Capítulo 8 — Ojos en el palacio
La llave de la puerta roja seguía en el cajón.
Cuando Ella lo abrió, encontró sobre el metal una fina capa de ceniza negra, como los restos que deja el incienso quemado.
No la tocó directamente. La envolvió con un pañuelo y la dejó a un lado.
Nell entró y se detuvo al ver a Ella junto al escritorio.
—Mi señora…
—¿Qué pasa?
—Anoche se levantó.
Ella se volvió.
—¿Cuándo?
—Casi al amanecer. Se llevó la llave a la antesala.
—¿Por qué no me despertaste?
—Lo intenté. No respondía.
—¿Adónde fui?
—A la pared que hay junto al escritorio.
Nell bajó la voz.
—Presionó uno de los paneles de madera. Se abrió. Había un pasadizo detrás.
Ella no recordaba nada de aquello.
—¿Entré?
—No. El panel solo se abrió un poco. Después se detuvo.
—No se lo digas todavía a Cassian.
Nell se la quedó mirando.
—Pero quizá alguien la drogó.
—Precisamente por eso no quiero que encierre a toda la casa en los sótanos antes de que sepamos qué pasó.
Ella guardó el pañuelo manchado de ceniza en una caja y la selló.
El corredor, la mujer y el olor a pino podían haber sido un sueño formado por todo lo que había oído durante el día.
El incienso era real. Devolvió la llave al cajón y lo cerró.
Después examinó la pared de la antesala.
El panel estaba cerrado. Por mucho que presionara, no volvía a abrirse.
Se oyó un leve roce detrás de la madera, pero ningún sonido de pestillo.
Ella lo intentó dos veces más. Nada se movió.
—¿Llamo a Benedict? —preguntó Nell.
Ella estudió la pared, cuyas juntas apenas se distinguían.
—Todavía no.
Si Cassian se enteraba de que había abierto un pasadizo secreto sin recordarlo, registraría toda la residencia y encarcelaría a cualquiera que pudiera haberse acercado a ella. Hasta comprender lo que había hecho, no estaba dispuesta a dejar a toda la casa en sus manos.
—Vigila esta habitación —dijo Ella—. No te acerques sola a la pared y no toques el cajón.
—Sí.
Aquella noche, Ella y Cassian asistieron a otro banquete en el Palacio de Invierno.
Dejó a Nell en la residencia vigilando la habitación y llevó consigo a una de las criadas de la casa ducal.
La reina los llamó poco después de su llegada.
Su mirada pasó de los diamantes negros del cuello de Ella a Cassian.
—¿Por qué decidiste casarte de pronto?
—Es hermosa —dijo Cassian.
Ella ya estaba acostumbrada a la respuesta. La reina soltó una risa suave.
—¿Solo por eso?
—Es suficiente.
—En la capital hay muchas mujeres hermosas.
—No necesito muchas.
La reina se volvió hacia Ella.
—¿Y por qué estás dispuesta a casarte con él?
—Las condiciones son favorables.
—¿No hay amor?
—La boda todavía no se ha celebrado.
La voz de Ella permaneció perfectamente serena. Más tarde, Severian, el máximo responsable del Templo de la Luz, se acercó a ellos. Estaba encargado del registro definitivo de la bendición antes de la boda. Al aproximarse, se detuvo.
—Lady Everitt, ¿ha estado expuesta recientemente a incienso de pino negro?
Cassian se volvió. Ella permaneció impasible.
—No.
—Su manga huele a pino negro.
Severian extendió la mano hacia la tela. Cassian le bloqueó el paso.
—Explíquese.
—El pino negro no se utiliza mucho en la capital —dijo Severian—. En grandes cantidades profundiza el sueño. Preparado de la manera adecuada, también puede causar breves lagunas de memoria.
—¿Lo utiliza el Templo? —preguntó Ella.
—Se utilizaba en antiguos ritos de meditación. Esa práctica fue prohibida hace diez años.
—¿Quién puede conseguirlo todavía?
—Parte de las antiguas reservas quedó sin registrar.
Severian la miró con atención.
—¿Ha hecho últimamente algo que no recuerde?
—No.
Ella volvió a mentir. Cassian no la contradijo delante de todos, pero tampoco le creyó. Poco después, Edwin Searle se abrió paso entre los invitados. Seguía llevando el uniforme de la Inspección y un documento oficial.
—Su Gracia. Se ha denegado la solicitud de examinar los registros sellados del incendio.
—¿Y?
—He venido a informárselo.
Al pasar junto a Ella, Searle le puso en la palma un pequeño trozo de papel quemado. El movimiento fue rápido. Aun así, Cassian lo vio.
—Deténgase.
Dos guardias del Palacio de Invierno se acercaron.
Cassian no intentó detener por su cuenta a un funcionario de la Inspección.
Llamó al oficial de guardia e hizo que la conducta de Searle quedara registrada formalmente.
Contacto no registrado. Entrega no autorizada de pruebas selladas.
Searle quedó detenido a disposición de la Inspección.
Antes de que se lo llevaran, alcanzó a decirle algo a Ella.
—Thomas no entró en la residencia para robar.
Dentro del carruaje, de regreso a casa, Cassian extendió la mano.
—Dámelo.
Ella le pasó el fragmento quemado. Solo quedaba una línea legible. La duquesa no murió en el incendio. Cassian acercó el papel a la vela del carruaje. La llama consumió las palabras.
—¿Por qué lo quemaste?
—Era falso.
—¿Lo investigaste?
—No hacía falta.
—¿Porque no lo crees o porque no quieres creerlo?
Cassian no respondió. Cuando regresaron a la residencia, Nell estaba sentada en la antesala. Tenía el rostro ceniciento.
—Mi señora, no me fui en ningún momento.
—¿Qué pasó?
—Estaba sentada junto a la puerta. Después perdí el conocimiento. Cuando desperté, las lámparas estaban apagadas. Creí que solo me había quedado dormida…
Cassian la miró.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No lo sé. Poco, quizá.
Los caballeros del corredor exterior no habían visto entrar ni salir a nadie. Cassian se dirigió directamente a la habitación de Ella.
—La llave.
Ella abrió el cajón del escritorio. Estaba vacío. La cerradura no había sido forzada. En el interior de la madera había aparecido una marca tenue, como si alguien hubiera presionado la llave contra cera blanda antes de llevársela.
—¿Quién la tocó? —preguntó Cassian.
—Nell y yo.
—¿Alguien más?
Ella guardó silencio un momento.
—Puede que anoche caminara dormida.
Cassian se volvió.
—¿Puede?
—Nell me vio tomar la llave y abrir un panel junto al escritorio de la antesala. No recuerdo haberlo hecho.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—No quería que encarcelaras a todas las personas de esta casa.
—Así que dejaste la llave en el mismo cajón.
—Creí que la cerradura bastaba.
Cassian le sujetó la barbilla entre los dedos.
—Te equivocaste.
Ella no se apartó.
—¿Qué harás ahora?
—Encontrar a quien se la llevó.
Su voz seguía serena. Ella sabía que muy pocos habitantes de la residencia dormirían aquella noche.