Capítulo 2 #4
Richard se pone las manos en la cintura y alza la vista al techo un segundo, como si buscara paciencia en algún rincón de la arquitectura.
—Ella depende de su sueldo.
—Sí. Por eso cualquier propuesta tendría que plantearse con un cuidado impecable.
Sin presiones. Sin amenazas. Sin condicionar su puesto a nada.
Con total libertad para rechazarla. Y, sinceramente, ni siquiera estoy diciendo que deba ser ella.
Digo que el tipo de mujer tendría que ser alguien como ella.
Alguien como ella.
Richard odia que la frase tenga sentido.
Y odia todavía más que el recuerdo de Anne cumpla esos criterios antes incluso de que él le haya dado permiso.
—Me irrita —dice Richard.
Daniel sonríe de lado.
—Eso no la descarta. Puede que incluso la convierta en la candidata ideal.
—El matrimonio no es una entrevista de estrés.
—En tu caso, quizá sí.
Richard le dirige una mirada capaz de hacer recular a cualquier directivo.
Daniel se limita a mirar el reloj.
—Tengo otra reunión dentro de veinte minutos. Antes de eso, necesito que dejes de fingir que la cláusula va a desaparecer por pura vergüenza.
—Aún podemos impugnarla.
—Podemos. Y quizá deberíamos preparar una estrategia paralela. Pero tienes que considerar la posibilidad de cumplirla.
Richard mira la carpeta azul que hay sobre el escritorio.
Doce meses.
Un año de una vida entera.
Dicho así, parece poco. Un periodo administrativo. Cuatro trimestres. Informes, eventos, apariciones públicas, una firma en el juzgado, otra en un contrato privado y quizá una residencia compartida. Todo controlable, si se hace bien.
Pero la idea tiene un peso que no corresponde al calendario.
El matrimonio.
Su madre llevaba una alianza fina y sencilla que hacía girar en el dedo cuando estaba distraída.
Su padre besaba esa mano al volver a casa.
Richard lo recuerda con una claridad inoportuna.
Recuerda que, de niño, le parecía normal que dos personas se buscaran en una habitación sin necesidad de hablar.
Luego murieron y la casa se volvió demasiado grande.
Luego su abuelo lo acogió y el afecto se convirtió en una rutina disciplinada.
Luego Richard creció y decidió que necesitar a alguien era una vulnerabilidad por la que la vida cobraba un precio demasiado alto.
—Mi abuelo era cruel —murmura.
Daniel no bromea.
—A veces.
Richard lo mira.
—Se supone que tendrías que contradecirme.
—Fui tu abogado antes de ser el de la empresa. No me pagan por mentirte cuando ya sabes la verdad.
Richard respira hondo.
—Quería obligarme.
—Sí.
—¿A hacer qué?
Daniel tarda en responder.
—A hacer sitio.
Richard suelta una risa sin humor.
—¿A una esposa contratada?
—Quizá no imaginó esa parte.
—Me conocía.
—Exactamente.
Vuelve el silencio.
Esta vez, más pesado. Menos furioso. Peor.
Richard se sienta, se acerca la carpeta y por fin mira la cláusula impresa. La firma de su abuelo aparece al pie de la página, firme, elegante, imposible de confundir.
Alexander Montgomery siempre tuvo una firma preciosa.
Incluso cuando arruinaba la paz de su nieto.
—Haz un análisis de riesgos completo —ordena Richard.
Daniel asiente.
—Ya he empezado.
—Quiero escenarios. Impugnación. Cumplimiento. Impacto en el consejo. Impacto en la prensa. Exposición legal. Posibles estructuras de acuerdo prematrimonial.
—Por supuesto.
—Y, Daniel...
—¿Sí?
Richard alza la vista.
—Sin nombres. Todavía.
Su amigo reprime una sonrisa.
—Todavía.
—No pongas a prueba mi paciencia.
—Jamás.
Una mentira.
Daniel no deja de poner a prueba su paciencia. Quizá sea una de las pocas personas a las que se lo permite.
Richard cierra la carpeta.
—¿Algo más?
Daniel se pone en pie.
—Solo una cosa.
Richard espera.
El abogado se ajusta la chaqueta, camina hasta la puerta y se detiene con la mano en el pomo.
—Te guste o no, Richard, necesitas una esposa.
La frase se queda en el despacho después de que Daniel se marcha.
Richard no se mueve durante unos segundos.
Fuera, al otro lado de la pared de cristal, la planta ejecutiva sigue funcionando.
La gente camina, atiende llamadas, lleva documentos de un lado a otro.
Anne Bennett pasa por el pasillo con una carpeta entre los brazos, concentrada, con el pelo recogido a toda prisa y una expresión cansada y decidida.
Se detiene en su escritorio, responde a algo que le dice un compañero y luego mira hacia el despacho de Richard.
Durante un instante, sus miradas se encuentran a través del cristal.
Anne no es la primera en apartar la vista.
Por supuesto que no.
Richard siente cómo le sube la irritación de siempre.
Y, junto con ella, algo que no debería estar ahí.
Curiosidad.
La puerta del despacho está cerrada. Toda la ciudad se extiende a sus espaldas. La empresa que ha pasado la vida construyendo lo espera. El testamento de su abuelo descansa sobre el escritorio como una orden salida de la tumba.
Y Richard Montgomery, un hombre que ha convertido el control en una religión, se da cuenta de que la única solución posible a su mayor problema puede pasar precisamente por aquello que menos sabe controlar.
Otra persona.