Capítulo 1 #3
No por haber dejado en evidencia al director.
Sino porque Richard no la corrigió.
Porque Richard confió en la información que ella le había dado.
Porque Richard la miró como si fuera algo que no esperaba encontrar.
Ridículo.
Vuelve a mirar la tableta.
Después de la reunión, él camina a su lado por el pasillo.
—Buena memoria —comenta él.
—Buena documentación.
—Las dos cosas.
Anne no responde. Tiene que mantener las distancias con los cumplidos de él. Son escasos, secos y peligrosamente eficaces.
—El director Mitchell te odiará el resto de la semana —añade Richard.
—Solo hasta que necesite que le encuentre otro correo que ha perdido.
Esta vez, Richard casi sonríe.
Casi.
Ese casi debería ser irrelevante. No lo es.
Anne nota que el calor le sube por el cuello y se enfurece consigo misma. Está agotada, hambrienta, asustada y, aun así, un amago de sonrisa de Richard Montgomery todavía consigue sortear sus defensas.
No.
Desde luego que no.
—Señor Montgomery —dice, con más formalidad que antes—, tengo que terminar los informes de cierre.
La mirada de él se demora en ella un instante.
—Vete.
Anne se va.
Demasiado deprisa.
...
Cuando por fin sale del edificio, son más de las siete.
La ciudad ha cambiado de color. Los cristales del edificio reflejan luces, faros y el cielo cada vez más oscuro. Anne baja las escaleras de la entrada con los pies doloridos y la cabeza martilleándole. Tiene un mensaje de su madre, dos de su mejor amiga y cuatro notificaciones del banco.
Primero responde a su madre.
«Voy de camino a casa. Te llamo luego. Te quiero».
Luego abre la conversación con Mia.
Mia Collins no envía mensajes. Dispara pensamientos uno tras otro, a toda velocidad.
«¿Estás viva?»
«Si Richard Montgomery ha enterrado tu cuerpo en un archivo confidencial, parpadea dos veces».
—O mándame la contraseña del streaming antes de irte.
A Anne se le escapa una risa por la nariz, a pesar del cansancio.
—Viva. Por desgracia, sin contraseña premium.
La respuesta llega casi al instante.
—Trágico. ¿Cenamos por teléfono esta noche?
Anne le echa un vistazo a la cartera, dentro del bolso. Tiene poco dinero. Lo justo para una comida barata y para ir tirando con el transporte hasta la próxima nómina. Quizá.
—¿Un sitio barato de yakisoba?
—Te mereces algo mejor.
—Mi cuenta bancaria no opina lo mismo.
Mia le manda un mensaje de voz. Anne no lo escucha en plena calle. Sabe que será una mezcla de indignación, cariño y amenazas creativas contra el sistema financiero. Guarda el móvil y tira hacia la parada del autobús.
El autobús se retrasa. Cuando por fin aparece, va lleno.
Anne sube de todos modos, porque esperar al siguiente supone llegar más tarde a casa, cenar más tarde y darle más vueltas a todo.
Se queda de pie, agarrada a la barra metálica, apretujada entre una mujer con bolsas de la compra y un hombre que ve un vídeo sin auriculares.
La ciudad desfila por la ventanilla en fragmentos borrosos.
Anne piensa en la carta del banco.
Piensa en la casa.
Piensa en su madre intentando vender la mesa.
Piensa en Richard cuando dijo «come algo», como si fuera una orden sencilla de cumplir.
Piensa que, en el mundo de él, los problemas probablemente tengan departamentos enteros dedicados a resolverlos. En el suyo, los problemas se sientan a la mesa, duermen en el sofá, asoman en el extracto bancario y responden a los nombres de las cosas que ama.
Cuando llega a su barrio, el cielo ya está completamente oscuro.
...
El piso de Anne la recibe con el calor encerrado y el olor familiar a ropa limpia mezclado con el de los muebles viejos. Enciende la luz del salón y se queda un momento junto a la puerta, sin moverse.
Es pequeño.
De noche, más pequeño todavía.
El salón tiene un sofá de dos plazas, una mesita con cercos de taza y una estantería donde los libros se amontonan entre facturas, bolígrafos, una vela casi consumida y una foto antigua de ella con su madre.
En la foto, Anne tiene diez años, le falta un diente de delante y abraza a Helen como si el mundo entero cupiera justo ahí.
Deja caer el bolso en el sofá, se quita los zapatos con un quejido y va a la cocina. Abre la nevera.
Agua.
Medio limón.
Un táper de arroz con pinta sospechosa.
Cierra la nevera.
—Pues yakisoba.
La app de comida a domicilio tarda una eternidad en cargar.
Anne busca el restaurante más barato, elige el plato más pequeño y se queda mirando el precio del envío como si fuera un insulto personal.
Confirma el pedido de todos modos, porque cocinar exigiría energía y ella ya ha gastado hasta la última reserva en fingir que todo iba bien.
Mientras espera, se cambia de ropa. Una camiseta enorme, pantalones de chándal, el pelo recogido en un moño flojo. Se lava la cara. El maquillaje se le va en manchurrones y deja al descubierto las ojeras con las que el corrector llevaba todo el día negociando.
Anne observa su reflejo en el espejo.
Veintiocho años.
Demasiado cansada para su edad.
Demasiado orgullosa para pedir ayuda.
Demasiado asustada para admitirlo.
Suena el teléfono.
Mia.
Anne contesta, pone el altavoz y deja el teléfono en el lavabo mientras se extiende la crema hidratante por la cara con movimientos automáticos.
—Antes de nada —dice Mia—, ¿has comido hoy?
—Buenas noches a ti también.
—Anne.
—He comido.
—¿Comida de verdad, o esa triste barrita que llamas estrategia nutricional?
Anne calla un instante.
—Llevaba frutos secos.
—Dios mío.
—Los frutos secos son sofisticados.
—Los frutos secos son un grito de auxilio en un envoltorio metálico.
Anne se ríe. Esta vez, de verdad. Un poco, pero de verdad.
—Qué dramática eres.
—Soy tu mejor amiga. El drama forma parte del contrato.
La palabra «contrato» le recuerda a Anne el banco, la deuda, las firmas, los plazos. Se le apaga la risa antes de lo que debería.
Mia se da cuenta.
—¿Qué ha pasado?
Anne vuelve al salón, coge de la estantería la foto en la que está con su madre y pasa el pulgar por el marco.
—Ha llegado otra carta del banco.
Al otro lado de la línea, el silencio cambia de textura.
—¿Sobre la casa?
—Probablemente.
—¿La has abierto?
—La tiene mi madre.
—Anne...
—Lo sé.
Se sienta en el sofá, recoge las piernas bajo el cuerpo y se queda mirando la pared de enfrente.
Hay una pequeña grieta junto a la ventana.
Tiene que arreglarla antes de que vaya a más.
Todo en su vida parece estar en esa fase: grietas demasiado pequeñas para justificar el pánico, demasiado grandes para ignorarlas.
—¿Cuánto tiempo tienes? —pregunta Mia, ya sin bromear.
Anne traga saliva con esfuerzo.
—No lo sé. No mucho.
—¿Has hablado con el banco?
—Sí. Renegociación, entrada, plazos, intereses... Usó tantas palabras bonitas que casi se me olvida que todas significaban lo mismo.
—¿Qué significaban?
Anne cierra los ojos.
—Que no tengo dinero.
Suena el timbre antes de que Mia pueda responder.
—Debe de ser la cena —dice Anne.
—Ve a abrir. Y llévate el móvil. Quiero asegurarme de que ese yakisoba lleva comida de verdad.
Anne se levanta, coge la cartera, recoge el pedido y da las gracias al repartidor con una sonrisa cansada. Vuelve al sofá con la bolsa caliente en las manos, como un pequeño premio tras una guerra perdida.
—Ya está aquí —anuncia.
—Enséñamelo.
—Eres imposible.
—Enséñamelo, Anne.
Anne gira la cámara hacia el recipiente abierto sobre la mesita. Fideos, verduras, pollo en trozos de los baratos y un olor intenso a salsa de soja. No es gran cosa. Pero es suficiente.
—Aprobado, aunque con reservas —declara Mia.
Anne coge los palillos desechables, falla al primer intento, se rinde y va a por un tenedor.
—Di una sola cosa mala de mi cena y te cuelgo.
—Jamás. Este yakisoba está cargando con nuestra amistad a sus espaldas.
Anne da el primer bocado y se da cuenta del hambre que tenía.
Durante unos minutos, se limita a masticar mientras escucha a Mia contarle una historia absurda sobre un compañero de trabajo que intentó justificar su retraso en una reunión recurriendo a la astrología.
Anne se ríe en los momentos adecuados, responde con sarcasmo y deja que la conversación se quede en lo ligero.
Pero la ligereza no dura.
Nunca dura.
—Tienes que contarme la verdad —dice Mia después de una pausa—. ¿De verdad es tan grave?
Anne pincha un trozo de zanahoria con el tenedor.
Podría mentir.
Casi lo hace.
Pero el agotamiento hace que sea más difícil callarse la verdad.
—Sí.
Mia se queda callada.
Anne odia que su mejor amiga se quede callada. Que Mia hable es un ruido tranquilizador. Que Mia se calle significa que el problema es grande.
—Me estoy retrasando en todo —continúa Anne en voz más baja—. Ayer hice las cuentas. Hoy las repetí en el autobús. Y otra vez a la hora de comer. No salen. Aunque recorte todos los gastos, aunque haga horas extra, aunque venda todo lo que tengo... no salen.
—¿Y tu madre?
—No lo sabe todo.
—Anne.
—No puedo decírselo.
Deja caer el tenedor en el recipiente y se cubre la cara con una mano. La habitación se le queda pequeña para el tamaño de su miedo.
—Ha pasado por muchas cosas, Mia. Por fin estaba tranquila en esa casa. No puedo mirarla a los ojos y decirle que podemos perderlo todo porque yo no he sido capaz de arreglarlo.
—Esto no es culpa tuya.
Anne se ríe sin humor.
—Qué gracioso. Las facturas no parecen opinar lo mismo.
—Deber dinero no dice nada de quién eres. Los problemas económicos no te definen.
—Sí definen dónde va a vivir mi madre.
La frase cae entre ellas como algo pesado.
Anne respira hondo, pero el aire no le entra bien.
—Trabajo todo el día. A veces incluso más. Lo hago todo bien, Mia. Me levanto temprano, no malgasto el dinero, acepto exigencias absurdas, me trago los insultos, voy detrás de todo, lo intento. Te juro que lo intento.
La voz le falla al final.
Lo odia. Odia llorar. Odia parecer débil. Odia que su cuerpo traicione la imagen de mujer fuerte que se pasa el día construyendo.
—Lo sé —dice Mia con suavidad—. Sé que lo intentas.
—Entonces ¿por qué no es suficiente?
Mia no responde de inmediato.