Capítulo 7 #3
—Ha sido la respuesta de un hombre que cree que el dinero repara los daños de un impacto.
—El dinero resuelve problemas.
—Algunos. No todos.
—En su caso, podría resolver muchos.
Daniel se pone serio.
—Cuidado.
Richard se pone de pie.
—No lo digo para presionarla.
—Pero podría sonar así.
—Ella sabe que no.
—¿Lo sabe?
Richard no responde.
Daniel suspira.
—¿Qué más ha dicho?
—Que su madre no se creería jamás que se ha casado de repente con su jefe.
—Sensata.
—Que su madre no es una variable del contrato.
—Más sensata aún.
Richard mira a través de la pared de cristal. Anne habla por teléfono, probablemente con algún departamento interno. Su rostro es el de una profesional. Pero ahora sabe que, bajo esa compostura, hay cosas que no aparecen en los informes.
Madre.
Hogar.
Amiga.
Miedo.
Orgullo.
—La estás mirando —dice Daniel.
Richard se vuelve otra vez hacia él.
—Estoy mirando la planta.
—Claro. Y resulta que ella ocupa la planta entera.
—Daniel.
El abogado levanta las manos.
—Solo digo que la conversación ha cambiado.
—No ha cambiado.
—Para ti sí.
Richard siente crecer la irritación.
—Le estás dando demasiadas vueltas.
—Puede. Pero ayer hablabas de una solución. Hoy te preocupa si llegó bien a casa y si su madre se lo creería.
—Eso forma parte de la viabilidad del acuerdo.
—Forma parte de su vida.
Richard tensa la mandíbula.
Daniel continúa, más tranquilo:
—Estás empezando a ver la diferencia. Eso está bien. Pero también lo complica todo.
—No necesito que sea sencillo.
—Mentira. Necesitas que todo sea sencillo porque las cosas sencillas se pueden controlar.
Richard no responde.
Porque, una vez más, Daniel ha dado en el clavo con una precisión irritante.
—¿Aceptó hablar? —pregunta Daniel.
—Puede.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—Estupendo. Entonces mañana hazlo mejor.
—¿Ese es tu consejo legal?
—Ese es mi consejo de amigo. El legal viene después, cuando dejes de pisotearle los sentimientos con zapatos italianos.
Richard se mira los zapatos.
Daniel se ríe.
—Es una metáfora, Richard.
—Sé lo que es una metáfora.
—A veces lo dudo.
...
El resto del día transcurre con Richard irritado por lo consciente que es de la presencia de Anne.
Ella mantiene la compostura profesional. Entrega informes, contesta mensajes, entra y sale de despachos, habla con los compañeros, ordena documentos. No lo evita de forma evidente. Eso se notaría demasiado. Anne es más lista que eso.
Simplemente, crea distancia.
Responde lo justo. No lo pincha tanto. No le sostiene la mirada lo suficiente.
Richard echa de menos el sarcasmo de ella antes incluso de admitir que existe.
En una reunión breve, a última hora de la tarde, ella le entrega una carpeta y le explica un cambio en la agenda. Todo correcto. Todo objetivo. Ni un solo comentario afilado.
Eso le molesta.
—¿Algún comentario adicional? —pregunta él cuando ella termina.
Anne levanta la vista.
—No.
—¿Ninguno?
—La agenda está clara.
Daniel, sentado a su lado, baja la mirada para esconder su reacción, cualquiera que sea.
Richard lo ignora.
—Normalmente tienes comentarios.
—Intento preservar su tranquilidad, señor Montgomery.
Ahí está.
Un rastro.
Pequeño.
Pero ahí está.
—Mi tranquilidad no es tan frágil.
—No estoy de acuerdo, pero eso sería un comentario adicional.
Richard nota que la tensión de los hombros se le afloja un milímetro.
—Tomo nota.
Anne recoge los papeles.
Sus dedos casi se rozan sobre la carpeta.
Casi.
No llegan a tocarse.
Aun así, Richard se da cuenta.
Y, por cómo Anne aparta la mano, un poco demasiado rápido, ella también.
Daniel lo observa todo.
Richard decide que, si su amigo hace algún comentario, lo sacará de la sala por vía legal o física, la que resulte más eficaz.
Anne se marcha.
Daniel abre la boca.
—No —dice Richard.
Daniel la cierra.
Durante tres segundos.
—Pero...
—No.
—Vale.
Dos segundos más.
—Solo digo que...
—Hart.
Daniel sonríe.
—Mañana será interesante.
Richard mira la puerta por la que ha salido Anne.
«Interesante» se queda corto para lo que esa conversación podría llegar a ser.
Peligrosa, quizá.
Inevitable.
...
Esa noche, Richard regresa al apartamento más tarde de lo previsto.
La ciudad vuelve a estar iluminada. El apartamento, otra vez en silencio. El piano de su abuelo, otra vez cerrado. Todo igual.
Excepto él.
Richard se quita la chaqueta, se afloja la corbata y deja el móvil sobre la mesa de centro. No piensa escribirle a Anne. Ya ha dicho bastante. Quizá demasiado. Mañana, si ella viene, hablarán con calma, con documentos, límites y condiciones.
Abre la carpeta del acuerdo en la tableta.
Lee la primera página.
No asimila nada.
El móvil vibra.
Richard mira antes de poder fingir que no le importa.
Anne.
«Iré mañana».
Se queda inmóvil unos segundos.
El siguiente mensaje llega antes de que pueda responder.
«Pero solo para hablar».
Richard escribe:
—Entendido.
Ella responde:
—Y no quiero que Daniel hable por ti todo el rato.
Richard casi sonríe.
—Se quedará destrozado.
—Bien.
—¿Preferirías hablar sin abogado?
—No. Preferiría que hablaras como persona antes de que él hable como abogado.
Richard lee la frase.
Una persona.
Ni presidente. Ni heredero. Ni parte interesada. Ni hombre de contratos.
Una persona.
No sabe si Anne comprende la magnitud de lo que le pide.
Tal vez lo entienda perfectamente.
Richard responde:
—Haré todo lo posible.
—Es una mala promesa.
—Es una promesa honesta.
La respuesta llega enseguida.
—Entonces bastará.
Richard se queda mirando esas dos palabras.
Entonces bastará.
No es un sí.
No es aceptación.
No es rendición.
Pero es Anne accediendo a volver a entrar en la habitación.
Esta vez por voluntad propia.
Escribe:
—¿Mañana, a las nueve?
—A las diez. Antes tengo trabajo. Para ti también.
—Agradecería que fueras puntual.
—Yo agradecería que fueras humano.
Richard deja escapar una risa queda.
Solo.
En el apartamento silencioso.
Lo extraño del sonido lo hace detenerse.
Mira el piano de su abuelo y después el teléfono.
—A las diez —responde.
El mensaje de ella llega justo después.
—Buenas noches, Richard.
Nada de Montgomery.
Richard.
Se queda mirando el nombre de la pantalla demasiado tiempo.
Luego escribe:
—Buenas noches, Anne.
La conversación termina ahí.
Pero Richard sigue sentado, con el teléfono todavía en la mano, la tableta olvidada a su lado y la ciudad entera brillando ahí fuera.
La respuesta de ella llegará cara a cara.
Y, por primera vez desde que Daniel pronunció la palabra esposa, Richard comprende que presentar unas condiciones impecables no bastará.
Anne exigirá algo más que cláusulas.
Exigirá consideración.
Respeto.
Una mentira que no destruya la verdad de su vida.
Y quizá, aunque aún no esté dispuesto a admitirlo, exigirá que Richard Montgomery descubra cómo hablar con una mujer sin convertirlo todo en control.
Se recuesta en el sofá y cierra los ojos.
Doce meses.
Dormitorios separados.
Sin implicación emocional.
Una regla sencilla, sobre el papel.
Pero nada en Anne Bennett parece obedecer al papel.