Capítulo 33
El cuenco de latón
Halton murió en enero, a los setenta y cuatro años, mientras dormía, que era exactamente lo que se merecía y no lo que Damian esperaba.
Lo encontró una criada por la mañana. Había dejado la ropa del día siguiente preparada sobre la silla, con los zapatos limpios debajo, como llevaba haciendo cuarenta y siete años.
Damian no lloró en el funeral. Lloró tres semanas después, un martes cualquiera, cuando bajó a desayunar y no hubo nadie que abriera las cortinas.
Entre las cosas de su cuarto, que eran pocas y estaban ordenadas de un modo que daba dolor, apareció una caja de latón con cartas, un reloj sin cadena, y en el fondo, envuelto en un paño, un cuenco.
Damian tardó un momento en reconocerlo. Era el del ala este. El que su abuelo había puesto bajo la gotera cuarenta años antes de que él naciera y que había estado recogiendo agua, gota a gota, durante toda su infancia y toda su juventud, hasta la mañana siguiente al pacto, cuando apareció seco.
Él había supuesto que alguien lo habría tirado.
Halton lo había guardado veinticinco años.
Damian se sentó en la cama del mayordomo con el cuenco en las manos y estuvo así hasta que se hizo de noche.
Aquella noche subió al ala este por primera vez en dos décadas.
Las habitaciones estaban impecables, calientes, sin una gota de humedad; el techo era liso y perfecto y llevaba veinticinco años siéndolo.
Puso el cuenco de latón en el suelo, exactamente en el sitio donde había estado siempre, debajo de un punto del techo que ya no tenía ninguna fisura.
Y esperó.
Estuvo allí de pie una hora entera, en el frío, mirando un cuenco vacío bajo un techo perfecto, y con una claridad que no había tenido nunca comprendió por fin lo que llevaba veinticinco años sin ser capaz de nombrar.
No echaba de menos la pobreza. No era eso; no era tan estúpido ni tan romántico.
Echaba de menos ser un hombre cuyos problemas se arreglaban con dinero.
Bajó, se sirvió una copa y escribió, aquella misma noche, la primera carta de las muchas que escribiría en los años siguientes: cartas a sus seis hijas, una cada año, para que las leyeran cuando él ya no estuviera.
En la primera, dirigida a Isadora, escribió una sola frase y después tachó tres páginas más porque le pareció que sobraban.
«Todo lo que hay en esta casa, incluida tú, lo compré con algo que no era mío.»
Después la rompió, porque era verdad y porque a los dieciséis años nadie necesita esa clase de verdad, y volvió a empezar.