Capítulo 34
La pregunta que Nyx no respondió
Fue Theodora quien lo dijo, sin ninguna intención, una noche de noviembre, mientras apagaba las velas del comedor.
- Es curioso. Esta casa tiene siete habitaciones vacías y nunca ha tenido un varón dentro. Ni usted, ni su padre, ni su abuelo tuvieron hermanos. - Sopló la última vela.
- Buenas noches, Damian.
Él le dio las buenas noches. Subió. Se metió en la cama. Y a las tres de la madrugada seguía mirando el techo del cuarto - aquel techo que ya no goteaba, que no había goteado en veinte años, con una frase repitiéndosele dentro como el agua en un cuenco de latón.
Los hijos varones no me interesan.
La había oído una sola vez, dos décadas atrás, y no había vuelto a pensar en ella porque no había hecho falta: solo habían llegado niñas.
Seis. Una detrás de otra, con la puntualidad de una deuda que se cobra a plazos.
Nunca se había preguntado qué habría pasado si alguna de aquellas veces hubiera nacido un niño, del mismo modo en que uno no se pregunta qué hay al otro lado de una puerta que lleva toda la vida cerrada.
Se levantó sin encender la luz, se puso el abrigo sobre el camisón y salió.
Nyx lo esperaba, como siempre, apoyada contra el tronco más retorcido de todos, y Damian pensó, con la parte de su cabeza que aún era capaz de pensar tonterías a esas horas, que en veinte años ella no había cambiado de sitio ni una vez.
- Vienes de noche y en camisón.
Algo parecido a la diversión cruzó su voz.
- Debe de ser importante.
- Dijiste que los varones no te interesaban.
- Lo dije.
- Quiero saber qué significa eso exactamente.
- Significa exactamente lo que dice.
Nyx ladeó la cabeza, ese gesto que Damian llevaba media vida sabiendo leer.
- No reclamo varones. No los llevo al otro lado. Ningún hijo tuyo cruzaría el Velo por mi mano.
- Eso no es lo que te he preguntado.
El silencio que siguió duró lo justo para que Damian se diera cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
- No - dijo Nyx al fin. No lo es.
- Entonces te lo pregunto de otra forma.
Dio un paso adelante, y por primera vez en veinte años fue ella quien no lo dio hacia él.
- Si yo tuviera un hijo varón, Nyx. Si naciera un niño en esa casa. ¿Qué pasaría?
Y Nyx no respondió.
No fue una pausa. No fue uno de esos silencios suyos, cuidadosamente medidos, con los que llevaba dos décadas administrando la información como quien reparte monedas.
Damian conocía aquellos silencios, los había padecido, había aprendido a esperarlos.
Este era otra cosa. Este era el silencio de alguien que abre la boca y descubre que no le sale nada.
- Nyx.
La silueta retrocedió medio paso hacia la oscuridad entre los árboles.
- Vete a casa, Lord Ravenmoor.
- ¡Respóndeme!
- No puedo.
Y aquellas dos palabras, dichas por una criatura que en veinte años nunca había admitido no poder hacer nada, cayeron sobre el claro con más peso que cualquier amenaza.
- No es que no quiera. Ya te he negado cosas antes y sabes perfectamente cómo suena eso. Esto es distinto. Hay preguntas que no me está permitido contestar, y acabas de hacer la única que llevo veintitantos años esperando que no se te ocurriera.
- ¿Permitido por quién?
Nyx no contestó tampoco a eso.
Pero antes de desvanecerse entre los troncos, se detuvo, y Damian vio, o creyó ver, y pasaría el resto de su vida sin decidir cuál de las dos cosas, algo en la postura de aquella sombra que no le había visto nunca, ni la primera noche, ni cuando le comunicó el precio,
ni cuando se quedó de pie en la esquina del cuarto donde Elara se moría.
Miedo.
- Reza para que sean solo niñas, Damian -dijo. Es el único consejo sincero que voy a darte en toda tu vida, y te lo doy gratis. Reza para que sean solo niñas.
Volvió a la mansión con el amanecer, se metió en la cama junto a Theodora sin despertarla y se quedó mirando el techo hasta que se hizo de día, repitiéndose que no había ningún peligro, que los médicos habían sido cuatro y ninguno barato,
que aquella mujer no podía darle hijos y por lo tanto la pregunta era una pregunta sin respuesta porque era una pregunta sin sentido.
Se durmió al fin, tranquilo.
Faltaban dos años para que Theodora entrara en la biblioteca una tarde de septiembre, pálida y con las manos temblándole como no le habían temblado nunca, a decirle que se había equivocado.