Casada con el multimillonario Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

En el ascensor, contiene la respiración mientras sube hasta la planta ejecutiva.

Comprueba su reflejo en las puertas de metal cepillado.

Blusa blanca, pantalones negros, el pelo recogido, maquillaje discreto que le tapa las ojeras con una dignidad cuestionable. Nada en ella grita desesperación. Bien.

Cuando las puertas se abren, empieza el mundo de Richard Montgomery.

Allí dentro hay demasiado silencio. Moqueta gris, paredes claras, arte abstracto lo bastante caro para parecer casual. Asistentes que hablan en voz baja. Teléfonos que suenan con moderación. El tipo de entorno en el que hasta el café parece saber cuál es su sitio.

Anne va directa a su mesa y enciende el ordenador. Antes de que termine de cargarse la pantalla de inicio, ya hay cinco correos nuevos, dos peticiones marcadas como urgentes y un mensaje de Richard enviado a las 05:47.

Por supuesto que trabaja antes de las seis.

Por supuesto que espera que el resto de la humanidad le siga el ritmo.

Abre el mensaje.

«Necesito la versión revisada del informe antes de las ocho de la mañana. Incluye los ajustes del archivo adjunto».

Anne mira el reloj de la esquina de la pantalla.

07:58.

—Buenos días a ti también, Montgomery —murmura.

Abre el archivo adjunto y siente que el alma se le sale del cuerpo durante un segundo. No son ajustes. Son cambios estructurales. Tablas nuevas, proyecciones, notas comparativas y la petición de un resumen ejecutivo que, desde luego, no existía cuando salió de la oficina la noche anterior.

Anne cierra los ojos.

Inspira.

Espira.

Un problema a la vez.

Los dedos empiezan a volar sobre el teclado.

A las ocho y media todavía no ha terminado. A las ocho cuarenta y cinco, el café, ya frío, sigue olvidado junto al monitor. A las ocho cincuenta y dos, suena el teléfono.

—Despacho de Richard Montgomery, le atiende Anne Bennett.

—Señorita Bennett.

Su voz.

Grave. Controlada. Directa.

Anne se endereza sin querer. Odia que su cuerpo reaccione antes que su cerebro.

—Señor Montgomery.

—¿El informe?

Ni «buenos días». Ni «¿cómo está?». Ni «sé que le envié cambios imposibles trece minutos antes de la hora de entrega porque, al parecer, me criaron los relojes y no las personas».

Solo: el informe.

Anne mira la pantalla, donde aún queda por revisar la última página.

—Estará en su correo en cinco minutos.

—Lo pedí para antes de las ocho.

—Me ha enviado los cambios a las 5:47.

—¿Y?

Anne sonríe sin humor.

—Y todavía no he desarrollado la capacidad de trabajar mientras duermo.

Al otro lado de la línea se hace el silencio.

Breve.

Peligroso.

Cualquier otra persona se habría sentido intimidada. Anne no. O quizá sí, pero ha aprendido a no demostrarlo.

—Cinco minutos —dice él.

—Sí, señor.

Cuelga.

Anne se queda mirando el teléfono un instante.

—De nada —le dice a la línea muerta.

A su lado, un compañero disimula una risa con una tos. Anne vuelve al informe antes de que su irritación se convierta en un retraso de verdad.

A las ocho y cincuenta y ocho envía el archivo.

A las nueve está de pie con una tableta, una carpeta y una expresión lo bastante profesional para ocultar que no ha comido desde anoche.

...

La mañana transcurre en bloques de urgencia.

Reunión. Actas. Hoja de cálculo. Corrección. Correo. Llamada. Otra reunión. Una petición imposible de un director que cree que «solo hay que ajustarlo» significa rehacer quince páginas. Anne responde a todo con eficiencia, porque la eficiencia es la única moneda que todavía tiene en abundancia.

Richard pasa junto a ella dos veces.

La primera vez, habla por teléfono en inglés con alguien en Londres. Traje oscuro, corbata perfectamente alineada, pelo impecable, la postura de un hombre acostumbrado desde la cuna a dominar las salas antes incluso de entrar en ellas.

La segunda vez, se detiene junto a su escritorio.

Anne siente su presencia antes de levantar la vista.

Richard Montgomery tiene ese efecto irritante en una sala. No necesita alzar la voz. No necesita esforzarse. El aire simplemente parece recolocarse a su alrededor, como si hasta las moléculas acataran órdenes.

—El archivo para la reunión de las tres —dice.

Anne alza la vista.

Siempre es un error mirarlo directamente cuando está cansada.

Richard tiene cuarenta años, pero no hay nada en él que parezca haberse suavizado con el tiempo.

Al contrario. La edad solo lo ha vuelto más preciso.

Tiene el rostro marcado lo justo, la mandíbula firme y unos ojos oscuros que parecen fijarse en todo y no revelar casi nada.

Un hombre dibujado a base de líneas de poder, control y algo demasiado peligroso para el bienestar de cualquier empleada con facturas atrasadas y un criterio cuestionable.

Anne parpadea.

—Ya está en la carpeta compartida.

—¿La versión definitiva?

—Sí.

—¿Revisada?

—No, le he mandado la versión en sánscrito solo para comprobar si presta atención.

Él se queda mirándola fijamente.

Anne le sostiene la mirada.

Un segundo.

Dos.

Entonces Richard inclina la cabeza, casi imperceptiblemente.

—Tenga cuidado, señorita Bennett.

—¿Con la carpeta compartida?

—Con el sarcasmo.

—Forma parte del paquete de productividad.

Su boca no llega a sonreír. Pero algo cambia en sus ojos. Un destello diminuto, rápido, casi irritado. Como si no supiera si reprenderla o... no.

Anne corta el pensamiento antes de que termine la frase.

—¿Algo más? —pregunta.

—Vaya a comer.

Ella frunce el ceño.

—¿Qué?

—Está pálida.

Durante un instante, Anne no sabe qué hacer con eso. La observación no suena delicada. Ni es precisamente amable. Richard lo dice como si señalara un error en una hoja de cálculo.

Aun así, se ha dado cuenta.

Y eso la desconcierta durante una fracción de segundo.

—Estoy bien.

—Eso no es lo que he dicho.

—Entonces quizá debería expresarse con más claridad.

Él baja la mirada hacia la taza intacta, junto al ordenador de Anne.

—Vaya a comer, Anne.

Que la llame por su nombre provoca una reacción pequeña y absurda en el centro del pecho.

Eso también lo detesta.

—Sí, señor.

Richard parece satisfecho con la respuesta y se aleja.

Anne lo mira alejarse medio segundo antes de obligarse a volver a la pantalla.

—Almuerza, Anne —lo imita entre dientes, demasiado bajo para que nadie la oiga—. Como si el almuerzo creciera en el escritorio ejecutivo.

Pero cuando le ruge el estómago, abre el cajón y saca una barrita de cereales aplastada.

No es un almuerzo.

Tendrá que bastar.

...

A la una y diez, Anne llama a su madre desde la sala de descanso de la oficina.

Sostiene el teléfono en una mano y una taza de café recalentado en la otra. La sala está vacía, gracias a Dios. Necesita dos minutos sin tener que aparentar competencia.

—Hola, cariño —responde Helen—. ¿Has conseguido comer?

Anne mira la barrita de cereales a medio comer que sigue en la encimera.

—Sí.

—¿Comida de verdad?

—Mamá, tu definición de comida de verdad es muy limitada.

—Entonces, no.

Anne sonríe, cansada.

—Esta noche comeré mejor.

—¿Vas a venir?

—Quizá mañana. Hoy el trabajo está complicado.

Al otro lado de la línea, Helen hace una pausa.

—Ha llegado una carta del banco.

Anne aprieta la taza con fuerza.

El café tiembla.

—¿Qué carta?

Sabe perfectamente de qué carta se trata.

—No la he abierto. También lleva tu nombre.

El aire parece enrarecerse.

Anne deja la taza sobre la encimera con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo en su interior.

—No pasa nada. La miraré más tarde.

—Anne...

—Mamá, seguramente es un aviso automático.

—¿Tiene que ver con la casa?

La pregunta llega en voz baja.

Y eso es lo que casi la derrumba. No el aviso de cobro. Ni el banco. Ni el saldo negativo. La voz de su madre, que intenta sonar tranquila porque sabe que Anne ya carga con demasiado.

—Ya me estoy ocupando.

—Eso dices siempre.

—Porque siempre me ocupo.

El silencio de su madre le duele.

—No quiero que cargues con todo tú sola.

Anne cierra los ojos.

«Demasiado tarde», piensa.

Pero no lo dice.

—No cargo con todo yo sola.

Otra mentira.

Las pequeñas mentiras son las más agotadoras. Porque parecen protección, pero dejan un sabor a óxido en la boca.

—Podríamos vender algunas cosas —dice Helen—. La mesa del comedor, quizás. Tu padre...

—No.

La palabra sale con más fuerza de la que Anne quería.

Respira hondo y baja la voz.

—No vendas nada, mamá. Por favor. La mesa se queda.

La mesa del comedor es vieja y oscura, con una marca redonda en una esquina, donde Anne derramó zumo a los ocho años e intentó culpar al perro de un vecino que ni siquiera estaba en la casa.

Su padre se rio tanto rato que Helen tuvo que decirles a los dos que parasen antes de que la mancha se secara.

No. La mesa se queda.

Todo debería quedarse.

—Ya se me ocurrirá algo —promete Anne.

Y, cuando cuelga, se da cuenta de que la promesa ya no parece una promesa.

Parece una plegaria dicha sin fe.

…

Por la tarde, la oficina pesa aún más.

Richard le pide que asista a dos reuniones, le pide documentos, revisiones, datos concretos que Anne encuentra antes incluso de que él acabe la frase.

Anne conoce su ritmo. Sabe cuándo quiere concisión, cuándo quiere detalles, cuándo le irrita la incompetencia ajena y cuándo solo parece irritado porque ese es su estado natural.

Anne odia admitir que trabaja bien con él.

Y odia aún más saber que él lo sabe.

En una de las reuniones, un director intenta culpar al equipo administrativo de un retraso causado por su propia desorganización. Anne se muerde la lengua tres minutos. Al cuarto, interviene.

—En realidad, los materiales se enviaron a su departamento el martes a las 14:16 —dice mientras abre el archivo en su tableta—. Aquí está la confirmación de recepción. La solicitud de cambios no llegó hasta dos días después, a las 19:43, ya fuera del plazo acordado.

El hombre se pone colorado.

Richard mira a Anne.

Ella continúa con calma:

—Puedo volver a enviarle todo el historial, si quiere.

—Eso no será necesario —dice Richard sin apartar la mirada de ella—. Creo que todos entendemos dónde se produjo el retraso.

Anne siente una satisfacción pequeña, casi indecente.