Capítulo 9 #2
Toda la casa parece hecha de gestos así.
Helen sirve el café.
—Anne me ha dicho que llevan un tiempo trabajando juntos.
—Sí —responde Richard.
—Y que eres muy exigente.
Anne cierra los ojos.
—Mamá.
—¿Qué? Solo estoy dando conversación.
Richard sostiene la taza.
—Ha sido generosa en la descripción.
Helen sonríe.
—Entonces, ¿eres más exigente de lo que ha dicho ella?
—Probablemente.
—¿Y mi hija puede con ello?
Richard mira a Anne.
Ella alza la barbilla, como si esperara que dijera algo inoportuno.
—Anne no se limita a poder con ello —responde—. Lo asume.
El silencio que sigue es breve, pero profundo.
Helen mira a su hija.
Anne mira su taza.
Richard se da cuenta demasiado tarde de que le ha salido menos ensayado de lo que debería.
Helen apoya los codos en la mesa.
—¿Lo asume?
—Sí.
—¿Eso es bueno?
Richard lo piensa.
Con cuidado.
—No siempre para mí. Casi siempre para la empresa. Para ella... creo que es inevitable.
Anne alza la mirada.
Helen pregunta con suavidad:
—¿Por qué?
Richard podría decir algo preparado.
Porque Anne es competente.
Porque trabaja estrechamente con él.
Porque pasar tiempo juntos les ha descubierto puntos en común.
Palabras seguras.
Pero Anne lo está mirando.
Y bajo esa mirada, las mentiras ensayadas parecen peores que las verdades a medias.
—Porque no puede fingir que algo está bien cuando no lo está —dice—. Aunque eso la ponga en una situación difícil.
Helen guarda silencio.
Anne también.
Richard siente el peso de sus propias palabras y decide beber café para tener la boca ocupada.
El café es fuerte. Sencillo. Bueno.
—Eso es muy propio de mi hija —dice Helen.
Anne remueve el café con la cucharilla.
—Mamá...
—Es verdad.
Richard vuelve a mirar a su alrededor. La cocina pequeña. Las cortinas sencillas. El bizcocho de naranja en la encimera. La mesa que Anne ha tocado como si tocara un recuerdo.
Entonces comprende que esta propuesta no se trata tanto de convencer a Helen como de abrirse camino en la vida de Anne sin destruirla en el proceso.
Darse cuenta de eso lo inquieta.
Porque lo obliga a tener cuidado.
Y el cuidado no es una herramienta que domine especialmente.
...
Un poco más tarde, el bizcocho sale del horno.
Helen insiste en que Richard pruebe un trozo.
Él acepta.
Anne lo observa como si esperara que no supiera comer bizcocho sin cubiertos. Richard coge el tenedor sencillo y da un bocado.
Está bueno.
De verdad.
—Excelente —dice.
Helen sonríe.
—A Anne siempre le ha gustado.
—Aún me gusta —responde Anne.
—Ahora dices que no comes dulces entre semana.
—Porque normalmente no tengo tiempo.
Richard la mira.
La frase suena corriente, pero él recuerda las barritas de cereales, los cafés olvidados, la palidez, la galleta que cenó. Recuerda haberle dicho que comiera. Recuerda cómo se defiende incluso de su propia hambre.
—Debería tener tiempo —dice Richard.
Anne se vuelve hacia él.
—¿Tiempo?
—Sí.
—No es algo que encuentres en el fondo de un cajón.
—A veces es algo que alguien tiene que devolverte.
La frase le sale antes de que él mismo esté seguro de lo que significa.
Helen los observa a los dos.
Anne también.
Richard siente que acaba de pisar terreno inestable.
—Me refería a que la rutina de la oficina se puede ajustar —añade, en un intento de recuperar el control—. Anne asume demasiadas responsabilidades.
—¿Eso hago? —pregunta Anne.
—Eso haces.
—Qué interesante, viniendo del hombre que manda revisiones de informes a las cinco y cuarenta y siete de la mañana.
Helen enarca las cejas.
—¿A las cinco y cuarenta y siete?
Richard mira a Anne.
—Llevas la cuenta de las horas.
—Cuando son traumáticas, sí.
Helen intenta disimular una sonrisa.
Richard debería defenderse.
En cambio, dice:
—Ese plazo no era razonable.
Anne parpadea.
—¿Qué?
—La revisión de esa mañana. No era razonable.
Anne lo mira fijamente, como si de pronto hablara otro idioma.
—¿Te estás disculpando?
—Estoy reconociendo un error.
—¿Hay alguna diferencia?
—Sí.
—Qué cómodo.
Richard casi sonríe.
Helen, en cambio, no se ríe. Lo observa con atención.
—¿Siempre reconoces cuando te equivocas?
Richard podría mentir.
No debería.
—No tan rápido como debería.
Anne baja la vista al plato.
La respuesta parece agradar a Helen.
—Al menos lo sabes.
—Anne suele señalármelo.
—Me lo imagino.
—Exactamente.
—Eso también me lo imagino.
Anne los mira a ambos.
—Estoy aquí.
Helen le toca la mano.
—Lo sé, cariño.
El gesto es sencillo.
Richard mira antes de poder evitarlo.
La mano de Helen sobre la de Anne. Anne no se aparta.
De hecho, sus dedos se cierran un poco alrededor de los de su madre.
Una muda petición de consuelo. Una intimidad tan natural que Richard siente una extraña incomodidad; no es exactamente envidia, sino el reconocimiento de algo que perdió demasiado pronto.
Su madre solía hacer eso.
Le tocaba la mano cuando quería hacerle saber que estaba ahí.
Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella de esa manera. No con detalle. No con el recuerdo del calor de sus dedos.
Richard desvía la mirada hacia el café.
Anne se da cuenta.
Lo sabe porque, cuando vuelve a mirarla, ella le mira la cara con una ternura inesperada.
Eso es peor.
...
Después del café, Helen los conduce al salón.
Richard se sienta en el sofá, que parece demasiado bajo para su estatura, y sostiene la taza con cuidado. Anne se sienta en el sillón que hay a su lado, lo bastante cerca para que la farsa resulte creíble, lo bastante lejos para evitar cualquier roce accidental.
Helen se sienta frente a ellos.
Y entonces su expresión cambia.
La amabilidad sigue ahí.
Pero ahora, detrás de esa amabilidad, hay una madre.
—Bueno —dice Helen—, imagino que sabéis que quiero entender esto mejor.
Anne se pone tensa.
Richard lo nota.
—Por supuesto —responde él.
Helen mira a su hija.
—Anne me ha contado que os fuisteis acercando en el trabajo.
Anne esboza una sonrisa leve.
—Sí.
—Y que decidisteis casaros.
Silencio.
Richard deja la taza sobre la mesa de centro.
—Sí.
Helen vuelve los ojos hacia él.
—¿Por qué tan deprisa?
Anne contiene el aliento.
Richard ha ensayado esta parte. En el coche.
En el ascensor. Antes de tocar la verja que no se abría.
La respuesta estaba preparada: «Cuando dos adultos reconocen que hay una conexión seria, el tiempo pierde importancia».
Daniel lo habría detestado. Anne habría puesto los ojos en blanco. Helen, probablemente, no se lo creería.
Así que no lo dice.
—Porque pasé mucho tiempo creyendo que el trabajo era suficiente —dice Richard despacio—. Y cuando me di cuenta de que Anne se había vuelto importante para mí, la verdad es que no sabía qué hacer con eso.
Anne se vuelve para mirarlo.
Su sorpresa es tan evidente que Richard tiene que recordarse que debe continuar.
—Se me dan bien las decisiones profesionales. No se me da tan bien... —Busca una palabra que no parezca sacada de un manual—. Dejar que alguien entre en mi vida.
Helen no aparta la mirada.
—¿Y Anne entró?
Richard mira a Anne.
Está inmóvil.
La pregunta es sencilla.
La respuesta debería ser falsa.
Pero lo que le viene a la cabeza es demasiado cierto.
Anne entró en su rutina antes de que él se diera cuenta. En su horario. En sus reuniones. En sus decisiones. En sus pensamientos después del trabajo. Entró como una empleada eficiente y se quedó como una presencia que busca con la mirada tras la pared de cristal de su despacho.
Richard traga saliva.
—Sí —dice.
La palabra cae con suavidad.
Anne entrelaza los dedos sobre el regazo.
Helen observa a su hija antes de volver a mirar a Richard.
—¿Y cuándo empezasteis a gustaros?
Anne está a punto de interrumpir. Richard lo nota por cómo se mueve.
Richard responde primero.
—Creo que Anne empezó a aguantarme antes de que yo le gustara.
Helen sonríe.
Anne deja escapar un sonido de indignación.
—Richard.
Él la mira.
—Estoy intentando parecer humano.
Las palabras se le escapan.
Helen se ríe.
Anne se sonroja.
Richard se da cuenta demasiado tarde de que eso delata una conversación anterior. Una intimidad entre bastidores. Un detalle que no formaba parte del guion.
Pero quizá eso ayude.
Helen pasea la mirada de uno a otra, y su sonrisa suaviza algo en la habitación.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Cuándo empezó a gustarte?
Richard debería decir: «A mí también me pasó poco a poco».
Seguro.
Neutral.
Pero vuelve a mirar a Anne.
Y, una vez más, la respuesta ensayada pierde fuerza.
—Cuando me di cuenta de que no me tenía miedo.
La expresión de Anne cambia.
Richard continúa, porque ya no sabe cómo parar sin resultar todavía más falso.
—Mucha gente me da la razón antes de pensar si la tengo. Anne no. Me corrige. Discute conmigo. Me sostiene la mirada incluso cuando está cansada. No intenta hacerse más pequeña para que yo parezca más grande.
Helen guarda silencio.
Anne también.
Richard nota que le baja la voz.
—Es valiente. Directa. Leal. A veces, insoportablemente tozuda.
Anne abre la boca.
Él se adelanta:
—Pero casi siempre tiene razón.
La habitación parece contener el aliento.
Helen mira a su hija con los ojos brillantes.
Anne se queda mirando a Richard como si acabara de darle algo que no ha pedido y no sabe dónde poner.
Se da cuenta de que ha dicho demasiada verdad.
Pero no puede arrepentirse del todo.
—¿Y eso hizo que te enamoraras de ella? —pregunta Helen.
La palabra «enamorarse» debería ser solo parte de la farsa.
No debería volver el silencio tan denso.
Richard siente a Anne esperando su respuesta.
Siente que todo el acuerdo está esperando.
Siente, desde algún lugar lejano, a su abuelo riéndose de esta situación absurda.
Mira a Helen.
A los ojos.
Como le pidió Anne.
—Me hizo escuchar —dice—. Y, para mí, quizá ese fue el principio.
Anne respira casi imperceptiblemente.
Richard lo oye de todos modos.
Helen se lleva una mano a la boca durante un segundo, conmovida.
—Mi hija se merece a alguien que la escuche.
—Lo sé.
La respuesta llega de inmediato.
Sincera.
Anne baja la mirada.
Richard repara en que ella tiene las manos fuertemente entrelazadas.
Le gustaría tocárselas.
La idea lo sorprende.
No como estrategia. No para interpretar un papel.