Casada con el multimillonario Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Solo para decirle, de algún modo, que sabe cuánto le está costando todo esto.

No la toca.

Todavía no.

Helen se seca discretamente el rabillo del ojo.

—Lo siento. Es que... Anne siempre ha cargado con todo ella sola. Incluso cuando era pequeña, quería arreglar el mundo entero antes que pedir ayuda.

—Mamá —susurra Anne.

—Es verdad.

Richard mira a Anne.

Ella no mira a su madre. Tiene la mirada puesta en la alfombra, como si cada palabra fuera a la vez un peso y una caricia.

—No quiero que se pierda a sí misma cuidando de los demás —continúa Helen, mirando ahora a Richard—. Si quieres casarte con mi hija, tienes que saberlo.

Richard percibe la advertencia.

Es cortés.

Pero firme.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Estoy aprendiendo.

A Helen parece gustarle más esa respuesta que una certeza prefabricada.

Anne lo mira entonces.

Durante un segundo, la farsa no basta para cubrir lo que pasa entre ellos.

Culpa.

Miedo.

Gratitud.

Peligro.

Richard vuelve a mirar a Helen antes de acercarse demasiado a algo que todavía no debería existir.

—Señora Bennett.

Helen se endereza en el sillón.

Richard se pone de pie.

Con ese movimiento, todo se vuelve de golpe demasiado real.

Anne también se levanta, con los ojos muy abiertos.

—Richard...

La mira una vez.

Luego, a Helen.

No se arrodilla. Sería demasiado teatral, y Anne probablemente lo asesinaría con una mirada. Pero se queda de pie ante la madre de ella, serio, sujetándose las propias manos para no parecer tan incómodo como se siente.

—Sé que todo esto parece precipitado —empieza—. Y sé que no tengo ningún derecho a pedirte que confíes en mí solo porque Anne confíe lo bastante como para traerme aquí.

Anne contiene la respiración.

Richard continúa:

—Respeto a tu hija. Respeto su inteligencia, su valentía y la forma en que protege a las personas que quiere. Sé que no toma decisiones importantes sin pensar en a quién puede afectar. Por eso no quería hacer esto sin mirarte antes a los ojos.

Helen se lleva una mano al pecho.

Anne está muy callada a su lado.

—Me gustaría casarme con Anne —dice Richard, y allí la frase suena distinta de como sonaba en la sala de juntas. Menos a contrato. Más a riesgo—. Y me gustaría pedirte tu bendición.

El silencio que sigue se hace largo.

Richard se ha enfrentado a consejos de administración hostiles, accionistas furiosos, negociaciones de miles de millones. Nada se compara con esperar la respuesta de Helen Bennett en un salón corriente que huele a bizcocho de naranja, con margaritas en la mesa.

Helen mira a Anne.

—¿Es esto lo que quieres, cariño?

La pregunta no es para él.

Es para ella.

Anne palidece por un instante.

Richard sabe que la culpa acaba de alcanzarla.

Podría decir que no.

Podría acabar con todo allí mismo.

Él no se lo impediría.

Anne lo mira.

Y Richard se da cuenta, con una especie de incomodidad punzante, de que quiere que diga sí.

No solo por el acuerdo.

No solo por la empresa.

Quiere oírlo.

Anne se vuelve hacia su madre.

—Sí —responde en voz baja—. Sí, quiero.

La mentira tiembla.

Pero no se rompe.

Helen cierra los ojos un instante.

Cuando los abre, están llenos de lágrimas.

—Entonces tienes mi bendición.

Anne suelta el aire como si llevara minutos conteniéndolo.

Richard también.

Helen se pone de pie y abraza primero a su hija.

Anne se aferra a ella con fuerza.

Richard observa la escena con la sensación de encontrarse en un sitio donde no tiene derecho a estar.

Entonces Helen se aparta de su hija y lo mira.

—Ven aquí.

Richard se queda quieto.

Anne casi sonríe a pesar de la emoción.

—Te está diciendo que la abraces, Montgomery.

—Lo entiendo.

Da dos pasos y Helen lo abraza.

Richard no está preparado.

Se queda rígido el primer segundo. Luego, con cuidado, le pone una mano en la espalda. Helen es menuda, pero su abrazo tiene una firmeza que no pide permiso. El abrazo de una madre. Directo, cálido, confiado antes de que nadie se lo haya ganado.

—Cuida de ella —dice Helen, en voz lo bastante baja para que solo él la oiga.

Richard mira a Anne por encima del hombro de su madre.

Anne tiene los ojos húmedos.

Esa expresión lo golpea.

—Intentaré merecer esa confianza —responde.

No dice: «Cuidaré de ella».

Esas palabras serían demasiado.

Pero, por primera vez, la idea no le parece solo parte del papel.

...

Cuando se despiden, fuera la noche ya ha oscurecido más.

Helen insiste en que Anne se lleve tarta a casa. Anne protesta. Helen se sale con la suya. Richard descubre que, en aquella casa, Anne no es la única mujer a la que cuesta llevar la contraria.

En el porche, Helen vuelve a abrazar a su hija.

—Luego hablaremos tranquilamente —dice.

Anne asiente, tratando de sonreír.

—Claro.

Richard percibe que Anne teme esa conversación pendiente.

Él también.

Helen acaricia el rostro de su hija con ternura.

—Pareces feliz y asustada.

Anne ríe con suavidad.

—Puede que lo esté.

—Es normal.

Richard aparta la mirada.

Porque eso sí que parece una mentira cruel. Helen interpreta el miedo como la ilusión de una novia. No como culpa, un contrato y veinte millones de dólares.

Anne abraza a su madre una vez más.

Entonces los dos caminan hasta la verja.

La misma verja.

Richard se detiene ante la verja.

Anne se ríe, a pesar de todo.

—¿Quieres volver a intentarlo?

—Preferiría conservar mi dignidad.

—Demasiado tarde.

Empuja con la cadera y la verja se abre.

Richard pasa.

En la acera, el aire es más frío. El coche está aparcado unos metros más adelante. Ninguno de los dos se mueve enseguida.

La casa resplandece a sus espaldas.

Anne sostiene el recipiente con la tarta con ambas manos.

—Lo has hecho bien —dice.

Richard la mira.

—¿Bien?

—No a la perfección. Pero bien.

—¿Es un cumplido?

—No te emociones.

Casi sonríe.

El silencio regresa, pero no está vacío.

Anne mira la casa.

La culpa reaparece en su rostro.

—Se lo ha creído.

Richard sigue su mirada.

—Sí.

—Eso debería aliviarme.

—¿Y no te alívia?

Anne se ríe sin ganas.

—No. Lo empeora todo.

Richard lo entiende.

Más de lo que le gustaría.

—Lo siento.

Ella lo mira, sorprendida.

—¿Por qué?

—Por haber hecho necesario mentirle.

Anne se queda completamente inmóvil.

—No has sido tú solo quien lo ha hecho necesario.

—Pero la propuesta la traje yo.

—Y yo accedí a considerarla.

—Porque necesitas algo.

Son palabras medidas.

Ni una casa. Ni dinero. Ni debilidad.

Algo.

Anne lo nota.

—Sí —responde sencillamente.

Richard se fija en las manos de Anne sobre el recipiente de la tarta. Tiene los dedos tensos.

Extiende la mano despacio.

Anne advierte el movimiento y alza la vista.

Él se detiene antes de tocarla.

—¿Puedo?

La pregunta le cambia la expresión.

Tal vez porque no la ha tomado sin más.

Ha pedido permiso.

Anne vacila.

Después, despacio, le ofrece la mano que tiene libre.

Richard la toma.

El contacto es sencillo.

Debería serlo.

La mano de ella es más pequeña que la de él y es cálida a pesar del aire frío. Tiene los dedos ligeramente ásperos, las manos de alguien que trabaja, escribe, acarrea bolsas y sostiene cosas que no debería tener que sostener sola. Richard le envuelve la mano con la suya, con cuidado.

Anne mira sus manos unidas.

—¿Mi madre nos está observando desde la ventana? —pregunta en voz baja.

Richard no se vuelve.

—Probablemente.

—Entonces tiene sentido.

—Sí.

Pero no la suelta.

Pasa un segundo.

Después, otro.

El gesto ya ha cumplido su propósito.

Aun así, Richard le sigue sosteniendo la mano.

Anne no se aparta.

El silencio entre ellos vuelve a espesarse, pero es distinto del de la sala de juntas. Más silencioso. Más peligroso.

—Richard —dice ella, casi como una advertencia.

Él la mira.

—Anne.

El nombre le sale con suavidad.

La distancia entre ellos parece menor de lo que debería, aunque ninguno de los dos se ha movido.

Anne respira hondo.

—Eso ha parecido demasiado real.

Richard no pregunta a qué se refiere.

Lo sabe.

Las palabras dirigidas a Helen. La propuesta. La bendición. El abrazo. La mano.

Todo.

—Así fue —admite.

Anne cierra los ojos un instante.

Cuando los abre, hay algo vulnerable en ellos.

—Tenemos que recordar qué es esto.

Richard debería decir: un acuerdo.

Debería reforzar la estructura, los límites, la duración, los dormitorios separados, la falta de implicación emocional.

Pero ella sigue con la mano en la suya.

Y la palabra «acuerdo» parece demasiado pobre para lo que acaba de pasar en esa casa.

Aun así, dice:

—Lo haremos.

Anne no parece convencida.

Quizá porque él tampoco lo está.

Finalmente, ella retira la mano despacio.

Richard la deja.

El frío llena de inmediato el espacio.

—Buenas noches, Richard —dice.

—Te llevo a casa.

—No tienes por qué.

—Lo sé.

Ella lo mira.

Él añade:

—Voy a hacerlo de todos modos.

Anne parece dispuesta a discutir.

Luego mira la casa, la ventana donde puede que Helen esté mirando de verdad, y suspira.

—De acuerdo.

Richard le abre la puerta del coche.

Anne sube con el recipiente de la tarta en el regazo.

Antes de cerrar la puerta, mira una vez hacia la casa.

Helen está en la ventana.

Alza una mano en un breve saludo.

Richard le devuelve el saludo.

Después sube al coche y arranca el motor.

A su lado, Anne permanece en silencio.

Tiene la mano apoyada en el recipiente, pero Richard sabe que los dos están pensando en el mismo roce.

Demasiado largo.

Solo un instante de más.

Y quizá ese sea el primer problema real de ese matrimonio.

Porque la mentira ya ha empezado a encontrar rincones donde parece verdad.