerrar el ala oeste.

—Sí, Su Gracia —dijo Mira.

El incidente en la sala contigua retrasó el final del banquete. En la alcoba nupcial, Ella estaba sentada al borde de la cama mientras Nell le retiraba el velo y los adornos del cabello. Apenas había sacado la última perla cuando llegaron voces desde el otro lado de la puerta.

—Dicen que era uno de los secretarios del duque.

—¿Qué hizo?

—Envió al palacio un informe militar del Norte a espaldas de Su Gracia.

—¿De verdad tenía que ocuparse de él esta noche?

Hubo un breve silencio. Luego otra criada susurró:

—Supongo que al duque le pareció un desperdicio dejar vivir a un traidor una noche más.

A Nell le tembló la mano. La horquilla se enredó en el cabello de Ella y le dio un fuerte tirón.

—Mi señora, perdón.

—No pasa nada.

Los pasos del otro lado se alejaron enseguida. Nadie se atrevía a hablar de Cassian demasiado tiempo cerca de sus habitaciones. En la sala contigua retiraron el cuerpo de Leon. Las pruebas fueron selladas. Benedict miró hacia Cassian.

—Su Gracia, la duquesa lo está esperando.

Cassian arrojó al fuego el paño manchado de sangre que tenía en la mano. El rojo oscuro seguía marcándole el puño derecho y la sangre de los nudillos había empezado a secarse.

—Lo sé.

Salió de la sala. Al fondo del corredor, las luces de la alcoba nupcial seguían encendidas.