Capítulo 10 #2
—Mia Collins. Mejor amiga. Inspectora moral temporal.
Daniel sonríe.
—Excelente. El evento necesitaba una.
—No estoy bromeando.
—Me he dado cuenta. Yo tampoco.
Se miran un segundo, y Anne casi se ríe a pesar de los nervios. En otra vida, quizá Mia y Daniel se llevarían demasiado bien. Pero esta historia no va de ellos. Hoy no.
Helen entra justo después, con un bolsito en la mano y tratando de no echarse a llorar demasiado pronto.
Anne mira a su alrededor.
Richard aún no está en la sala.
El alivio no dura mucho.
La puerta se abre.
Y él entra.
Durante un segundo ridículo, Anne se olvida de todas las cláusulas.
Richard lleva un traje azul marino, menos severo de lo habitual, con una camisa blanca y una corbata de color claro. Está impecable, por supuesto. Seguramente no sabe existir de otro modo. Pero hay algo distinto en su rostro. Una tensión sutil. Sus ojos buscan a Anne de inmediato.
Cuando la encuentran, se detiene.
Se detiene de verdad.
Solo por un instante.
Pero Anne lo ve.
Richard Montgomery, un hombre hecho de control y hormigón, se queda inmóvil al verla con un vestido blanco.
El corazón le responde antes de que la razón pueda frenarlo.
No.
No.
Camina hacia ella despacio.
—Anne.
Habla en voz baja.
Mia, a su lado, observa como si estuviera reuniendo pruebas.
Anne se obliga a llenarse los pulmones de aire.
—Richard.
Mira el vestido, le mira la cara, el pelo suelto, y después vuelve a buscarle los ojos.
—Estás...
Se detiene.
Anne espera.
Guapa, quizá. Bonita. Elegante. Cualquier palabra segura.
Richard parece escoger con cuidado.
—Estás muy tú misma.
Las palabras la pillan desprevenida.
—¿Eso es un cumplido?
—El mejor que se me ha ocurrido sin sonar ensayado.
Anne nota que los labios le amenazan con una sonrisa.
—Entonces, gracias.
Richard inclina la cabeza.
—Estás nerviosa.
—Estoy a punto de casarme contigo.
—Es justo.
—¿Y tú?
Mira la sala, a Daniel, a Helen, a Mia, y luego a ella.
—Más de lo que esperaba.
Anne siente que se le oprime el pecho.
—Pensaba que esto era solo algo práctico.
—Prohibiste esa palabra.
—La prohibí.
—Entonces no lo es.
La respuesta queda flotando entre los dos.
No lo es.
Daniel se acerca y los salva de algo que quizá ninguno de los dos esté preparado para nombrar.
—Todo está listo. El oficiante llegará en cinco minutos. ¿Queréis repasar algo?
Anne niega con la cabeza.
Richard la mira antes de responder:
—No.
Mia se acerca a Anne y le susurra:
—Todavía puedes irte.
Anne mira a Richard.
Habla con Daniel, pero su mirada vuelve a ella, como si notara que lo observa.
—Lo sé —susurra Anne.
Y se queda.
...
La ceremonia comienza a las once y diez.
Anne está de pie frente a Richard, con Helen sentada en la primera silla, Mia a su lado y Daniel un poco por detrás de él, en su papel de testigo y abogado, aunque en ese momento parece más un amigo que otra cosa.
El oficiante habla de unión civil, de compromiso, de respeto, de elección.
Cada palabra corriente parece pesar demasiado.
Anne intenta concentrarse en el suelo. En las flores. En la voz del oficiante. En cualquier cosa menos en Richard, ahí delante.
Imposible.
Está demasiado cerca.
No físicamente, quizá. Entre ellos hay la distancia correcta. Pero su mirada atraviesa cada centímetro.
Richard la observa como si intentara memorizar cada detalle: la forma en que sostiene el pequeño ramo, su respiración ligeramente entrecortada, el temblor casi invisible de sus dedos, el modo en que insiste en mantener la barbilla alta.
Anne lo nota porque ella también lo nota todo en él.
La tensión de su mandíbula.
La manera en que sus dedos se crispan una vez antes de relajarse.
La ausencia de frialdad en su mirada.
No es justo.
Debería tener aire contractual. Debería parecer distante. Debería hacer que todo esto fuera más fácil.
Pero Richard, con aquel traje azul y sus ojos oscuros clavados en ella, parece demasiado peligroso para cualquier cláusula.
—¿Habéis preparado los votos? —pregunta el oficiante.
Anne se queda paralizada.
—¿Votos? —repite.
Daniel se aclara la garganta discretamente.
Richard lo mira.
—Se pidieron votos sencillos —murmura Daniel.
Anne se vuelve hacia Daniel con ganas de asesinarlo en silencio.
—Se te olvidó mencionarlo.
—Lo mencioné en el correo electrónico.
—Nadie lee los correos de boda que escribe un abogado.
Richard respira hondo.
—Podemos hacerlo sencillo.
Claro.
Sencillo.
La palabra casi la hace reír.
Richard se vuelve hacia ella.
El oficiante espera.
Helen sostiene un pañuelo.
Mia observa como si estuviera lista para sacar a Anne de allí si hiciera falta.
Richard habla primero.
—Anne.
Solo su nombre ya suena demasiado íntimo.
—Cuando acepté esta unión, creía saber exactamente lo que hacía.
Anne contiene la respiración.
Y continúa:
—Lo planteé en términos de cláusulas, responsabilidades y consecuencias. Pero en estas últimas semanas me has recordado que ninguna decisión importante se reduce a lo que está escrito en un papel.
Daniel baja la cabeza.
Anne no puede apartar la mirada.
—Me recuerdas que mire lo que hay detrás de los números —dice Richard—. Que escuche antes de decidir. Que reconozca cuándo me equivoco, aunque siga resultándome irritante.
Mia deja escapar un sonido muy tenue, casi una risa emocionada.
Richard no aparta los ojos de Anne.
—Prometo respetarte. Tu voz. Tus límites. Tu historia. Y prometo no intentar hacerte encajar en una vida que no elijas cada día.
Anne siente el impacto de las palabras como un roce.
No debería ser así.
Es un voto neutro, cuidadoso. Formulado para no prometer amor.
Pero el subtexto es tan intenso que casi parece más peligroso.
Está prometiendo respetar lo que ella elija.
Incluso dentro de una mentira.
El oficiante mira a Anne.
Le toca a ella.
No ha preparado nada.
Genial.
Perfecto.
Casarse por contrato e improvisar unos votos delante de su madre. Qué manera tan eficiente de volverse loca.
Anne mira a Richard.
Por un segundo, la sala entera desaparece. Solo está él. El hombre que le ofreció veinte millones de dólares. El jefe exigente. El hombre de la barrera atascada. El hombre que recordó las margaritas. El hombre que le sostuvo la mano demasiado tiempo.
—Richard —empieza, con la voz más firme de lo que esperaba—. Yo también creía entender lo que hacía.
Algo cambia en los ojos de él.
—Sigo sin saber si lo entiendo —admite.
Helen respira hondo, emocionada. Mia se muerde el labio.
Anne continúa:
—Pero sé que el respeto exige más que palabras bonitas. Significa escuchar cuando cuesta. Significa ceder cuando el orgullo te pide plantarte. Significa recordar que la persona que tienes delante ya tenía una vida entera antes de entrar en la tuya.
Richard no parpadea.
—Prometo ser sincera siempre que pueda. Prometo no hacerme más pequeña para encajar a tu lado. Prometo recordarte, cuando sea necesario, que no todo se puede controlar. Y prometo intentar que este año valga la pena para los dos.
Este año.
Las palabras se le escapan.
El contrato se trasluce bajo el voto.
Anne siente que el corazón le flaquea.
Pero Richard no reacciona con sorpresa.
Se limita a mirarla como si entendiera exactamente lo que acaba de decir.
Que valga la pena para los dos.
No amor.
No para siempre.
Que valga la pena.
El oficiante continúa.
Anne apenas escucha.
Las palabras le llegan en oleadas: libre voluntad, unión civil, responsabilidades, firma, testigos. Ella firma primero. El bolígrafo pesa más de lo que debería. Su nombre en el documento parece una despedida silenciosa de la mujer que entró por esa puerta.
Richard firma después.
Su firma es segura.
Por supuesto que lo es.
Daniel y Mia firman como testigos. Helen llora abiertamente; ya no intenta ocultarlo.
Después vienen los anillos.
Anne sabía que habría anillos. Los eligió con Richard en una joyería discreta, durante una visita rápida y extrañamente tensa. Sencillas, elegantes, sobrias. Un par de alianzas de oro blanco que dentro de la caja le habían parecido frías.
Ahora ya no lo parecen.
Parecen definitivas.
Richard coge el anillo de ella.
Anne extiende la mano.
Le tiemblan los dedos.
Él lo nota.
Por supuesto que lo nota.
Antes de ponerle el anillo, Richard le roza con el pulgar, muy discretamente, la base del dedo. Un gesto mínimo. Quizá para calmarle el temblor. Quizá para tranquilizarla.
Quizá por nada.
Anne siente el contacto en todo el cuerpo.
Él le desliza el anillo en el dedo.
Despacio.
Como si importara.
Cuando llega su turno, Anne coge el anillo de él. La mano de Richard no tiembla, pero tiene los tendones tensos. Ella le sujeta los dedos y le pone el anillo.
Por primera vez, Richard Montgomery lleva una alianza, y es por ella.
Aunque sea por contrato.
Aunque sea solo por doce meses.
El oficiante sonríe.
—Puede besar a la novia.
Anne siente que el mundo se detiene.
El beso.
Habían hablado de ello. Breve. Discreto. Necesario. Un contacto público para cerrar la ceremonia con naturalidad. Nada más.
Richard se acerca.
Anne alza la cara.
Por un segundo, los ojos de él preguntan.
Ella lo entiende.
Y odia entenderlo.
«¿Puedo?»
Anne asiente con un gesto mínimo.
«Sí.»
Lo primero que hace Richard es tocarle la cara.
Eso no formaba parte del acuerdo.
Le apoya la mano con suavidad en la mandíbula; los dedos, cuidadosos y cálidos. Anne contiene la respiración.
Entonces la besa.
Debería ser breve.
Y lo es.
Pero no lo bastante.
Sus labios rozan los de ella con una dulzura que no encaja con el hombre que conoce de la oficina. No hay prisa. Ni posesión. Ni espectáculo. Solo un contacto firme y cálido, contenido apenas por un hilo.
Anne siente despertar todo su cuerpo.
El impacto físico es inmediato.
No es un beso profundo. No es íntimo de esa manera que la asusta en las habitaciones cerradas. Pero sí lo bastante real para cambiar el aire que los rodea.
Richard se aparta un segundo demasiado tarde.
O quizá Anne tarda un segundo de más en abrir los ojos.
Cuando los abre, él sigue cerca.
Muy cerca.
Tiene los ojos oscuros de un modo que no parece fingido.
Anne recuerda que los están mirando.
Retrocede un paso casi imperceptible.
Richard deja caer la mano.