Capítulo 4 #3
—Eso ya lo hemos hablado.
—Porque es orgullosa.
—¿Eso es un defecto o una virtud?
Richard se acuerda de cuando Anne dijo que podía hacerlo mal, pero no como él exigía.
—Depende del día.
—Porque no se deja intimidar por ti.
—¿Eso lo apuntas como un problema?
Daniel se inclina hacia delante.
—Richard, es justo lo contrario. Necesitas a alguien capaz de mirarte a la cara y decirte que no. A alguien que no se vuelva invisible a tu lado en público. A alguien que, en una cena con el consejo, pueda mantener la cabeza bien alta cuando todos intenten medir cuánto vale.
Richard siente algo desagradable en la boca del estómago.
Le molesta la idea de que la gente mida a Anne como si fuera una adquisición o un accesorio.
Más de lo que debería.
—No pertenece a ese mundo —dice.
—¿Y crees que eso es algo malo?
Richard mira a su amigo.
Daniel se vuelve más cauteloso.
—Quizá precisamente por eso funcionaría. No parece interesada en tu apellido. No la deslumbras. Te corrige en público. Te obliga a escuchar.
—Escucho a todo el mundo cuando hay datos.
Daniel se ríe.
—No, los toleras. Con ella, escuchas.
Richard se queda callado.
La frase da donde no debería.
Recuerda la mañana. Anne diciendo que lo imposible era imposible. Él posponiendo la reunión. Anne señalando el fallo del informe. Él ajustando la proyección. Pequeñas concesiones, todas basadas en la competencia, por supuesto.
Solo competencia.
—Tiene problemas —dice Richard antes de poder contenerse.
Daniel alza la vista.
—¿Problemas?
Richard se arrepiente al instante.
—No lo sé.
—Pero te has dado cuenta.
—Está cansada. Recibe llamadas. Ayer estaba afectada. Quizá sea algo personal.
—¿Y eso te hace descartar la idea o considerarla?
Richard mira a Daniel con frialdad.
—Cuidado.
—Es una pregunta legítima.
—Si está vulnerable, no habrá propuesta.
Daniel lo observa unos segundos y, esta vez, no hay ni rastro de humor.
—Bien.
Richard frunce el ceño.
—¿Bien?
—Me alegra saber que aún te queda una brújula debajo de todo ese hormigón.
—No me provoques.
—No te provoco. Digo que importa. Si algún día esa propuesta llega a ella, tiene que ser porque tenga algo que ganar y verdadero poder para elegir. No porque le hayas encontrado una debilidad y hayas apretado ahí.
Solo pensar en hacer algo así le provoca a Richard un rechazo inmediato.
Fuerte.
Físico.
—Yo nunca haría eso.
—Lo sé.
Pero a Richard no le gusta tener que decirlo.
Camina hasta la ventana de la sala de reuniones.
Fuera, al otro lado del cristal, Anne está otra vez en su mesa.
Teclea deprisa, concentrada. Durante unos segundos sujeta el teléfono con una mano, entre el hombro y la oreja, mientras con la otra anota algo en un documento.
Después cuelga, se queda quieta un momento y respira hondo antes de volver al teclado.
Cansancio.
Control.
Orgullo.
Agachar la cabeza también tiene un precio.
Richard aparta la mirada.
—No.
Daniel se pone en pie.
—¿No qué?
—No será ella.
—De acuerdo.
Otra vez esa conformidad tan fácil.
Richard lo detesta.
—Lo digo en serio.
—Y yo. No será ella.
Daniel coge su carpeta y se dirige a la puerta.
Richard lo observa.
—No te lo crees.
Su amigo se detiene.
—Creo que quieres creerlo.
—Daniel.
—Richard, necesitas una esposa. Y hoy, en esa sala, todos han visto a una mujer que no te tiene miedo, que entiende tu empresa, que corrige tus errores antes de que cuesten millones y que consigue que cambies de opinión sin alzar la voz.
Richard nota que la irritación le crece por dentro.
—Eso no la convierte en una candidata.
—No. Pero sí en una posibilidad.
—Fuera.
Daniel abre la puerta.
—Encantado.
Pero, antes de que se marche de verdad, Anne aparece en el pasillo con una carpeta en las manos, camino de la sala.
Richard lo advierte demasiado tarde.
Daniel también.
Anne se detiene en el umbral, con la carpeta apretada contra el cuerpo.
—Perdón —dice, mirando a uno y a otro—. La puerta estaba abierta. He traído los anexos corregidos que me pidió.
Se hace el silencio de golpe.
Richard ve el instante exacto en que ella comprende que ha interrumpido algo.
O, peor aún, que ha oído lo suficiente para saber que había algo que entender.
Daniel, que por lo visto nació sin instinto de supervivencia, mira a Anne.
Después, a Richard.
Y entonces dice, con el tono más despreocupado del mundo:
—¿Y ella?
El mundo entero parece detenerse.
Anne frunce el ceño.
—¿Y yo qué?
Richard guarda silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, no porque esté escogiendo las palabras.
Sino porque ninguna le parece segura.
Anne mira a Daniel y luego a Richard. Sus ojos castaños se entrecierran, atentos, cautelosos, llenos de vida. La carpeta sigue apretada contra el cuerpo. No da un paso atrás.
Por supuesto que no.
Richard siente la tensión extenderse por la sala como la electricidad que precede a una tormenta.
Daniel lo nota.
Anne lo nota.
Y Richard, que se ha pasado la vida entera controlando cada variable posible, comprende con una claridad casi irritante que algo acaba de salirse de su sitio.
No en el contrato.
No en la empresa.
En él.