Capítulo 11
Dormitorios separados
A Richard Montgomery siempre le había gustado el silencio.
Para él, el silencio nunca había estado vacío. Era orden. Control. Una ausencia cómoda de interrupciones, de preguntas innecesarias y de emociones que circularan sin un propósito definido. En silencio, Richard pensaba mejor. Trabajaba mejor. Dormía mejor.
O, al menos, eso creía.
La primera noche después de la boda descubre que el silencio de su propio apartamento ha cambiado.
No porque Anne haga demasiado ruido.
Todo lo contrario.
Se mueve con cuidado. Cierra las puertas sin dar portazos. Recorre el pasillo como si aún no supiera si le está permitido ocupar espacio. No se entromete. No pregunta demasiado. No toca nada sin mirar antes.
Y, aun así, todo el apartamento parece notar su presencia.
Richard está en su despacho, sentado frente al portátil, con la ciudad iluminada al otro lado de las ventanas y un informe abierto en la pantalla desde hace veinte minutos.
Debería estar leyendo. Debería estar comparando proyecciones.
Debería estar satisfecho: ha completado la primera etapa del acuerdo.
La boda se ha celebrado.
La mudanza se ha hecho.
La convivencia ha empezado.
Todo según lo previsto.
Pero al otro lado de la puerta hay una mujer en su apartamento.
Su esposa.
La palabra sigue sonándole mal.
Richard intenta sustituirla por términos más útiles.
Parte contractual.
Cónyuge civil.
Socia del acuerdo.
Ninguno sirve.
La palabra «esposa» vuelve una y otra vez, insistente, acompañada de la imagen de Anne vestida de blanco, con un anillo en el dedo y los ojos castaños clavados en él durante unos votos que debían ser neutrales y no lo fueron.
Cierra el informe.
Lo vuelve a abrir.
Lo cierra.
Ridículo.
Suenan unos golpes discretos en la puerta del despacho.
Richard alza la vista.
—Adelante.
Anne abre la puerta lo justo para asomarse por la rendija. Lleva unos pantalones cómodos, una blusa sencilla y el pelo recogido en un moño suelto. No lleva maquillaje, o tan poco que no sabría decirlo. Así parece más joven. No menos fuerte. Simplemente más real.
Eso le molesta.
—¿Estás ocupado? —pregunta.
—Sí.
—Genial. Entonces seré rápida.
Richard se echa hacia atrás en la silla.
—Esa frase suele preceder a algo que no será rápido.
Anne entra con una libreta pequeña en la mano.
—Tenemos que hablar de las reglas.
—Tenemos un contrato entero lleno de reglas.
—El contrato cubre la confidencialidad, la remuneración, los bienes y los actos públicos. No cubre lo importante.
—¿Como cuáles?
—El café. La cena. La nevera. El servicio. Los horarios. El uso de la cocina. Y si puedo poner una foto de mi madre en el salón sin que llames a un experto en arte para evaluar su impacto visual.
Richard la mira un momento.
—¿Quieres poner una foto de tu madre en el salón?
—Quiero saber si puedo.
—Puedes.
Anne lo mira con desconfianza por lo fácil que ha accedido.
—¿Sin comité?
—Sin comité.
—¿Sin análisis de armonía estética?
—Puedo encargar uno si eso te tranquiliza.
Ella entrecierra los ojos.
—No te burles de mí, Montgomery. Intento ser civilizada.
Richard casi sonríe.
—Tomo nota.
Anne abre la libreta y se sienta en la silla frente al escritorio antes de que él pueda ofrecérsela. Curiosamente, a él le gusta. No pide permiso para existir allí.
—Primero —dice—, dormitorios separados.
—Ya está estipulado.
—Sí, pero necesitamos una regla para las puertas.
—¿Una regla para las puertas?
—Si la puerta está cerrada, llamas. Si está abierta, avisas antes de entrar. Si estoy en el baño, no existes.
—Jamás entraría en tu baño.
—Genial. Empezamos con buen pie.
Richard se cruza de brazos.
—¿Y la regla para mi baño?
Anne alza la vista de la libreta.
—¿De verdad crees que pienso invadir tu baño?
—Solo busco reciprocidad legal.
—Vale. Si estás en el baño, yo también fingiré que no existes.
—Gracias.
Ella lo anota.
Richard observa el movimiento del bolígrafo.
—¿En serio estás apuntando eso?
—Sí.
—¿«Fingir que Richard no existe en el baño»?
—Exactamente.
—Daniel estaría encantado.
—Daniel debería saber menos de nuestros baños.
Richard baja la mirada para ocultar su reacción.
Anne continúa:
—Segundo: el personal. No quiero que nadie entre en mi habitación a guardar mis cosas.
—Ya he avisado al personal.
Ella se detiene.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que llegaras.
—¿Diste por sentado que esa sería mi norma?
—Pensé que la privacidad sería importante.
Anne guarda silencio un instante.
—De acuerdo.
La palabra sale más suave.
A Richard eso le gusta menos de lo que debería.
—Tercero —continúa ella, recuperando la firmeza—: la comida.
—La comida.
—Sí. Tienes una cocina enorme que parece un decorado de revista y una nevera en la que encontré agua, fruta perfectamente alineada y tres tipos de mostaza. Eso no es comida. Es decoración refrigerada.
Richard se queda mirándola.
—Me traen la comida a domicilio.
—Qué triste.
—Es eficiente.
—Es triste, pero con factura.
—Anne.
—Richard.
Sus nombres se encuentran en el aire.
Sigue habiendo algo nuevo en eso. Llamarse por el nombre de pila, ahora que están casados, resulta menos accidental. Menos fácil de deshacer.
Ella es la primera en bajar la vista al cuaderno.
—Voy a comprar algunas cosas para cocinar de vez en cuando.
—Puedo encargarle la compra a alguien.
—Puedo hacer la compra yo misma.
—No he dicho que no puedas.
—Pero lo has dicho como si ya fueras a delegar mi existencia en un asistente.
Richard respira hondo.
—No te gusta recibir ayuda.
—No me gusta que me manejen.
La frase lo deja sin palabras.
Porque ella no habla solo de la compra.
Habla del contrato. Del apartamento. De estar aquí. De todo lo que él puede volver demasiado fácil si no tiene cuidado.
—Entendido —dice.
Anne lo mira, como si evaluara la sinceridad de sus palabras.
—Cuarto: las apariciones públicas.
Richard saca un documento de la carpeta.
—Dentro de seis días tenemos una cena con dos miembros del consejo y sus esposas. Algo pequeño. Discreto. Será nuestra primera aparición después de la ceremonia civil. Y dentro de tres semanas, un acto benéfico.
Anne lo anota.
—¿Qué tengo que hacer?
—Estar allí. Hablar lo poco que quieras. No tienes que fingir que somos especialmente cercanos.
—Pero tengo que parecer tu esposa.
—Sí.
Ella hace girar el bolígrafo entre los dedos.
—¿Y cómo se comportaría tu esposa?
Richard no responde de inmediato.
La pregunta es práctica.
La imagen que le viene a la mente no lo es.
Anne a su lado en una cena. La mano de ella cerca de la suya sobre la mesa. Su mirada afilada cuando alguien subestima su presencia. Una respuesta ingeniosa. Una sonrisa breve. El reflejo de la luz en su anillo.
—Como tú —dice.
Anne alza la vista.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tiene sentido.
Algo le cruza el rostro.
—¿Quieres que vaya a una cena del consejo y sea yo misma?
—Sí.
—¿Aunque diga que una proyección es ficción corporativa con una tipografía elegante?
—Si es verdad, sí.
Ella intenta no sonreír.
No lo consigue del todo.
Richard se da cuenta, y por eso el silencio del apartamento parece menos frío.
…
En los días siguientes, Anne cambia pequeñas cosas.
Nada tan grande como para que Richard pueda señalarlo y decir, objetivamente, que su vida ha cambiado. Pequeñas cosas. Cosas peligrosas.
Una foto de Helen aparece sobre una mesita del salón.
Después aparece un libro con un marcapáginas de colores en el brazo del sofá.
En la cocina hay pan, huevos, pasta, salsa de tomate, queso, café de una marca que Richard nunca ha comprado y una taza azul que Anne declara suya «por derecho emocional».
—Las tazas no tienen derechos emocionales —dice él.
—La mía sí.
—¿Por qué?
—Porque la compré en una liquidación horrible durante un día aún peor, y ha sobrevivido a tres mudanzas y dos caídas. Un poco de respeto.
Richard mira la taza azul, desportillada en la base.
—Parece estructuralmente comprometida.
—Tú también lo estás, y nadie te echa.
Él se queda callado.
Anne abre un poco los ojos, como si se diera cuenta de que ha hablado demasiado.
Richard casi se ríe.
—Me parece justo.
Ella se relaja.
Pequeñas cosas.
El olor de su café por la mañana, más dulce que el de él.
Pasos en el pasillo a las siete y cuarto.
La puerta del dormitorio que se abre y se cierra.
El murmullo de una llamada con Mia, interrumpido por risas que Anne intenta contener sin conseguirlo.
La luz de la cocina encendida después de las diez.
El tarro de bizcocho de naranja de la nevera va desapareciendo trozo a trozo, aunque Anne acusa a Richard de comer «de un modo excesivamente ejecutivo» y él lo niega hasta que lo sorprende con un plato en la mano.
La primera vez que vuelve de la oficina y se encuentra el salón con una lámpara encendida, en lugar de la oscuridad perfecta que siempre lo ha esperado, Richard se detiene en el pasillo.
Anne está en el sofá, descalza, con el portátil sobre el regazo y el pelo suelto sobre un hombro.
—¿Qué pasa? —pregunta ella.
—Nada.
—Miras esa lámpara como si hubiera insultado a tu linaje.
—No suelo dejar esa luz encendida.
—Yo no suelo vivir a oscuras.
Debería decirle que puede apagarla cuando se marche.
En lugar de eso, dice:
—Puedes dejarla encendida.
Anne lo mira un segundo.
—Gracias.
Él se va al despacho.
Pero no cierra la puerta del todo.
No se da cuenta hasta media hora después.
…
Durante la primera semana se establece una rutina tácita.
Algunas mañanas salen juntos, en coches distintos cuando hace falta y en el mismo cuando conviene a la historia. En el trabajo mantienen una formalidad cuidadosa. Anne sigue llamándolo señor Montgomery delante de todo el mundo, salvo cuando Daniel anda cerca y decide reírse por lo bajo.
En casa, los nombres cambian.
Anne.
Richard.
A veces Montgomery, cuando está enfadada.
Casi siempre lo está, en mayor o menor medida.
Richard descubre que le gusta.
Se acerca la cena con los miembros del consejo y Daniel manda unas instrucciones que Anne lee en voz alta en el sofá, con sarcasmo creciente.
—«Evita dar demasiados detalles sobre el comienzo de la relación».
Mira a Richard, sentado en el sillón con una tableta.