Capítulo 6 #2
Helen insiste en que pase allí la noche. Anne se niega con la excusa de que tiene ropa, documentos y cosas del trabajo en su apartamento. Algo de eso es verdad. La otra parte es que, si duerme en esa casa, sería capaz de aceptar cualquier cosa con tal de no verla vacía.
La verja vuelve a atascarse al salir.
Anne casi se echa a llorar por eso.
Una verja atascada.
Es ridículo lo que puede hundir a alguien cuando ya está al límite.
De camino a casa, pide un coche por la aplicación y, al segundo siguiente, se arrepiente del gasto. Entonces recuerda los veinte millones y le entran unas ganas amargas de reír.
De repente, cada pequeño gasto parece una broma cruel.
El trayecto dura veinte minutos. Anne se los pasa enteros mirando el móvil.
Ningún mensaje de Richard.
Bien.
Está bien.
Ha respetado lo que ella le pidió. No la ha buscado fuera del trabajo. No ha intentado presionarla. No le ha enviado un contrato, una cifra, un argumento, nada.
Bien.
Vuelve a mirar.
Nada.
—Qué patética —susurra.
El conductor pregunta:
—¿Hablabas conmigo?
—No. Con mi dignidad.
Él no responde.
Seguramente sea lo más sensato.
Cuando llega a su apartamento, Anne paga, le da las gracias y sube por las escaleras porque el ascensor del edificio vuelve a estar averiado.
En la tercera planta, se detiene para recuperar el aliento.
En la cuarta, piensa que Richard vivirá en algún sitio donde los ascensores no se estropean.
En la quinta, decide que imaginarse a Richard subiendo escaleras es una imagen indecente e inútil.
Le cuesta abrir la puerta de su apartamento porque la cerradura también tiene sus días. Entra, enciende la luz y deja el bolso sobre el sofá.
La recibe el silencio.
A diferencia de la casa de su madre, el silencio de su apartamento no acumula historia suficiente para resultar reconfortante. No es más que ausencia.
Anne se quita la americana, la tira sobre la silla y va a la cocina. Bebe agua directamente del vaso más cercano. Después vuelve al salón y se queda mirando el bolso.
La carta del banco está dentro.
Y ahora, además, una propuesta que no cabe en ningún papel porque todavía no hay contrato.
Solo una frase.
Veinte millones de dólares.
Coge el móvil antes de pensárselo dos veces y llama a Mia.
Su amiga responde al segundo tono.
—Por fin.
—Hola a ti también.
—No me vengas con «hola». Llevo horas imaginando desastres. Dijiste que tenías que pensar en algo que jamás imaginaste que alguien te pediría. Eso solo lo dice alguien que se ha metido en una secta, ha aceptado una oferta ilegal o acaba de descubrir que tiene un hermano gemelo.
Anne cierra los ojos.
—Peor.
—Dios mío. ¿Qué ha pasado?
Anne se sienta en el sofá.
Abre la boca.
La cierra.
¿Cómo se dice algo así?
—Mia, mi jefe multimillonario necesita casarse por culpa de un testamento y me ha ofrecido veinte millones de dólares por ser su esposa durante un año.
No hay ninguna versión normal de esa frase.
—¿Anne? —la llama Mia.
—Richard Montgomery me ha pedido matrimonio.
Silencio.
Un silencio tan absoluto que Anne mira la pantalla para comprobar si se ha cortado la llamada.
—¿Mia?
—Lo estoy procesando.
—Pues procesa más deprisa, porque estoy a punto de perder la cabeza.
—Richard Montgomery. Tu jefe. El dios griego del mundo empresarial con alma de hoja de cálculo.
—Nunca he dicho que tenga alma de hoja de cálculo.
—Lo dijiste con otras palabras. ¿Te ha pedido matrimonio?
Anne se pasa una mano por la cara.
—No exactamente.
—¿Cómo que no exactamente? ¿Acaso existen las propuestas de matrimonio inexactas?
—Existen cuando hay de por medio un testamento, una cláusula, un abogado y veinte millones de dólares.
Otro silencio.
Luego:
—Voy a tener que sentarme.
—¿No estás ya sentada?
—Ahora estoy tumbada, psicológicamente.
Anne suelta una risa nerviosa, casi histérica.
—Eso no ayuda.
—Explícamelo. Desde el principio. Despacio. Con detalles. Y preferiblemente sin saltarte la parte de los veinte millones de dólares, porque creo que mi cerebro se apagó justo ahí.
Anne se lo cuenta.
Le habla de lo que dijo Daniel en la habitación.
De la cláusula del testamento del abuelo de Richard.
De que tiene que estar casado doce meses para asumir la presidencia de forma permanente.
Del matrimonio de pantalla, los dormitorios separados, las apariciones públicas y la ausencia de implicación emocional.
De lo ofendida que se sintió. De la propuesta. De la cantidad.
No se lo cuenta todo.
No le cuenta que Richard dijo que había intentado no pensar en ella.
No le cuenta que esas palabras le removieron algo que no debía.
No le cuenta que la mirada de él parecía menos fría de lo que debería.
Hay vergüenzas que todavía se guarda para sí.
Cuando termina, Mia se queda callada tanto rato que Anne se irrita.
—Di algo.
—Estoy intentando decidir si empezar por «qué absurdo» o por «veinte millones de dólares».
—Mia.
—Perdona, pero las dos cosas son enormes.
Anne se levanta y empieza a pasearse por el salón.
—Lo sé.
—Veinte millones de dólares, Anne.
—Lo sé.
—Eso salva la casa.
—Lo sé.
—Salva la casa, liquida las deudas, cubre los cuidados de tu madre y te cambia la vida entera.
—¡Lo sé! —estalla Anne, y luego baja la voz—. Lo sé. Ese es el problema.
Mia suaviza el tono.
—Perdona.
Anne se detiene junto a la ventana. Fuera, la calle está tranquila.
—Ojalá fuera fácil decir que no.
—¿Por qué no lo es?
Anne cierra los ojos.
—Acabas de enumerarlas tú.
—No. He enumerado las razones prácticas. Quiero saber las otras.
Anne se queda inmóvil.
—No hay otras.
—Anne.
—No las hay.
—Has respondido demasiado rápido.
Abre los ojos.
—No empieces.
—Claro que voy a empezar.
—Mia.
—¿Estás enfadada porque te ofreció dinero o porque era él?
Anne suelta una carcajada incrédula.
—Qué pregunta tan absurda.
—¿Lo es?
—Sí. Me ofendería que cualquier hombre me ofreciera dinero por casarme con él bajo contrato.
—Estoy de acuerdo. Pero ¿estarías así de alterada?
Anne aprieta el móvil.
—No estoy alterada. Estoy ofendida, desesperada y agotada.
—Eso también. Pero hay algo más.
—No lo hay.
—Anne.
—No lo hay.
La negación sale demasiado deprisa.
Las dos se dan cuenta.
Anne odia a las mejores amigas. Deberían venir con un botón para silenciar la percepción emocional.
Mia respira hondo.
—Te atrae.
—Es guapo. Eso no significa nada. Hay gente guapa. Algunos hasta son horribles.
—Pero para ti no es solo guapo.
—Es mi jefe.
—Eso tampoco es una negación.
Anne se aparta de la ventana y va a la cocina sin ningún motivo.
—Richard Montgomery es arrogante, controlador, frío, exigente, irritante, imposible, y cree que «práctico» es una palabra aceptable para hablar de la vida de alguien.
—¿Y?
—Y nada.
—Y también se da cuenta cuando no has comido.
Anne se detiene.
—¿Cómo lo sabes?
—El otro día comentaste que te dijo que fueras a comer.
—No me lo dijo. Solo... lo comentó.
—Anne.
—Era una observación administrativa sobre la productividad.
Mia se ríe.
—Dios mío, te gusta... en lenguaje de oficina.
—Voy a colgar.
—No, no lo vas a hacer.
Anne abre el frigorífico. Está tan vacío que resulta ofensivo. Lo cierra.
—No me gusta.
—Puede que todavía no. Pero te afecta.
Anne se apoya en el fregadero.
La expresión «te afecta» se le queda corta para lo que Richard le hace sentir.
La irrita.
La provoca.
La desorienta.
Hace que quiera desafiarlo y, al mismo tiempo, saber qué hay detrás de tanta frialdad. Hace que cada cumplido seco le parezca más valioso de lo que debería. Hace que, cuando él dice su nombre, parezca que se cruza una línea.
Pero eso no significa que le guste.
No puede ser eso.
—No importa —dice Anne.
—Importa mucho si estás pensando en vivir con él durante un año.
Las palabras la atraviesan.
Vivir con él.
Todavía no se había permitido imaginárselo de verdad.
Richard en una casa que no es una oficina. Richard sin chaqueta. Richard por la mañana. Richard en el pasillo. Richard al otro lado de la mesa, en la cena. Richard sabiendo cómo toma el café. Richard lo bastante cerca para que la distancia tenga que ser una norma escrita.
Anne nota que le sube el calor a la cara.
—Dormitorios separados —dice, más para sí misma que para Mia.
—En teoría funciona.
—Funcionará también en la práctica.
—Ni siquiera has aceptado.
—No lo he hecho.
—Pero te lo estás pensando.
Anne no responde.
Mia tampoco insiste de inmediato.
Este silencio es distinto del anterior. Menos conmoción. Más cuidado.
—No voy a decirte qué hacer —dice por fin su amiga.
Anne se ríe sin humor.
—Un milagro.
—Lo digo en serio. Es tu vida. Tu nombre. Tu cuerpo. Tu madre. Tu futuro.
Anne cierra los ojos.
—Ojalá me dijeras simplemente que es una locura y lo dejaras ahí.
—Es una locura.
—Gracias.
—Pero también es una salida.
Anne detesta oír eso.
Porque es verdad.
Mia continúa:
—No te digo que aceptes sin pensarlo. Por Dios, no. Necesitarías tu propio abogado, un contrato que te protegiera, el dinero garantizado, cláusulas sobre el trabajo, la privacidad, los límites, todo. Pero... Anne, seamos sinceras. Te estás hundiendo intentando salvar la casa tú sola.
A Anne se le cierra la garganta.
—No digas eso.
—Tengo que decirlo porque tú no lo dices.
Anne se deja caer hasta quedar sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada contra el armario.
—Hoy mi madre me ha dicho que soy más importante que la casa.
—Tiene razón.
—Lo sé. Pero si pierdo la casa, con ella se irá una parte de mi madre.
—Puede. Pero si te pierdes a ti misma intentando salvar la casa, ella también te pierde.
Anne apoya la cabeza contra el armario.
—No sé qué hacer.
—Entonces no decidas hoy.
—Richard me ha dicho que me lo piense.
—Por una vez, estoy de acuerdo con el hombre de las hojas de cálculo.
Anne deja escapar una risita.
—No es tan cuadriculado.
—Oh.
—No hagas ese «oh».
—Solo he emitido una vocal neutra.
—Tu vocal estaba cargada de juicio.
—Mi vocal estaba cargada de verdad.
Anne niega con la cabeza, pero sonríe a pesar del nudo que tiene en el pecho.
—Parecía... incómodo —admite.
—¿Con la propuesta?
—Con todo. Como si él también odiara la situación.
—¿Eso es bueno?