Capítulo 12 #3
Al principio habla poco. Observa. Aprende el ritmo. Cuando le preguntan cómo empezó la relación, cuenta una verdad posible: el trabajo en común, el respeto, demasiadas horas en la oficina, una admiración que surgió antes de que ninguno de los dos la reconociera.
Richard escucha.
En un momento dado, uno de los miembros del consejo pregunta:
—¿Y fue difícil separar el trabajo del romance?
Anne siente la atención de toda la mesa.
Richard deja el tenedor.
Ella responde antes de que él pueda hacerlo.
—Lo sigue siendo.
Se hace el silencio.
Entonces sonríe.
—Pero no creo que las relaciones de verdad se den en compartimentos perfectos. Trabajas con alguien, discutís mucho, aprendes a escuchar. En algún momento te das cuenta de que la persona que más te saca de quicio es también la primera en quien confías para que te diga la verdad.
Richard se queda completamente callado a su lado.
La frase era pura actuación.
Tenía que serlo.
Pero venía de un lugar demasiado sincero.
El miembro del consejo sonríe.
—Qué bonito.
Anne da un sorbo de agua para no mirar a Richard.
No sirve de nada.
Él le cubre la mano con la suya sobre la mesa.
Un contacto breve.
Público.
Planeado.
Pero el pulgar de él se desliza una vez sobre su piel. Con discreción. Casi imperceptiblemente.
Anne pierde el hilo de la respiración.
Cuando lo mira, Richard la observa con una expresión que no encaja con el acuerdo.
—Ella es así —dice a la mesa, aunque tiene los ojos puestos en ella—. Dice la verdad incluso cuando sería más cómodo guardar silencio.
Una de las esposas suspira.
—Eso es poco común.
—Lo es —responde Richard—. Mucho.
Anne debería sonreír para el público.
Y lo hace.
Pero por dentro algo cede un poco.
Durante unos minutos, todo es demasiado fácil.
Fácil hablar.
Fácil aceptar su mano en la cintura al salir.
Fácil sonreír a la cámara discreta del aparcamiento.
Fácil parecer una esposa.
Demasiado fácil.
...
Ya en casa, la puerta se cierra tras ellos y la actuación debería terminar.
Anne espera.
Richard se quita la chaqueta, se afloja la corbata y se acerca a la consola del salón. No dice nada. Quizá porque ella le pidió distancia. Quizá porque está cumpliendo.
Eso también la irrita.
—Has estado muy convincente —dice ella.
Él vuelve la cabeza.
—Ese era el objetivo.
La frialdad contenida vuelve a herirla.
Anne cruza los brazos.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces que no me gusta que confundas la actuación con la realidad.
Richard se queda inmóvil.
—¿Lo he hecho?
—Me has cogido la mano.
—Estábamos en una cena pública.
—Has movido el pulgar.
Silencio.
La frase es demasiado íntima para una estancia tan enorme.
Richard da un paso hacia ella.
—¿Ha sido demasiado?
Anne abre la boca.
No sabe cómo responder.
Decir que sí sería mentira.
Decir que no, peligroso.
—Ha sido demasiado convincente.
Él fija la mirada en ella.
—Anne.
—No. Escúchame. Tú haces esto. Preparas café.
Me ajustas la agenda. Te das cuenta cuando no como.
Dices cosas bonitas de mí en mesas llenas de gente rica.
Me tocas la cintura como si fuera lo más natural del mundo.
Y después tengo que volver a mi habitación aparte y recordar que todo esto tiene fecha de caducidad.
Su expresión cambia.
Despacio.
—Conozco la diferencia —dice Richard.
—¿De verdad?
—Sí.
Pero no parece tan seguro.
Anne se da cuenta antes que él.
Quizá él también lo note, porque aparta la mirada una fracción de segundo.
—Bien —dice ella en voz más baja—. Porque necesito que lo sepas.
Richard vuelve a mirarla.
—¿Y tú?
La pregunta la golpea de lleno.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Tú conoces la diferencia?
Anne se queda sin aliento.
La habitación parece demasiado grande y demasiado pequeña a la vez.
—Sí —responde ella deprisa.
Demasiado deprisa.
En la cara de Richard no hay triunfo ni incredulidad. Solo atención.
—De acuerdo.
Lo dice con calma.
Con demasiada calma.
Anne odia esa calma.
—De acuerdo —repite ella.
Ninguno de los dos se mueve.
La distancia entre ellos es mayor que en la cocina, pero cuesta más soportarla. La mano de Richard cuelga a un costado, y Anne la recuerda en su cintura. En su espalda. En su cara, antes del beso. Sobre la suya, durante la cena.
—Buenas noches, Anne —dice al fin.
Debería sentirse aliviada.
—Buenas noches.
Richard enfila el pasillo primero.
Anne se queda en el salón.
Espera hasta oír cerrarse la puerta del dormitorio de él.
Solo entonces se sienta en el sofá, todavía con el vestido de la cena, todavía con la alianza puesta, todavía con el pulgar de Richard sobre su mano, como una marca.
Mira la taza azul sobre la mesa auxiliar, la foto de su madre, la casa de él, que ya empieza, contra su voluntad, a llenarse de huellas suyas.
El problema no es que Richard finja bien.
Anne lo comprende con una claridad aterradora.
El problema es que, en ciertos momentos, no parece estar fingiendo.
Y el problema mayor, el que le aprieta el pecho y le enfría las manos, es que empieza a gustarle.
No el acuerdo.
No el dinero.
No la mentira.
Él.
Anne cierra los ojos y toca la alianza.
—No —susurra.
Pero la palabra ya no tiene la fuerza de antes.