Casada con el multimillonario Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Lo que no sabe manejar tan bien es a un hombre lo bastante poderoso para imponer casi cualquier cosa y que, aun así, elige escuchar.

—En cuanto a las apariciones públicas —dice Daniel mientras repasa los puntos—, lo ideal sería construir la imagen de una relación discreta antes de la boda. Nada exagerado. Quizá una cena donde os vea algo de gente, llegar juntos a un evento más pequeño...

—No —interrumpe Anne.

Richard la mira.

—¿No?

—No quiero convertir esto en una campaña.

Daniel inclina la cabeza.

—Necesitaremos alguna base pública.

—Una base, no un espectáculo.

Richard dice:

—Estoy de acuerdo.

Anne lo mira, sorprendida.

Él se limita a continuar:

—Cuanto menos nos expongamos antes, menos preguntas habrá después. Podemos decir que lo llevamos con discreción por la relación profesional.

Anne sopesa la idea.

—Tiene sentido.

—A veces lo consigo.

Se da cuenta demasiado tarde de que él ha hecho una broma.

Pequeña.

Seca.

Casi imperceptible.

Daniel sonríe como si acabara de presenciar un raro fenómeno astrológico.

Anne se muerde el interior de la mejilla para no sonreír también.

—No te vengas arriba —dice ella.

Richard inclina la cabeza.

—Nunca.

El ambiente vuelve a cambiar.

Estos pequeños intercambios deberían ser inofensivos. No lo son. Con cada uno, la mentira parece encontrar una pequeña verdad en la que apoyarse.

Eso no le gusta a Anne.

Se pone de pie.

—Tengo que volver al trabajo.

Richard también se levanta.

—Aún no hemos terminado.

—Lo sé. Pero tengo informes de verdad que entregar mientras decido si firmo este delirio tan bien maquetado.

Daniel murmura:

—Es excelente.

Richard lo ignora.

—Podemos continuar mañana con tu abogado.

—Primero cumplirás mi condición.

Richard se queda inmóvil.

—Anne.

—No.

—Todavía no he aceptado eso.

—Entonces yo tampoco he aceptado nada todavía.

Cierra los ojos un segundo, como si le pidiera paciencia a un dios con la agenda muy apretada.

—Pedirle tu mano a tu madre es...

—Teatral. Arcaico. Incómodo. Ya me lo han dicho.

—Es algo íntimo.

La palabra los sorprende a ambos.

Anne siente el impacto en el pecho.

Richard parece haberlo dicho antes de pasarlo por ningún filtro.

Por primera vez en varios minutos, Daniel no hace ningún comentario.

Íntimo.

Sí.

Lo es.

Precisamente de eso se trata.

Anne baja la voz.

—Mentirle a mi madre también lo es.

Richard la mira.

La tensión entre ellos se condensa en algo casi físico.

—¿Lo entiendes? —pregunta ella—. ¿De verdad?

Él tarda un segundo en responder.

—Estoy empezando a entenderlo.

Anne respira hondo.

—Entonces empieza por ahí.

Richard se pasa una mano por la mandíbula.

Mira a Daniel.

Daniel levanta las manos.

—No me mires a mí. Legalmente, pedirle a la madre de tu futura esposa la mano de su hija no infringe ninguna ley. Socialmente, puede que te salve el pellejo.

—Estás disfrutando con esto —le acusa Richard.

—Muchísimo.

Anne casi sonríe.

Richard vuelve a mirarla.

—¿Qué tendría que decir exactamente?

La pregunta es casi una rendición.

Anne siente algo cálido atravesarle el pecho, pero mantiene la expresión firme.

—La verdad posible.

—Eso es contradictorio.

—Bienvenido al matrimonio falso.

Daniel se ríe, aunque esta vez más bajo.

Anne continúa:

—Dirás que nos hemos ido acercando en el trabajo. Que me respetas. Que sabes que todo ha ido muy rápido, pero que no quieres hacer nada a espaldas de la persona más importante de mi vida.

Richard escucha.

No la interrumpe.

—Dirás que quieres casarte conmigo —añade Anne, y la frase casi se le quiebra en la boca—. Y que te gustaría contar con su bendición.

El silencio que sigue pesa.

No solo por la vergüenza.

Por la imagen.

La imagen de los dos frente a Helen. Richard en aquella casa modesta. La madre de Anne midiendo a aquel hombre imposible. Anne a su lado, sabiendo que cada palabra será una mentira y, quizá, no del todo.

Richard pregunta:

—Ella preguntará qué es lo que amo de ti.

Anne nota que se le enciende la cara.

—Probablemente.

—¿Y qué debería decir?

Su tono es demasiado bajo.

Demasiado serio.

Anne no puede apartar la mirada.

¿Qué iba a decir Richard Montgomery que amaba de ella?

Nada.

Porque él no la ama.

Claro que no.

Pero la pregunta le tensa algo por dentro, como si una parte insensata de ella quisiera saber la respuesta de todos modos.

—Eres inteligente —dice ella, práctica—. Sabrás improvisar.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tendrás antes del ensayo.

—¿Habrá un ensayo?

—Si depende de mí, sí. Está claro que lo necesitas.

Él casi sonríe.

Esta vez, Anne lo ve.

Y no puede evitar que se le suavice la boca un segundo.

Richard lo nota.

Cómo no.

La mirada de él baja a sus labios una fracción de segundo, tan fugaz que Anne casi puede fingir que lo ha imaginado.

Casi.

El calor le sube por el cuello.

Coge el bolso para mantener las manos ocupadas.

—¿Y bien? —pregunta con más firmeza—. ¿Aceptas o no?

Richard guarda silencio.

Demasiado tiempo.

Anne siente los latidos del corazón en los oídos.

Si se niega, todo termina.

Tal vez debería desear que así fuera.