Casada con el multimillonario Capítulo 9
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Capítulo 9

La propuesta

Richard Montgomery compra margaritas a las seis y cuarenta y tres.

Dicha en voz alta, esa frase sonaría lo bastante absurda para dar por terminada una reunión.

Está de pie en una pequeña floristería al final de una calle concurrida, con el traje menos intimidante que pudo encontrar en su armario. Lo que, según Daniel, sigue siendo «un hombre poderoso intentando parecer accesible en un anuncio de banca privada».

Richard ignoró el comentario.

Pero cambió la corbata oscura por una azul más clara.

Y ahí sigue, de pie ante unos cubos llenos de flores, escuchando a una dependienta que le explica la diferencia entre las margaritas blancas, las amarillas y un arreglo de estilo campestre que, según ella, «parece cariñoso, pero sin pasarse».

Cariñoso, pero sin pasarse.

Anne aprobaría esa descripción.

O haría algún comentario sobre las flores y su crisis de identidad emocional.

Richard mira el arreglo.

—Ese —dice.

La dependienta sonríe.

—¿Es para alguien especial?

Richard calla medio segundo.

Especial.

La palabra no forma parte del acuerdo.

El acuerdo tiene términos. Condiciones. Plazos. Importes. Garantías. Cláusulas. No tiene espacio para palabras inestables como «especial».

—Son para la madre de mi prometida —responde.

La frase sale limpia.

Casi convincente.

Aun así, algo se le mueve dentro al oírla.

«Mi prometida».

Richard paga, coge las flores y sale de la tienda antes de que la dependienta pueda hacerle otra pregunta demasiado humana.

El chófer espera de pie junto al coche, pero Richard decide conducir él mismo.

No sabe muy bien por qué. Tal vez porque llegar a casa de la madre de Anne con chófer sería justo el tipo de cosa que Anne clasificaría como «intimidación logística».

Tal vez porque necesita controlar al menos el trayecto.

Tal vez porque hay algo en este encuentro de lo que no quiere demasiados testigos.

Coloca las flores en el asiento del copiloto.

Margaritas.

Bizcocho de naranja.

Mírala a los ojos.

No conviertas a mi madre en un informe.

Richard apoya las manos en el volante unos segundos antes de arrancar.

La mañana siguiente a la condición de Anne, Daniel se había pasado veinte minutos dándole consejos que Richard no le había pedido.

—No hables como si estuvieras presentando una fusión.

—No le digas a su madre «tengo intención de respetar los términos».

—No llames a la propuesta «un paso preliminar».

—No uses la palabra «plausible».

Richard solo había aceptado una de las sugerencias: no llevar a Daniel.

Anne también había sido clara en eso.

—Irás solo.

—¿Y tú? —preguntó él.

—Yo ya estaré allí.

—Eso no es ir solo.

—Para ti es toda la soledad emocional que estoy dispuesta a permitir.

Richard todavía no sabe si aquella frase fue una amenaza, una broma o un diagnóstico.

Probablemente las tres cosas.

Arranca el coche.

El GPS indica que tardará veintiocho minutos en llegar a la dirección que Anne le ha enviado.

Una casa en un barrio modesto, lejos de las torres de cristal donde Richard pasa la mayor parte de su vida.

Mientras conduce, la ciudad cambia. Las avenidas anchas dan paso a calles más estrechas.

Las fachadas, menos pulidas. Las aceras, más desiguales. Las luces, más cálidas.

Richard se fija en todo.

No por juzgarlo.

Sino por la sensación de no pertenecer.

Está acostumbrado a entrar en salas donde conoce las reglas antes de que nadie abra la boca. Cenas, consejos de administración, negociaciones, audiencias, galas. Sabe dónde sentarse, cuándo hablar y cómo ganar.

Pero no sabe cómo pedir la mano de una mujer que en realidad no es suya a una madre que merece escuchar algo verdadero.

Ese es el problema.

La mentira tiene que parecer humana.

Anne exigía un mínimo de humanidad.

Richard aprieta el volante con más fuerza.

Nada en ese acuerdo debería exigirle tanto antes incluso de haberlo firmado.

Cuando aparca en la calle indicada, tarda unos segundos en apagar el motor.

La casa es sencilla. Verja verde, porche pequeño, la luz de la cocina encendida, macetas junto a la entrada. Hay allí algo que no se compra por metros cuadrados. Una especie de permanencia.

Richard comprende de inmediato por qué Anne está desesperada.

Y odia haberlo entendido demasiado tarde.

Coge las margaritas, sale del coche y cierra la puerta.

La verja se atasca cuando intenta abrirla.

Richard empuja.

Nada.

Mira el pestillo, calcula el ángulo y vuelve a intentarlo.

La verja sigue firme, como si guardara la casa con más dignidad que sus propios herrajes.

—Tienes que empujarla con la cadera.

La voz de Anne llega desde el porche.

Richard alza la vista.

Está apoyada en el poste de la entrada, con un vestido azul oscuro muy sencillo y una expresión que mezcla nerviosismo, desafío y una diversión mal disimulada. Lleva el pelo suelto sobre los hombros. Nada en ella parece calculado para impresionar.

Aun así, Richard se olvida de la verja un segundo.

—¿Con la cadera? —pregunta.

—Sí.

—Eso no es un método.

—Es una tradición familiar.

—Las casas deberían abrirse con mecanismos, no con rituales.

—Bienvenido al mundo real, Montgomery.

Baja dos escalones, recorre el caminito y empuja la verja con la cadera. La estructura cede al instante.

Richard mira el metal.

Luego la mira a ella.

—No le caigo bien.

Anne le quita las flores de la mano antes de que pueda impedírselo.

—Tiene buen instinto.

La respuesta debería irritarlo.

En cambio, algo se le destensa.

Ella mira las margaritas.

Le cambia la expresión.

Solo un poco. Pero Richard lo nota.

—Te acordaste.

—Margaritas. Bizcocho de naranja. Mírala a los ojos.

Anne alza la vista.

—Te dije que no convirtieras a mi madre en un informe.

—Dije que intentaría no equivocarme.

Por un instante, la ironía se le cae. Debajo queda algo más dulce. Más peligroso.

—Está nerviosa —dice Anne.

—¿Cuánto le has contado?

—Lo suficiente.

—¿Qué significa eso?

—Que eres mi jefe, que nos hemos ido acercando en el trabajo, que sé que parece precipitado, pero que quería que te conociera antes de tomar ninguna decisión.

Richard le estudia la cara.

—¿Y te creyó?

Anne suelta una risa seca, sin humor.

—Mi madre me quiere. Y eso la lleva a intentar creerme aunque mi historia suene absurda.

La culpa le asoma a los ojos antes de que consiga esconderla.

Richard siente que algo se le tensa en el pecho.

—Anne…

—No. —Niega con la cabeza—. Si vas a decirme que todavía puedo echarme atrás, ya lo sé. Si vas a decirme que nada cambia, ya lo sé. Si vas a intentar portarte bien, hazlo ahí dentro, por favor, mirándola a la cara.

Él acepta la orden con un gesto de cabeza.

Anne respira hondo.

—Y, Richard…

—¿Sí?

—No seas demasiado perfecto.

Él frunce el ceño.

—¿Cómo?

—Mi madre sospecharía.

—Quieres que sea imperfecto.

—Quiero que parezcas humano.

Richard la mira.

Anne le sostiene la mirada, pero le tiembla la respiración.

—Hazlo lo mejor que puedas —añade.

La frase es un eco de sus mensajes.

Esta vez, él responde:

—Lo haré.

Sin el «lo mejor que pueda».

Anne se da cuenta.

Y quizá por eso es ella quien aparta la mirada primero.

…

Helen Bennett recibe a Richard en la puerta con una sonrisa educada y una mirada atenta.

Richard comprende de inmediato de quién ha heredado Anne su capacidad de fijarse en demasiadas cosas.

Helen es más menuda de lo que imaginaba: el pelo recogido con sencillez, un vestido de color claro y una expresión dulce que no esconde su inteligencia. Desprende suavidad, pero no fragilidad. Su apretón de manos es firme. Su mirada, directa.

—Señor Montgomery.

—Richard, por favor. Es un placer conocerla, señora Bennett.

Helen mira las margaritas que sostiene Anne.

—Margaritas.

—Anne me ha comentado que le gustan.

Helen mira a su hija.

Anne juguetea incómoda con las flores.

—Lo comenté.

—Suele fingir que no presta atención a estas cosas —dice Helen al coger las flores—. Pero sí que la presta.

Richard mira a Anne.

—Me he dado cuenta.

Anne le lanza una mirada de advertencia.

Helen lo nota.

Claro que lo nota.

—Pasad —dice Helen—. El pastel está casi listo.

Richard entra tras ellas.

La casa es pequeña, cálida, viva. No hay lujos.

Hay fotografías. Libros en una estantería vieja.

Una manta doblada en el sofá. El olor a café y a pastel de naranja que llega de la cocina.

En la pared, una fotografía de una Anne más joven junto a su madre y a un hombre que, supone Richard, es su padre.

Anne sonríe con un diente de delante de menos.

Se detiene delante de la foto.

—¿Qué pasa? —pregunta Anne con recelo.

—Incluso sin un diente, ya parecías decidida.

Helen se ríe.

Anne se sonroja.

—Tenía diez años.

—Eso no invalida mi observación.

—¿Has venido a pedir mi mano o a analizar mi infancia?

—Me estoy documentando.

—Richard.

Helen vuelve a reírse, más relajada.

El sonido transforma la casa.

Richard se fija en que Anne también se relaja un poco al oír reír a su madre. La tensión de los hombros cede. Una cosa mínima. Una gran revelación.

Anne siempre está intentando proteger a esa mujer.

Y esa mujer probablemente lo sabe.

En la cocina, Helen pone las margaritas en un jarrón improvisado. Richard se ofrece a ayudar, pero acaba sujetando una fuente sin un motivo claro. Anne lo mira dos segundos y casi sonríe.

—Lo estás haciendo bien —murmura al pasar junto a él.

—¿Sujetando fuentes?

—Pareciendo fuera de lugar. Resulta convincente.

—Me dijiste que pareciera humano.

—Y lo estás consiguiendo. Los humanos somos inútiles en las cocinas ajenas.

Richard la mira.

—Estás disfrutando con esto.

—Un poco.

La cercanía dura poco. Está lo bastante cerca para que él perciba su perfume, algo ligero y limpio, mezclado con el olor a pastel que llega de la cocina. Lo bastante cerca para que la farsa se vuelva algo físico entre ellos.

Helen se da la vuelta y Anne se aparta deprisa.

No lo bastante deprisa para que Richard no lo note.

Los tres se sientan a la mesa.

La mesa oscura, llena de marcas, importante. Richard se fija en la mano de Anne, que pasa por encima de una marca circular junto al borde antes de que retire los dedos. Un gesto automático e íntimo.