Capítulo 16
Después de lo ocurrido
Anne Bennett se despierta en la habitación de Richard con el corazón desbocado, antes incluso de abrir los ojos.
Durante unos segundos, no entiende dónde está.
La almohada huele distinta a la suya. La sábana es más suave. La luz de la mañana entra por un ángulo que no es el de siempre. A su lado hay calor, una respiración tranquila y constante, y un peso ligero sobre la cintura.
Richard.
El recuerdo vuelve de golpe.
La casa de su madre. La llamada del banco. Richard cancelando el viaje. El balcón. El beso. El apartamento. Su habitación. Sus manos. Su voz diciéndole que estaba ahí.
Anne permanece inmóvil.
Completamente inmóvil.
Como si cualquier movimiento pudiera hacerlo todo aún más real.
Richard duerme detrás de ella, lo bastante cerca para calentarle la espalda, pero sin inmovilizarla. Le ha dejado la mano en la cintura con una levedad casi cuidadosa, como si ni dormido dejara de negarse a tomar más de lo que ella le permite.
La afecta de un modo absurdo.
Sería más fácil si él hubiera sido descuidado.
Si se hubiera despertado frío.
Si hubiera tratado la noche anterior como un impulso, un accidente, un deseo pasajero.
Pero Richard no es descuidado.
Y puede que eso sea lo peor.
Anne se mira la mano sobre la sábana.
La alianza brilla.
Esposa.
Contrato.
Doce meses.
Cierra los ojos.
No debería haber vuelto a la habitación de él en mitad de la noche.
Se había marchado asustada, con la piel aún caliente, el corazón demasiado expuesto y la certeza de que necesitaba protegerse.
Fue a su habitación, cerró la puerta, se puso la primera camiseta que encontró y se sentó en el borde de la cama, intentando convencer a su cuerpo de que olvidara lo que había sentido.
No pudo.
La cama parecía enorme.
El silencio, insoportable.
Y, en algún momento que aún no logra explicarse, Anne volvió a cruzar el pasillo. Entró sin hacer ruido en la habitación de Richard, esperando encontrarlo despierto, quizá esperando una pregunta, una exigencia, una palabra que la hiciera huir otra vez.
Pero él estaba dormido.
O fingía estarlo.
No lo sabe.
Solo sabe que se tumbó a su lado y que, unos minutos después, Richard se movió lo justo para cubrirle el hombro con la sábana. No dijo nada. No pidió nada. Simplemente se quedó.
Y ella se quedó dormida.
Ese es el detalle que más la asusta.
Se quedó dormida.
Profundamente.
A salvo.
Anne contiene la respiración y empieza a moverse despacio, tratando de salir de la cama sin despertarlo. La mano de él le resbala de la cintura a la sábana.
—Anne.
La voz ronca de él la detiene.
Cierra los ojos un instante antes de darse la vuelta.
Richard está despierto, tumbado de lado, con el pelo alborotado y el rostro aún marcado por el sueño. Sin traje. Sin su impecable compostura. Sin distancia. Solo Richard, demasiado hombre en aquella cama, mirándola como si la mañana no hubiera cambiado nada de lo que la noche había revelado.
—No quería despertarte —dice ella.
Se incorpora sobre un codo.
—¿Y lo has hecho?
—No lo sé. Puede.
—Ya estaba despierto.
Por supuesto que lo estaba.
Richard Montgomery se despierta probablemente antes que su propia conciencia para organizar el día.
Anne se sube más la sábana, aunque lleve puesta la camisa de él.
La camisa de él.
Otro problema.
Él baja la mirada una fracción de segundo hacia la tela que le cubre el cuerpo. No hay sonrisa. Ni suficiencia. Solo una ternura que ella no sabe cómo afrontar.
—Has vuelto durante la noche —dice él.
Anne aparta la mirada.
—Sí.
—Me alegré.
La sencillez de la frase se le clava muy hondo.
—Richard.
—No te estoy pidiendo nada.
—Pues lo parece.
—Entonces déjame decirlo de otra manera. Me gustó que volvieras.
Peor.
Mucho peor.
Se levanta de la cama en busca de distancia física antes de que la emocional la derrumbe. Coge la ropa doblada en la silla, pero los dedos le tiemblan un poco.
—Necesito ducharme.
Richard se sienta en la cama, con la sábana caída en la cintura, y Anne se obliga a mirar a cualquier parte menos a él.
—Anne.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—Lo sé. Pero puedo oírte pensar.
—Eso es preocupante.
Casi sonríe.
Casi.
Entonces recuerda el contrato.
—Hoy tenemos que trabajar.
—Podemos quedarnos en casa.
—No.
La respuesta llega demasiado deprisa.
Él la observa.
—¿Estás intentando huir?
Anne se aprieta la camisa de él contra el cuerpo.
—Estoy intentando volver a la normalidad.
—¿La normalidad de antes de ayer o la de antes de mí?
Por un instante, no puede respirar.
—Eso no es justo.
—No era una acusación.
—Lo parecía.
Richard se pasa una mano por el pelo; su voz sigue baja y cautelosa.
—De acuerdo. Lo siento.
Su disculpa solo empeora las cosas.
Anne preferiría arrogancia. Frialdad. Algo que pudiera apartar de un empujón. Pero Richard se despierta cuidadoso, atento, casi tierno, y ella no sabe dónde poner sus defensas.
—No hagas eso —dice.
—¿El qué?
—Hacer como si fuera sencillo.
—No creo que sea sencillo.
—Entonces no hagas como si lo de ayer hubiera resuelto algo.
El silencio se instala al instante.
Richard le sostiene la mirada.
—Para mí no era algo que hubiera que resolver. Pasó porque los dos queríamos.
Anne siente que le sube el calor a la cara.
—Los dos lo queríamos, sí. Pero eso no cambia lo que hay entre nosotros.
—El contrato.
—Sí.
—Sé que existe.
—¿De verdad lo sabes?
—Lo sé.
—Entonces también sabes que termina.
La frase hiela la habitación.
Richard no responde de inmediato.
Anne odia haberlo dicho. Odia aún más tener que decirlo.
—Anne…
—Voy a ducharme.
Se marcha antes de que él pueda convertir su nombre en un intento de acercarse a ella.
…
En su propia habitación, Anne cierra la puerta y se apoya en ella.
El corazón le late demasiado deprisa.
La cama está hecha, intacta, un recordatorio silencioso de que ha pasado la noche donde no debía. El vestido de anoche sigue en el sillón. El anillo de boda sigue en su dedo. La camisa de Richard sigue cubriéndole el cuerpo.
Va al baño y se quita la camisa como si fuera un objeto peligroso.
Bajo la ducha, deja correr el agua mucho más de lo necesario.
Intenta ordenar sus pensamientos.
No lo consigue.
Richard decidió quedarse.
Richard la besó porque quería hacerlo, no porque estuviera fingiendo.
Richard preguntó primero.
Richard se detuvo cuando ella necesitó respirar.
Richard no le pidió nada después.
Richard se alegró de que volviera.
Cada recuerdo es una pequeña traición a su prudencia.
Anne apoya las manos contra los azulejos.
—Solo ha sido una noche —susurra.
El agua le ahoga la voz.
Una noche no cambia un contrato.
Una noche no borra las cláusulas.
Una noche no convierte doce meses en un para siempre.
Pero su cuerpo no parece entenderlo.
Su corazón tampoco.
Su corazón, menos aún.
Cuando sale de la ducha, elige la ropa más profesional que encuentra: pantalones de sastre, camisa blanca, americana. Se recoge el pelo bien tirante. Se maquilla lo justo para ocultar lo que la noche le ha dejado en la cara.
Necesita parecer Anne Bennett.
No la mujer que durmió en brazos de Richard Montgomery y disfrutó de ello más de lo debido.
Al abrir la puerta, encuentra una bandeja en el suelo.
Café.
Tostadas.
Fruta.
Y una nota.
—No tienes que bajar si no quieres. Ni darte prisa.
Anne se queda mirando la nota.
Ese detalle casi la desarma.
Coge la bandeja, entra y la deja sobre la mesa.
No come.
Coge el móvil.
Mia ha respondido a los mensajes de la noche anterior que Anne se olvidó de abrir.
—¿Cómo ha ido con tu madre?
—¿Sigues viva?
—¿Anne?
—Si no contestas antes de mañana, me meto en ese piso con una cuchara y mucho valor.
Anne escribe:
—Estoy viva.
La respuesta llega casi al instante.
—Gracias a Dios. ¿Qué ha pasado?
Anne mira la puerta cerrada.
Piensa en mentir.
No puede.
—Richard se quedó conmigo anoche. Canceló el viaje.
Mia manda tres puntos suspensivos.
Después:
—¿Se quedó contigo en qué sentido?
A Anne le arde la cara.
—Como suena.
La respuesta de su amiga llega en mayúsculas.
—¡ANNE!
Cierra los ojos.
—No empieces.
—Voy a empezar, a continuar y a dar un seminario entero. ¿Te acostaste con él?
Anne tira el móvil sobre la mesa.
Se levanta.
Da vueltas por la habitación.
Vuelve.
Coge el móvil.
—Sí.
La respuesta tarda diez segundos.
—¿Estás bien?
A Anne se le hace un nudo en la garganta.
Así es Mia. Bromea, se mete contigo, exagera. Pero, cuando de verdad importa, hace la pregunta justa.
—No lo sé.
—¿Te arrepientes?
Anne mira la cama intacta.
La bandeja.
Su propia mano.
—No.
—Entonces tienes miedo.
Anne no responde.
Mia escribe:
—Estás enamorada de él.
Anne aprieta el teléfono.
—No.
—Anne.
—No.
—Lo has negado demasiado rápido, incluso por mensaje.
Anne cierra los ojos.
—No puedo estarlo.
Mia responde:
—Eso no es lo mismo que no estarlo.
A Anne le da rabia porque es verdad.
—Es un contrato, Mia.
—Lo sé.
—Tiene fecha de caducidad.
—Lo sé.
—Se quedará con la empresa y entonces todo se habrá acabado.
—¿Y tú sabes que él quiere que se acabe?
Anne se detiene.
La pregunta es una cuchilla fina.
¿Quiere Richard que se acabe?
Al principio, sí. Claro que sí. De eso se trataba. Doce meses y una separación discreta. Todo limpio. Todo seguro.
¿Y ahora?
Anne no lo sabe.
Y no saberlo puede ser peor que la certeza.
—No importa —escribe.
Mia responde:
—Importa, y mucho.
Anne no responde.
Porque responder sería admitir que ella también quiere saberlo.
…
Cuando Anne baja por fin a la cocina, Richard está en el salón, hablando por teléfono en voz baja. Al verla, corta la llamada antes de lo habitual.
—¿Has comido? —pregunta.
—Me he tomado un café.
Él la mira.
—Anne.
—No empieces.
—La bandeja ha vuelto casi llena.
Le molesta que lo sepa.
—¿Ahora me vigilas?
—Estoy preocupado.
—No tienes por qué estarlo.
—Lo sé.
Odia esa respuesta.
Él se acerca, pero se detiene a una distancia prudente.
—¿Podemos hablar?
—¿De trabajo?
—De nosotros.
Nosotros.
Anne siente que se le oprime el pecho.
—No hay ningún «nosotros» fuera del acuerdo.
Las palabras salen antes de que pueda suavizarlas.
Richard lo asimila en silencio.
—Anoche sí que lo hubo.
Ella lo mira.
El aire entre los dos se vuelve denso.