Capítulo 11 #3
—No vas a convertir dos platos en toda una operación logística.
—Para eso existe la máquina.
—La máquina parece más complicada que mi vieja cocina.
—Es un lavavajillas, Anne.
—Una máquina intimidante.
—La verja de tu madre intimida más.
Ella se ríe.
De verdad.
El sonido coge a Richard desprevenido.
Anne riendo en su cocina, descalza, con un plato en la mano, hace que el apartamento vuelva a resultar extraño. Menos perfecto. Más vivo.
—De acuerdo —dice, y le tiende un paño de cocina—. Tú secas.
Richard mira el paño.
—¿Yo seco?
—Sí.
—Me estás asignando tareas domésticas.
—Te estoy civilizando.
—Ambicioso.
—Necesario.
Él coge el paño.
Seca un plato.
Anne lo observa.
—Lo estás haciendo demasiado despacio.
—Estoy priorizando la integridad del objeto.
—Es un plato, Richard.
—Exacto. Frágil.
—Diriges empresas multimillonarias y te da miedo un plato mojado.
—Las empresas no resbalan.
Anne vuelve a reírse.
Richard seca otro plato.
Trabajan codo con codo, con los hombros casi rozándose, en una coreografía torpe que no figura en ningún contrato. La cocina huele a salsa, jabón y algo demasiado cálido para ponerle nombre.
Anne le pasa un vaso.
Sus dedos se rozan.
Esta vez no es casi imperceptible.
Es leve.
Pero directo.
Ella aparta la mano de inmediato.
Richard también debería apartar la mano.
No lo hace.
Anne sigue vuelta hacia el fregadero, pero su respiración cambia. Él lo nota porque está cerca. Demasiado cerca.
—Lo siento —dice.
—¿Por el vaso?
—Por… tocarte.
—No tienes que disculparte.
Ella suelta una risa nerviosa.
—Ya. Genial. A veces los adultos se tocan las manos. Sobreviven.
Richard le mira el perfil.
—¿Sobreviven?
—Lo estoy intentando.
La serena sinceridad de la frase atraviesa el espacio que los separa.
Richard deja el vaso seco sobre la encimera.
Anne se da la vuelta en ese mismo instante.
Y, de repente, quedan frente a frente.
Muy cerca.
Lo bastante cerca para que Richard vea una gotita de agua en la muñeca de ella. Lo bastante cerca para sentir el calor de su cuerpo. Lo bastante cerca para recordar el beso de la ceremonia no como un recuerdo, sino como una posibilidad.
Anne alza el rostro.
Sus ojos se encuentran con los de él.
Ninguno de los dos se mueve.
La cocina entera parece enmudecer.
Richard sabe exactamente qué debería hacer.
Dar un paso atrás.
Hacer un comentario neutro.
Restablecer la distancia.
Pero la mirada de Anne desciende, una brevísima fracción de segundo, hasta la boca de él.
Y el control ya no le sale solo.
Apoya una mano en el borde de la encimera, junto a ella, sin tocarla. Solo acorta un poco el espacio. Anne no retrocede.
—Anne —dice.
La voz le sale más grave de lo que pretendía.
Ella respira hondo.
—No.
Pero la palabra no suena firme.
Suena a advertencia.
Para él.
Para ella.
Para todo el contrato.
Richard inclina la cabeza lo justo para cambiar la distancia entre ambos.
El aire entre ambos se calienta.
Anne cierra los dedos sobre la encimera.
Ve el movimiento.
Y ve también que ella no se aparta.
Durante un segundo, Richard piensa en besarla.
No como parte de una ceremonia.
No como una actuación.
No como un marido ante los testigos.
Como un hombre.
Como Richard.
Y eso lo detiene.
Porque no es lo que acordaron.
Porque ella merece poder elegir.
Porque, si cruza esa línea, no podrá fingir que fue estrategia.
Anne parece darse cuenta de lo mismo en ese mismo instante.
Da un paso atrás, rápido, y se lleva consigo el calor, el perfume, la posibilidad.
—Yo… necesito dormir.
Richard permanece inmóvil.
Con la mano aún apoyada en la encimera.
—Claro.
Coge el paño de cocina, luego parece recordar que no lo necesita, lo devuelve a su sitio junto al fregadero y pasa a su lado con un cuidado excesivo.
Se detiene en la puerta de la cocina.
No mira atrás.
—Gracias por la cena.
Richard casi le dice que la ha preparado ella.
Pero lo entiende.
No se trata de la comida.
—Buenas noches, Anne.
—Buenas noches, Richard.
Se va.
Sus pasos se alejan por el pasillo.
La puerta del dormitorio se cierra.
Richard se queda solo en la cocina.
La luz sobre la isla parece ahora demasiado intensa. El plato seco está fuera de lugar. La taza azul de Anne descansa junto al fregadero, pequeña, desportillada, absurda en aquel escenario impecable.
Mira la encimera.
Donde había estado la mano de ella hay una pequeña marca de agua.
Richard toca el borde de mármol con los dedos.
Está frío.
Pero el recuerdo no.
Cierra los ojos un segundo.
Quería besar a Anne.
La certeza le llega sin pedir permiso.
No había querido interpretar un papel. No había querido reforzar una narrativa. No había querido ensayar la naturalidad para una cena con la junta.
Quería besar a su propia esposa.
Esta vez, la palabra «esposa» no le suena mal.
Suena peligrosa.
Richard aparta la mano de la encimera y apaga la luz de la cocina.
En el pasillo, mira la puerta cerrada del dormitorio de ella.
Dormitorios separados.
Nada de intimidad.
Doce meses.
Reglas claras.
Respira hondo y se dirige a su propio dormitorio.
Pero el silencio del apartamento ya no es el mismo.
Y, por primera vez, Richard no sabe si quiere recuperarlo.