Casada con el multimillonario Capítulo 7
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Capítulo 7

Veinte millones lo simplifican todo

Richard Montgomery no tiene la costumbre de mirar el móvil esperando una respuesta.

Eso es algo que hace otra gente.

Gente ansiosa. Gente insegura. Gente incapaz de entender que los mensajes son funcionales, objetivos y se responden cuando hay un motivo para responder.

Él no es una de esas personas.

Y, sin embargo, a las diez y diecisiete de la noche, está de pie frente a la ventana del apartamento, con la ciudad encendida bajo sus pies y el móvil en la mano, como si el aparato se hubiera convertido en una variable demasiado importante para ignorarla.

La pantalla muestra el último mensaje que ha enviado Anne Bennett.

«Ya estoy en casa. Aún no lo he pensado».

Y su respuesta.

«No te he preguntado eso».

Después de eso, nada.

Richard debería haber dejado el móvil a un lado.

Debería haber vuelto al informe de riesgos que le envió Daniel. Debería haber revisado las previsiones de Mercer Logistics. Debería haber abierto el expediente de la junta, leído los comentarios y preparado una estrategia para la próxima reunión. Había trabajo de sobra para pasar la noche entera.

Pero el problema no es la falta de trabajo.

El problema es Anne.

Bloquea la pantalla y deja el móvil sobre la mesa.

Diez segundos después, vuelve a mirarlo.

Ridículo.

Richard coge el café, ya frío, y se lo bebe igualmente. El sabor amargo va a juego con su humor.

La propuesta era necesaria.

Se lo repite a sí mismo con la precisión de quien revisa un contrato.

Necesaria.

Nada impulsiva. Nada personal. Nada emocional.

La cláusula existe. La junta lo presiona. El testamento vincula la presidencia permanente a una condición absurda. Daniel presentó una alternativa. Anne, dadas sus cualidades profesionales y personales, encaja en el perfil de menor riesgo.

Es lógico.

Frío, quizá.

Pero lógico.

Que ella saliera de la sala temblando no cambia la lógica.

Cambia algo peor.

Cambia lo que siente.

Richard se pasa una mano por la mandíbula y observa su reflejo en el cristal.

El hombre reflejado en la ventana tiene el mismo aspecto de siempre: camisa blanca con el cuello abierto, las mangas arremangadas, expresión controlada, postura impecable.

Nada en él sugiere que esté pensando en una mujer que, unas horas antes, lo acusó de ponerle precio a su vida.

Pero lo está haciendo.

Está pensando en cómo Anne se apretaba el bolso contra el cuerpo. En cómo su rabia no borró el miedo, solo lo tapó. En la frase que se le quedó clavada desde entonces.

«Para ti, doce meses son una estrategia. Para mí, serían doce meses llevando puesta una vida que no es la mía».

Richard cierra los ojos un instante.

Tiene razón.

Eso lo irrita.

No porque no soporte equivocarse. Richard soporta equivocarse cuando los datos lo demuestran. Lo que no soporta es equivocarse en un terreno que no puede corregir con una hoja de cálculo.

No pensó en la madre de Anne.

En realidad, no.

Pensó en la exposición pública, los riesgos legales, las cláusulas de confidencialidad, la protección de activos, la prensa, el consejo, el relato.

Pensó en cómo hacer que un matrimonio resultara convincente.

Pensó en cómo evitar escándalos. Pensó en cómo asegurarse de que Anne pudiera negarse sin miedo.

Pero no pensó en cómo se lo explicaría ella a su madre.

No pensó en cómo una mujer como Anne, orgullosa incluso cuando está cansada, volvería a casa con una propuesta así en el pecho.

Richard vuelve a coger el teléfono.

La conversación sigue en punto muerto.

Debería dejarlo así.

Pero sus palabras, «Aún no lo he pensado», parecen una puerta entreabierta.

No es una aceptación. Ni una promesa. Pero sí un resquicio.

Y Richard Montgomery no deja sin vigilar un resquicio estratégico.

Estratégico.

Por supuesto.

Desbloquea el teléfono y escribe:

«¿Cuándo vas a pensarlo?»

Lo borra.

Demasiado frío.

Vuelve a escribir:

«Necesito saber si debo preparar los documentos».

Lo borra.

Peor.

Suena a presión. Y ella le pidió que no la presionara.

Se queda mirando la pantalla, irritado por su propia vacilación.

Finalmente, escribe:

«Esta noche no voy a presionarte para que respondas».

Lo envía.

Ella contesta dos minutos después.

«Mejor, porque esta noche no tengo ninguna».

Richard siente algo extraño en el pecho.

Alivio, quizá.

O simplemente la confirmación de que ella sigue ahí.

Responde:

«Entendido».

Aparecen tres puntos en la pantalla.

Desaparecen.

Vuelven a aparecer.

Desaparecen.

Richard se queda mirándolos como si examinara un informe inestable.

Entonces llega el mensaje.

«Pero mañana sí lo querrás».

Casi sonríe.

Casi.

«En algún momento, sí».

Anne responde enseguida.

«Al menos eres sincero».

«¿Preferirías que mintiera?»

«No. Preferiría que nada de esto estuviera pasando».

Richard mira la frase.

Él también lo preferiría.

Pero no lo escribe.

En cambio, teclea:

«Yo también».

Esta vez ella tarda más.

Richard deja el teléfono sobre la mesa, como si eso demostrara algo. Va hasta el aparador, se sirve agua y se bebe la mitad. El apartamento está demasiado silencioso. El piano de su abuelo sigue cerrado en un rincón del salón, una presencia oscura y elegante que Richard evita mirar de frente.

El teléfono vibra.

«No pareces el tipo de hombre que prefiera no tener algo bajo control».

Richard lee el mensaje dos veces.

Anne Bennett tiene la irritante capacidad de detectar un defecto y señalarlo sin pedir permiso.

Responde:

«No lo soy».

«Entonces esta situación debe de ser una tortura para ti».

Richard se queda mirando la pantalla.

La respuesta obvia sería algo seco. Algo como «las situaciones complejas forman parte del trabajo». O «lo estoy gestionando bien». O cualquier mentira lo bastante elegante para mantener las distancias.

Pero a Anne no parecen sentarle bien las mentiras elegantes.

«Es incómodo», escribe.

La respuesta llega casi de inmediato.

«Es una palabra demasiado suave para un matrimonio falso».

Richard exhala brevemente. Esta vez la casi sonrisa llega de verdad, aunque no haya nadie allí para verla.

«¿Qué palabra usarías tú?»

«Locura».

«Dramático».

«Realista».

—¿Sueles llamar locura a las propuestas de veinte millones de dólares?

—Cuando implican un anillo, sí.

Richard recorre con el pulgar el borde del teléfono.

Un anillo.

No había pensado en el objeto en sí.

En que ella llevara uno en la mano.

En el gesto público. En el símbolo privado. En cómo una mentira puede volverse más difícil de negar cuando descansa contra la piel.

La imagen aparece antes de que pueda evitarlo.

Anne en una ceremonia discreta. Anne a su lado. Anne mirándolo con aquella expresión firme, como si dijera en silencio que no se dejaría llevar con facilidad. Anne con un anillo que él le habría puesto.

Richard bloquea la pantalla por impulso.

No.

Eso no le sirve de nada.

El teléfono vuelve a vibrar.

—¿Richard?

Mira el nombre en la pantalla.

Ella ha escrito Richard.

Nada de señor Montgomery.

Solo Richard.

Algo cambia en su interior.

Responde:

—Estoy aquí.

—Has desaparecido.

—Estaba pensando.

—Peligroso.

—¿Para quién?

—Para cualquiera que se vea envuelto en tus planes.

Debería sentirse ofendido.

Pero no lo está.

Quizá porque ella tiene razón.

—No formabas parte de mis planes —escribe.

Antes de enviarlo, se detiene.

Lo borra.

Porque es mentira.

Ella forma parte de ellos.

O la pusieron ahí.

Y ahora no se irá.

Richard escribe otra cosa.

—Yo no planeé esto.

Anne tarda en responder.

—Pero ahora sí lo estás planeando.

Él no responde de inmediato.

Porque ella vuelve a tener razón.

...

A las siete y media de la mañana siguiente, Daniel Hart entra en el despacho de Richard con dos cafés y un aire insoportablemente despejado.

Richard lleva sentado ante su escritorio desde antes de las seis. Ya ha revisado tres contratos, rechazado dos propuestas, contestado veintisiete correos electrónicos y no ha resuelto absolutamente nada que importe.

Daniel deja un café delante de él.

—Tienes una pinta horrible.

—Buenos días a ti también.

—¿Has dormido?

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

Richard coge el café.

—Tú y Anne deberíais montar un club de interpretación de respuestas simples.

Daniel arquea una ceja.

—¿Anne?

Richard se da cuenta de su error demasiado tarde.

Daniel acerca una silla y se sienta.

—Así que hubo mensajes.

—No es asunto tuyo.

—Como tu abogado, potencialmente sí lo es. Como tu amigo, es deliciosamente asunto mío.

—No uses «deliciosamente» antes de las ocho.

—Hubo mensajes —repite Daniel, satisfecho.

Richard abre un archivo en el ordenador.

—Llegó bien a casa.

—¿Se lo preguntaste?

—Sí.

—Interesante.

—Es cortesía elemental.

—Has ignorado los cumpleaños de los directivos porque dijiste que «el contrato laboral no exige celebraciones emotivas». No me hables de cortesía elemental.

Richard le lanza una mirada fría.

—¿Has venido por algún motivo útil?

—Sí. He traído un borrador de la estructura del acuerdo, por si acepta hablar del tema. No es un contrato definitivo, solo los puntos principales.

Daniel deja una carpeta sobre el escritorio.

Richard no la toca.

—Todavía no sabemos si lo considerará.

—¿Ha respondido a tus mensajes?

—Sí.

—Entonces se lo está planteando.

—Es una deducción simplista.

—Es una deducción humana. Deberías probarlo.

Richard abre la carpeta a regañadientes. Dentro, Daniel ha organizado los temas: duración, confidencialidad, compensación, residencia, apariciones públicas, una cláusula de no interferencia en el trabajo de ella, el derecho a negarse, asesoramiento jurídico independiente y rescisión.

Todo impecable.

Todo limpio.

Todo terrible.

—Veinte millones —dice Daniel—. ¿Transferidos a plazos o depositados en un fondo garantizado?

—En un fondo garantizado.

Daniel parpadea.

—Generoso.

—Seguro. Ella tiene que saber que después no dependerá de la buena voluntad de nadie.

—De acuerdo.

Richard pasa una página.

—Dependencias separadas dentro del apartamento. Un ala privada. Acceso independiente, si fuera necesario. Ninguna obligación de compartir dormitorio.

—Está ahí.

—No se exige contacto físico fuera de los eventos inevitables.

Daniel ladea la cabeza.