Casada con el multimillonario Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Si se trata de lo que está pasando entre nosotros...

—Así es.

Se pone en pie.

No con prisa.

Pero lo suficiente para crear distancia.

—No creo que sea una buena idea.

Richard también se pone en pie.

—¿Por qué?

—Porque ya hemos hablado de esto.

—No, le hemos dado rodeos.

—Llámalo como quieras.

—Quiero ser sincero contigo.

Anne se ríe sin ganas.

—Has sido demasiado sincero. Ese es el problema.

—No. He tenido cuidado. No es lo mismo.

Ella lo mira, y en sus ojos hay miedo.

Claro que lo hay.

—Solo quedan unos meses, Richard.

Las palabras cortan el aire del apartamento.

Unos meses.

Él lo sabe.

Cada día que pasa lo sabe más.

—Lo sé.

—Entonces no tiene sentido abrir ahora esa puerta.

—¿Abrir esa puerta?

—Sentimientos. Promesas. Expectativas. Cualquier palabra que convierta el final en un desastre.

—¿Y si no tiene por qué terminar?

Anne se queda quieta.

Richard se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y demasiado deprisa.

Pero las palabras ya están dichas.

Ella se abraza a sí misma.

—No hagas esto.

—Anne.

—No. No hables como si el contrato fuera algo insignificante que pudiéramos ignorar sin más porque ahora cenamos juntos, algunas noches dormimos juntos y ya te sabes cómo me gusta el café.

Richard siente la punzada de ese «algunas».

—No es insignificante.

—Exacto.

—Pero tampoco lo es todo.

—Al principio lo era todo.

—Al principio.

Ella cierra los ojos.

—¿Y crees que eso me tranquiliza?

—Creo que debería importar.

—Importa. Ese es el problema.

Richard da un paso, pero se detiene cuando ella retrocede un poco.

Ese poco basta.

—¿Qué crees que voy a decir? —pregunta.

Anne abre los ojos.

—Algo que quiero oír.

La respuesta lo deja sin palabras.

Durante un segundo, su vulnerabilidad queda completamente al descubierto. No es ira. Ni sarcasmo. Solo miedo.

—¿Y eso es malo? —pregunta él.

—Si no dura, sí.

Richard siente el impulso de decirle que durará. Que, para él, ya es más real que cualquier otra cosa. Que no quiere que termine. Que quiere la vida de ella mezclada con la suya, sin fecha de caducidad.

Pero Anne tiene miedo.

Y él prometió no arrebatarle sus decisiones.

Ni siquiera con palabras.

—De acuerdo —dice.

Ella parpadea.

—¿De acuerdo?

—Hoy no lo diré.

Su expresión pasa del alivio al dolor en un segundo.

—Richard...

—Pero hay algo que necesitas saber.

—Dijiste que no lo harías.

—No diré lo que pensaba decir. Diré otra cosa.

Ella espera, tensa.

Él respira hondo.

—No estoy confundido.

Anne aprieta los labios.

—Yo sí.

—Lo sé.

—¿Y eso no te molesta?

—A veces duele. Pero no por eso te deseo menos.

Esas palabras suenan demasiado a confesión.

Anne aparta el rostro.

—Necesito dormir.

Él asiente.

—Buenas noches, Anne.

Ella se aleja por el pasillo.

Se detiene antes de llegar a la puerta.

—Entiendes que no puedo perder a mi madre, mi hogar y luego también a ti, ¿verdad?

Richard siente que algo se le rompe por dentro, sin ruido.

—Lo entiendo.

Ella no mira atrás.

—Entonces entiendes por qué necesito el contrato.

Él lo entiende.

Y lo detesta.

Anne entra en su habitación y cierra la puerta.

Richard se queda en el salón, con dos tazas sobre la mesa y la lluvia repiqueteando en los cristales.

Debería esperar.

Darle tiempo.

Dejar que Anne ponga en orden su miedo.

Pero, por primera vez, entiende que esperar también puede ser una forma de perderla.

El contrato le garantiza un final seguro.

Y mientras ese final siga siendo su única certeza, cualquier cosa que él diga sonará a amenaza.

Richard se acerca a la ventana y contempla la ciudad.

Unos meses.

No quiere llegar al último día con la verdad atravesada en la garganta.

No quiere que Anne se marche pensando que fue una conveniencia, algo pasajero, parte de una etapa emocional dentro de un acuerdo.

No quiere que ella mire atrás, recuerde todo lo que han vivido y decida irse porque él fue demasiado cauto para hablar claro.

Daniel tiene razón.

El silencio también comunica.

Y Richard ha usado el silencio como protección toda su vida.

Con Anne, el silencio se ha convertido en un riesgo.

Coge el móvil y le envía un mensaje a Daniel.

—Necesito revisar la cláusula de rescisión.

La respuesta llega casi de inmediato.

—Por fin.

Richard mira la puerta cerrada del dormitorio de ella.

No la presionará.

No la acorralará.

Pero le dirá la verdad antes de que el contrato hable más fuerte que él.

Le dará a Anne una elección de verdad.

No entre la deuda y el orgullo.

No entre la seguridad y los sentimientos.

Entre irse con total libertad o quedarse, sabiendo exactamente lo que él siente.

Richard se guarda el móvil.

Mañana, decide.

O la primera vez que ella lo mire y no esté lista para huir.

Quizá huya de todos modos.

Quizá diga que no.

Quizá necesite tiempo.

Pero no va a esperar a perderla para darse cuenta de que debería haber sido sincero.

Sigue lloviendo.

La casa está en silencio.

Pero ya no es el silencio de antes.

Anne está al otro lado de una puerta.

La taza azul, sobre la mesa.

La manta verde, en el sillón.

En cada rincón de su vida hay huellas de ella.

Richard cierra los ojos un segundo.

Sí.

Está enamorado.

Y se lo va a decir.