Casada con el multimillonario Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Piensa en su madre. En el banco. En sus trabajos anteriores.

En los hombres que odiaban que los corrigieran.

En las veces en que ser firme se llamó arrogancia, carácter difícil, mal temperamento.

En las veces en que tuvo que sonreír para no perder una oportunidad.

En las veces en que no sonrió y pagó el precio.

—Unas cuantas veces —responde.

Richard se detiene cerca del extremo de la mesa.

—Y, aun así, sigue haciéndolo.

—Agachar la cabeza también tiene un precio.

Él se queda completamente inmóvil.

Anne no sabe qué le ve él en la cara. Espera que no sea mucho. Espera que no vea el agotamiento, ni el miedo, ni las facturas atrasadas, ni la carta doblada en el bolso. Espera que solo vea a la empleada eficiente, a la mujer que entrega informes y discute los plazos.

Pero Richard parece estar intentando ver más allá de todo eso.

Como si, por primera vez, la curiosidad de él se hubiera desplazado de los resultados a la persona que los entrega.

Eso es peligroso.

Anne da un paso atrás.

—Disculpe.

Él no la detiene.

—Anne.

Su nombre en la voz de él la detiene en seco.

No «señorita Bennett». Anne.

Ella se vuelve despacio.

—¿Sí?

Richard parece a punto de decir algo. Algo que quizá no tenga que ver con el trabajo. Algo que tal vez ni siquiera él entiende.

Entonces suena el teléfono de la mesa.

El sonido corta el aire.

Richard aparta la mirada primero.

—Puede irse.

Anne aprieta los papeles con fuerza.

—Por supuesto.

Sale de la sala antes de que su propia curiosidad la traicione.

...

El resto del día se arrastra como si pesara.

Anne trabaja. Contesta correos. Actualiza las actas. Reorganiza los horarios. Ignora el hambre hasta que el estómago le protesta tan fuerte que una compañera le ofrece una galleta con cara de lástima.

La acepta.

El orgullo no sube el azúcar en sangre.

A las siete menos veinte, la mayoría de la gente se prepara para marcharse.

Anne sigue en su mesa, acabando un informe que Richard le ha pedido para la mañana siguiente.

La iluminación de la planta cambia por la noche.

Se vuelve más fría. Más vacía. Las ventanas reflejan el interior y, a veces, Anne ve su propia imagen superpuesta a la ciudad de fuera.

Una mujer menuda ante edificios enormes.

Guarda el archivo y se frota la frente.

Le vibra el móvil.

Mia.

—¿Cómo estás?

Anne se lo piensa.

—Funcionando.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

—¿Y el banco?

Anne mira el cajón.

—Peor de lo que quería.

Mia tarda un rato en responder.

—¿Te vienes a dormir aquí esta noche?

Anne sonríe con tristeza.

—Tengo que poner una lavadora y revisar un informe.

—Se te da fatal aceptar que te consuelen.

—Pero se me dan genial las hojas de cálculo.

—Las hojas de cálculo no abrazan.

Anne escribe «Lo sé», pero lo borra.

Antes de que pueda responder, nota que alguien se acerca.

No necesita mirar para saber quién es.

Puede que toda la planta esté casi vacía, pero la presencia de Richard Montgomery sigue ocupando espacio, como si estuviera reunido con el mundo entero.

—¿Sigues aquí? —pregunta él.

Anne alza la vista.

Va sin chaqueta, con las mangas de la camisa subidas hasta los antebrazos. Es un cambio mínimo, casi indecente por lo sencillo que es. Richard con traje completo ya resulta difícil de llevar. Richard con el más leve indicio de humanidad física es aún peor.

Anne vuelve la mirada a la pantalla.

—El informe de mañana no se va a revisar solo.

—Lo he pedido para mañana.

—Sí. Técnicamente, mañana empieza a medianoche.

—No tienes que terminarlo esta noche.

Anne casi se ríe.

—¿Sabe que esa frase contradice toda su existencia profesional?

Apoya una mano en la mampara baja que hay junto al escritorio de Anne.

—Puede.

Anne cierra el archivo.

—Estoy terminando.

Richard mira la pantalla y después el envoltorio vacío de una galleta que hay junto al teclado.

—¿Eso ha sido tu cena?

—No. Ha sido una experiencia gastronómica intermedia.

—Anne.

Otra vez su nombre.

Otra vez esa misma reacción absurda en el pecho.

Ella mira a Richard.

—Señor Montgomery, con todos mis respetos, si pretende supervisar mis comidas, tendrá que abrir un departamento nuevo.

—Tal vez pida un informe.

—Fije un plazo realista.

Él le sostiene la mirada.

Anne espera el amago de sonrisa.

No llega.

En cambio, Richard dice:

—Pareces agotada.

La frase es sencilla.

Pero aquel día, después de todo lo ocurrido, casi la tumba.

Porque no suena a crítica. No suena a exigencia. Suena a observación. Tal vez a preocupación, aunque Anne no está segura de que Richard Montgomery sepa sentirla en su forma más pura.

Cierra el portátil.

—Estoy bien.

—Lo dices muy a menudo para ser alguien que claramente no lo está.

Anne nota cómo se le levantan las defensas.

—Y usted se da cuenta muy a menudo para ser alguien a quien claramente no le importa.

El silencio entre ellos se tensa.

Richard aparta la mano de la mampara.

—Si no me importara, no preguntaría.

Anne no tiene respuesta.

Y eso es raro.

Tiene el rostro tan serio como antes, pero no le quita los ojos de encima. Sin invadirla. No exactamente. Solo atento, de un modo que a Anne le dan ganas de esconder las manos, el bolso, la carta, su vida.

—Buenas noches, señor Montgomery —dice, y se levanta.

Por un segundo, Richard no se mueve.

Luego se hace a un lado.

—Buenas noches, Anne.

Recoge el bolso y el abrigo y siente el peso de la carta del banco contra la cadera. Camina hacia el ascensor con la absurda sensación de que, si mira atrás, encontrará a Richard todavía mirándola.

No debería mirar.

Lo sabe.

Lo sabe de verdad.

Pero cuando llega al ascensor y pulsa el botón, el impulso gana.

Anne mira.

Richard sigue junto a su escritorio.

De pie.

En silencio.

Mirándola unos segundos más de los que debería.

No con irritación.

Ni con reproche.

Con algo que Anne no sabe nombrar y que no quiere aprender a nombrar.

Las puertas del ascensor se abren.

Entra deprisa, pulsa el botón de la planta baja y se queda mirando su reflejo deformado en el metal.

El corazón le late desbocado.

Ridículo.

Del todo ridículo.

Tiene una madre a la que proteger, una casa que está a punto de perder, facturas vencidas y un futuro que parece estrecharse con cada llamada del banco.

No le queda espacio para sentir nada por su jefe.

Y mucho menos por Richard Montgomery.

Sobre todo cuando la mira así.

Las puertas se cierran.

Anne respira hondo y aprieta la correa del bolso.

E intenta ignorar la parte de sí misma que aún siente el peso de aquella mirada.