Casada con el multimillonario Capítulo 1
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Casada con el multimillonario

Casada con el multimillonario

Por D. Sempere

© inepub.com

Capítulo 1

La vida que Anne ya no puede sostener

Anne Bennett sabe que el día va a ser malo antes incluso de abrir los ojos.

El móvil vibra en la mesilla con una persistencia cruel y la arranca de un sueño demasiado corto, demasiado pesado, demasiado insuficiente.

Mete la mano bajo la sábana arrugada, tantea la madera rayada junto a la cama y, de paso, tira algo al suelo.

Un recibo. Quizá dos. Quizá toda una vida en pedacitos de papel.

La pantalla se le enciende en la cara.

06:02.

Anne cierra los ojos un segundo más, solo uno, y negocia en silencio con su propio cuerpo.

Cinco minutos más. Tres. Lo justo para fingir que no existen el alquiler atrasado, las facturas pendientes, el mensaje del banco, el recibo de la luz, la medicación de su madre, la compra, el billete del autobús, la hoja de cálculo de gastos, el sueldo que todavía no ha llegado y un mes que parece tener más días de los que debería.

La alarma vuelve a sonar.

La apaga antes de que el sonido complete su primera secuencia.

—Lo he entendido —murmura al aparato, con la voz ronca de sueño—. No hace falta que grites.

El cuarto le responde con silencio.

Es un cuarto pequeño y sencillo, con una cómoda que cruje cuando abre el cajón equivocado y un armario que nunca termina de cerrarse.

La luz de la mañana entra débil por la cortina fina y dibuja una franja pálida en el suelo, sobre unos zapatos, un bolso caído y el montón de ropa que Anne prometió doblar el domingo.

El domingo pasado.

O el anterior.

Se incorpora despacio, se recoge el pelo castaño de cualquier manera y se queda mirándose los pies descalzos en el suelo frío. Hay días en que despertarse es una tarea más. Hay días en que es una deuda.

Hoy es de los segundos.

Anne respira hondo, aparta la manta y se levanta.

La espalda se queja. Los hombros también.

Siente el cuerpo entero como si lo hubiera montado a toda prisa alguien sin una gota de paciencia.

Ha dormido poco, ha trabajado hasta tarde, ha contestado correos después de ducharse y luego se ha pasado casi cuarenta minutos rehaciendo una presentación que Richard Montgomery podría haber pedido perfectamente con antelación, como cualquier ser humano mínimamente razonable.

Pero Richard Montgomery no tiene fama de razonable.

Tiene fama de brillante.

Implacable.

Tan exigente que saca de quicio.

Y guapo de un modo que Anne considera una auténtica falta de respeto.

Aparta el pensamiento antes de que llegue a formar una imagen completa. No tiene tiempo para eso. No tiene energía para eso. Y, sobre todo, no puede permitirse distraerse con la cara del hombre que le firma la nómina.

En el baño, la ducha tarda un siglo en calentarse.

Anne se queda bajo el chorro tibio y repasa mentalmente las obligaciones del día mientras se lava el pelo con los últimos restos decentes de champú del bote.

Reunión a las nueve. El informe financiero revisado.

Café para llevarse de casa, porque comprarlo por la calle se ha vuelto un lujo.

Llamar a su madre en el descanso. Contestar al mensaje del gestor del banco, aunque sabe que no tiene ninguna buena respuesta que darle.

La casa.

El pensamiento siempre llega así: breve, pesado, sin pedir permiso.

La casa de su madre.

Anne cierra los ojos y apoya la frente en los azulejos húmedos. Durante unos segundos deja que el agua le corra por la cara y finge que con eso basta para llevarse la opresión del pecho.

No basta.

La casa donde vive su madre no es grande, ni elegante, ni moderna.

Hay una gotera en una esquina del salón, una verja que solo se cierra a empujones de cadera y un patio pequeño donde las plantas se empeñan en sobrevivir aunque nadie tenga tiempo de cuidarlas como es debido.

Pero es su casa. La casa donde Anne aprendió a andar.

Donde su madre le pegaba estrellitas en el techo del cuarto cuando le daba miedo la oscuridad.

Donde el olor a bizcocho de naranja de los sábados parecía arreglar cualquier tragedia de la infancia.

Donde cada grieta guarda un recuerdo y cada mueble viejo conserva una parte de lo que queda de la familia.

Perder esa casa no sería solo perder una propiedad.

Sería quitarle el suelo bajo los pies a la única persona a la que Anne todavía intenta proteger.

Cierra el grifo de la ducha con demasiada fuerza.

«Un problema cada vez», se dice.

La frase dejó de funcionar hace meses, pero sigue usándola. Como un paraguas roto en plena tormenta: no sirve de nada, pero da la ilusión de cierta protección.

...

A las siete y veintitrés, Anne sale del edificio con el bolso colgado del hombro, el pelo todavía un poco húmedo y un vaso térmico en la mano.

El café de dentro está demasiado cargado y no lo bastante dulce, porque el azúcar se terminó la noche anterior y se le olvidó comprar más.

O, mejor dicho, sí que se acordó. Simplemente decidió que el azúcar podía esperar.

Todo puede esperar cuando no hay dinero suficiente.

La calle ya está abarrotada. Gente que va al trabajo, coches impacientes, cláxones, pasos apresurados, caras cerradas.

Anne se suma a la corriente como alguien que ha aprendido a no ocupar demasiado espacio.

Se aprieta el bolso contra el cuerpo, rodea un charco, mira la hora en el móvil y ve tres notificaciones bancarias acumuladas.

No abre ninguna.

¿Cobardía? Tal vez.

¿Instinto de supervivencia? Sin duda.

En el autobús consigue sitio junto a la ventanilla después de dos paradas.

El cristal vibra contra su hombro. Anne apoya la cabeza en él e intenta repasar mentalmente la agenda de Richard para el día.

Su agenda, sus tareas pendientes, sus exigencias, sus reuniones.

El mundo de Richard Montgomery parece funcionar a base de mármol, acero, cristal y decisiones millonarias.

El de ella, a base de facturas, transporte público y comida calculada para que dure hasta el viernes.

El contraste tendría gracia si no fuera tan agotador.

El móvil vuelve a vibrar.

Mamá.

Anne responde enseguida y se endereza sin darse cuenta, como si su madre pudiera verla a través del teléfono.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días, cariño. ¿Ya vas de camino al trabajo?

La voz de Helen Bennett es dulce y un poco ronca, y conserva ese tono de quien se ha levantado temprano para ordenar la casa aunque no hubiera ninguna necesidad. Anne no puede evitar sonreír.

—Sí. Estoy en el autobús.

—¿Has tomado café?

Anne mira el vaso térmico que sostiene entre los dedos.

—Sí.

No es exactamente mentira. El café es café. Aunque venga sin nada que comer.

—¿Has comido algo?

Anne pone los ojos en blanco de cara a la ventanilla.

—Mamá.

—Anne.

—Comeré en la oficina.

—Eso lo dices siempre.

—Porque siempre como.

Esta vez es mentira.

Su madre se queda callada dos segundos. Dos segundos bastan para que Anne sepa que ha notado algo. Helen tiene ese irritante don de oír lo que Anne no dice.

—Estás cansada.

—Voy de camino al trabajo, mamá. A estas horas todo el mundo está cansado.

—No así.

Anne aprieta la taza con más fuerza. No quiere que su madre se preocupe.

No quiere que Helen le pregunte por las facturas.

No quiere que se dé cuenta de que algo va mal con la casa, con el banco, con la frágil seguridad que Anne intenta sostener con las dos manos mientras todo se le escapa entre los dedos.

—Es que he dormido mal —responde, procurando que la voz le suene ligera—. Échale la culpa a mi jefe.

—¿A ese hombre tan guapo e insufrible?

Anne se atraganta con el café.

—¡Mamá!

Helen se ríe por lo bajo al otro lado de la línea, y ese sonido le calienta algo por dentro.

—Eso lo dijiste una vez.

—Dije insufrible. No recuerdo haber dicho guapo.

—Lo dijiste con otras palabras.

—¿Qué palabras?

—Creo que fue algo así como: «Nadie tiene derecho a ser tan arrogante y llevar tan bien un traje».

Anne cierra los ojos y se arrepiente de todas las veces que se desahogó sin filtro.

—Estaba estresada.

—Por supuesto.

—Y es mi jefe.

—Yo no he dicho nada.

—Lo has dicho con ese silencio.

Su madre vuelve a reírse. Anne se agarra a ese sonido un instante. Por eso. Por esa risa, por esa voz, por esa mujer que tantas veces fingió no estar agotada para que Anne pudiera estudiar, trabajar, crecer, aspirar a algo mejor.

Es por ella por lo que Anne no puede permitirse perder.

—Luego me paso por ahí —dice Anne, antes de que la conversación se acerque demasiado a lo que intenta ocultar.

—No tienes que venir si estás cansada.

—Sí que voy. Te llevo unas cosas.

—¿Qué cosas?

Anne piensa en el armario casi vacío, en el dinero contado, en la compra que todavía no ha hecho.

—Cosas.

—Anne.

—Mamá, que estoy entrando en un túnel.

—Por ese camino no hay ningún túnel.

—Un túnel emocional. Muy largo. Mala cobertura.

Helen suspira, pero es un suspiro cariñoso.

—Te quiero, cariño.

A Anne se le hace un nudo en la garganta.

—Yo también te quiero.

Cuelga antes de que su madre pueda oír lo que el silencio delata.

...

El Montgomery Group ocupa un edificio tan alto y reluciente que Anne siempre tiene la sensación de que le está juzgando los zapatos.

La fachada de cristal refleja la ciudad como si dentro nada pudiera verse alcanzado por el caos, las deudas o la gente de verdad.

En el vestíbulo, el suelo brilla, las flores se cambian antes de que se marchiten y el guardia de seguridad de recepción saluda a Anne con la misma cortesía impecable de todos los días.

—Buenos días, señorita Bennett.

—Buenos días, Caleb.

Los tacones suenan firmes contra el suelo, y a Anne le gusta. Le gusta parecer más segura de lo que se siente. Le gusta la ilusión de que, al atravesar esas puertas, deja su propia vida fuera y se convierte en una profesional eficiente, puntual y organizada, capaz de resolver cualquier crisis.

Es una mentira útil.