Casada con el multimillonario Capítulo 10
54%

Capítulo 10

Señora Montgomery

Dos semanas más tarde, Anne Bennett se despierta el día de su boda con la certeza absoluta de haber olvidado cómo se respira.

La luz de la mañana entra por la pequeña ventana del dormitorio en una franja pálida que roza la silla donde cuelga el vestido, la bolsa abierta sobre la cama y la caja sencilla con los zapatos. Todo parece demasiado normal para un día tan absurdo.

Anne se queda quieta unos segundos, con la mirada fija en el techo.

Hoy se casa con Richard Montgomery.

La frase no mejora por mucho que la repita.

Estos últimos días ha intentado decirla en voz alta, de distintas maneras, como si alguna pudiera sonar menos imposible.

«Me voy a casar.»

«Me caso con Richard.»

«Me caso con mi jefe.»

«Me caso por contrato.»

«Me caso por un año.»

Ninguna sonaba bien.

La única que parecía tener sentido era la que evitaba decir:

«Estoy salvando la casa de mi madre.»

Anne cierra los ojos.

El contrato se firmó tres días antes, en una sala demasiado neutra, con su abogado, Daniel, Richard y montones de documentos.

Todo protegido, revisado, explicado. El fondo garantizado.

La cláusula de confidencialidad. La protección de su puesto de trabajo.

Habitaciones separadas. Un plazo de doce meses.

La separación prevista al final del periodo.

La cifra que sigue pareciendo irreal incluso después de haberla visto escrita en papel oficial.

Veinte millones de dólares.

Anne firmó sin temblar.

Al menos por fuera.

Después fue al baño de la oficina, cerró la puerta con llave, apoyó las manos en el lavabo y se quedó mirando su reflejo hasta que reconociera a la mujer que había al otro lado.

No pudo.

El móvil vibra junto a la almohada.

Mia.

—¿Respiras?

Anne escribe:

—Discutible.

—¿Quieres que vaya ya?

—Dentro de un rato.

—¿Quieres salir huyendo?

Anne mira el vestido.

No es un vestido de novia tradicional. Se negó a llevar velo, cola, encaje dramático o cualquier cosa que pareciera una promesa demasiado grande.

Eligió un vestido blanco sencillo y elegante, de tejido ligero, largo midi, con mangas delicadas y un escote discreto.

El tipo de vestido que una mujer se pondría para una ceremonia civil íntima tras decidir casarse a toda prisa porque se había enamorado sin esperarlo.

La mentira tiene buen gusto.

Eso casi la irrita.

Responde:

—No puedo salir huyendo.

Mia envía:

—No te he preguntado si puedes. Te he preguntado si quieres.

Anne tarda un rato.

¿De verdad quiere?

La respuesta no es sencilla.

Quiere salvar a su madre. Quiere que el miedo se acabe. Quiere proteger la casa. Quiere cumplir con lo que ha firmado y sobrevivir a los próximos doce meses sin dejar de ser quien es.

Pero ¿huir?

Una parte de ella, sí.

Otra parte, más pequeña y más peligrosa, quiere saber cómo la mirará Richard cuando la vea vestida de blanco.

Anne tira el móvil a la cama antes de poder contestar alguna tontería.

—No —dice a la habitación vacía—. No empieces.

Suena el timbre.

Anne respira hondo, se levanta y va a abrir.

Mia entra cargada con una bolsa, un neceser de maquillaje y la expresión de alguien que viene preparada para maquillarla, darle apoyo emocional y, si hace falta, cometer un delito menor.

—Ya estoy aquí —anuncia—. Y he traído café, pan de queso y horquillas. No sé cuál de las tres cosas salva más matrimonios, pero ya lo averiguaremos.

Anne se ríe antes de poder evitarlo.

—Buenos días a ti también.

Mia se detiene en medio de la habitación y la mira.

Se le suaviza el tono bromista.

—Ay, amiga.

Anne nota que se le aprieta la garganta.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara que dice que estoy a punto de casarme con un multimillonario por contrato y que quizá necesite un abrazo.

—Pero esa es exactamente la cara que tienes.

Anne intenta responder, pero Mia ya la está abrazando.

El abrazo afloja algo pequeño dentro de ella. No todo. Anne sigue aguantando. Sigue en pie. Pero apoya la frente en el hombro de su amiga un instante y deja que otra persona cargue con una parte del peso.

—Todavía puedes decir que no —susurra Mia.

Anne cierra los ojos.

—Lo sé.

—Sé que lo sabes. Solo quiero que te lo diga alguien que te quiere antes de que te lo diga un juez, un abogado o un hombre demasiado guapo.

Anne suelta una risa débil.

—Prometiste dejar de decir lo de «demasiado guapo».

—Prometí intentarlo.

—Mala promesa.

—Promesa sincera.

Anne se aparta y mira a su amiga.

—Eso lo dijo él.

Mia arquea las cejas.

—Pues claro que lo dijo.

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

—Lo ha dicho tu ceja.

Mia levanta las manos.

—Mi ceja solo está ahí.

Anne niega con la cabeza, pero sonríe.

Durante unos minutos, se mueven como si aquello fuera una boda normal.

Mia va ordenando el maquillaje sobre la cómoda, se queja de la mala luz, le recoge parte del pelo a Anne con horquillas y luego se lo vuelve a soltar porque decide que así le queda mejor.

Anne se come medio pan de queso bajo amenaza directa.

Contesta a los mensajes de su madre. Confirma la hora de llegada del coche.

Intenta no pensar en el nuevo apellido que llevará a partir de esta mañana.

Señora Montgomery.

La idea es tan extraña que por poco se le corre el rímel.

—No te muevas —se queja Mia—. Parpadeas como si intentaras mandar un mensaje en código morse.

—Perdón.

—¿En qué piensas?

Anne mira su reflejo.

El pelo castaño suelto, en suaves ondas. Maquillaje discreto. Labios sonrosados. El vestido blanco todavía colgado detrás de ella.

—El apellido.

Mia lo entiende.

—No tienes que cambiarlo oficialmente, ¿verdad?

—No. Según el contrato, no. Pero todo el mundo me llamará así.

—Señora Montgomery.

Anne cierra los ojos.

—Horrible.

—Mentirosa. Suena poderoso.

—Suena a alguien que sabe qué tenedor usar en una cena de gala.

—Ya aprenderás.

—Si apenas puedo con la verja de mi madre.

Mia le sonríe en el espejo.

—Richard tampoco pudo.

Anne no puede evitar acordarse.

Richard ante la verja, serio, ofendido por una simple estructura metálica. Richard con un ramo de margaritas en la mano. Richard en la cocina de su madre, fuera de lugar y atento. Richard diciendo que Anne no se doblegaba para que él pareciera más grande.

El recuerdo la reconforta.

Y le duele.

Porque era mentira.

No del todo, insiste una parte de ella.

Anne se levanta demasiado deprisa.

—Tengo que ponerme el vestido.

Mia la observa un segundo, pero no dice nada.

…

Helen Bennett llora al ver a Anne lista.

Anne sabe que su madre llorará. Se prepara para ello. Se repite mentalmente que es normal, que las madres lloran en las bodas, que las lágrimas no son culpa, que podrá con esto.

No sirve de nada.

Helen se lleva una mano a la boca en cuanto Anne sale del dormitorio vestida, y los ojos se le llenan de lágrimas al instante, sinceras y devastadoras.

—Hija mía —susurra.

Anne sonríe, pero su sonrisa tiembla.

—Mamá, no llores.

—Estás preciosa.

—Solo es un vestido sencillo.

—Es mi hija vestida de novia.

Las palabras atraviesan a Anne de parte a parte.

Vestida de novia.

No vestida para un contrato.

No vestida para una estrategia.

Una novia.

Helen se acerca y le alisa un mechón de pelo con dedos suaves.

—Tu padre estaría muy orgulloso.

Anne cierra los ojos.

La culpa llega como una ola.

Fuerte.

Casi suficiente para derribarla.

—Mamá…

—Lo sé. —Helen le sostiene el rostro entre las manos—. Sé que todo va muy rápido. Sé que tienes miedo. Pero vi cómo te miró aquel día.

Anne abre los ojos.

—¿Lo viste?

Helen sonríe.

—Cariño, puede que no entienda de empresas, testamentos y hombres ricos, pero sé reconocer cuándo un hombre está pendiente. Richard está pendiente de ti.

Anne no sabe qué decir.

Porque esa es la parte más peligrosa: Helen tiene razón.

Richard presta atención.

Y Anne no sabe si eso mejora o empeora la mentira.

—Es… difícil —dice Anne.

Helen ríe por lo bajo.

—Tú también.

—Mamá.

—Lo digo con cariño.

Mia aparece detrás de ellas.

—Como testigo imparcial, puedo confirmarlo.

Anne les lanza una mirada a las dos.

—Maravilloso. Mi boda falsa…

Se detiene.

Se le hiela la sangre.

Helen frunce el ceño.

—¿Qué?

Mia abre los ojos de par en par.

Anne siente que se le para el corazón.

—Mi boda… ha ido todo tan deprisa —se corrige, y fuerza una risa que ojalá suene natural—. A veces casi parece falsa. De los nervios.

Helen la observa un largo instante.

Demasiado largo.

Anne contiene el aliento.

Entonces su madre le toca la mano.

—Todas las bodas dan miedo al principio.

Anne traga saliva.

—Sí.

Mia se acerca y coge el bolso.

—Muy bien. Antes de que la novia se desmaye de emoción, de culpa, de hambre o de las tres cosas a la vez, tenemos que irnos.

Helen sonríe, pero sigue mirando a Anne.

—¿Eres feliz?

La pregunta cae en la habitación como algo vivo.

Anne piensa en mentir.

Piensa en decir «sí» con la soltura de una mujer enamorada, segura, a punto de empezar una vida. Pero su madre le conoce la cara. Conoce sus evasivas. Conoce cada tono de su voz.

Así que Anne elige una verdad que quepa dentro de la mentira.

—Tengo miedo —responde—. Pero creo que estoy tomando una decisión importante.

Helen le aprieta la mano.

—Entonces tómala con el corazón despierto.

Anne está a punto de llorar.

Porque su corazón está despierto.

Ahí está el problema.

…

La ceremonia se celebra en una sala discreta y preciosa, reservada para la ocasión, en la última planta de un pequeño club privado que ha elegido Daniel.

No hay un enorme salón de baile. Ni prensa. Ni miembros del consejo. Nada que convierta la boda en un espectáculo antes de tiempo. Solo un espacio luminoso, con grandes ventanales, flores blancas y unas cuantas sillas.

Íntimo.

Y precisamente por eso, peligroso.

Cuando Anne llega, Daniel ya está allí, ajustándose algo del reloj. Lleva un traje oscuro y una expresión que intenta equilibrar la profesionalidad con una emoción apenas contenida.

—Anne —dice, acercándose—. Estás preciosa.

—Gracias.

—¿Y consciente?

—Por desgracia.

—Bien. Las bodas requieren cierto grado de conciencia.

Mia cruza los brazos.

—¿Tú eres el abogado?

—Daniel Hart.