Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Theodora

Damian tenía cuarenta y un años cuando Theodora entró en la Casa Ravenmoor, y llevaba cinco sin permitir que la palabra matrimonio se pronunciara dentro de aquellas paredes.

No era superstición. Era aritmética. Tres mujeres habían cruzado aquel umbral vestidas de novia y ninguna había vuelto a salir por su propio pie, y Damian había aprendido, tarde, como aprendía siempre todo, que existía una forma de querer a alguien que consistía sencillamente en no acercarse.

La contrató Halton, sin consultarle, del mismo modo en que llevaba treinta años tomando las decisiones que Damian no tenía fuerzas para tomar.

- Seis niñas, milord - dijo el mayordomo, dejando la carta de referencias sobre el escritorio con el cuidado de quien coloca una trampa y finge no saberlo.

Seis niñas y ningún institutriz desde hace dos años.

Isadora enseña a las pequeñas lo que puede, pero Isadora tiene catorce años y también debería estar aprendiendo algo.

Damian miró la carta sin leerla.

- ¿Es vieja?

- Es viuda, que no es lo mismo, aunque en esta casa entiendo que le parezca tranquilizador.

Theodora llegó un martes de octubre con dos baúles y ninguna pregunta, que fue lo primero que Damian agradeció de ella.

No preguntó por qué la casa prosperaba tanto en una región tan pobre.

No preguntó por qué el señor de la casa miraba hacia la línea de árboles del este como quien vigila una puerta mal cerrada.

No preguntó por las tres tumbas del cementerio familiar, todas con el mismo apellido y fechas separadas por apenas unos años.

Se limitó a enseñar a seis niñas a leer, a sumar y a sostenerse la mirada, y a corregir a Damian una sola vez, el primer mes, cuando él se refirió a las pequeñas como «las niñas».

- Tienen nombre - dijo, sin levantar la voz, sin dejar de doblar la ropa de Selene. Seis nombres. Yo me los aprendí en una tarde.

Damian no respondió. Pero esa noche, por primera vez en años, cenó con ellas.

Pasaron cinco años así, y fueron, aunque él tardaría mucho en admitirlo, los más tranquilos de su vida adulta.

Theodora no ocupó el lugar de nadie. Marguerite le enseñó a distinguir hierbas con la misma paciencia con la que Elara se las había enseñado a él.

Thalia le rompió dos veces el mismo jarrón y las dos veces Theodora dijo que había sido el viento.

Selene, la más callada de las seis, empezó a dormirse solo si Theodora le dejaba la puerta entreabierta.

Fue Isadora, con diecinueve años y una capacidad para ver lo que nadie decía que a Damian le dolía por lo mucho que le recordaba a su madre, quien lo dijo primero.

- Deberías casarte con ella, padre.

- No.

- No te he preguntado si quieres.

Damian dejó la copa sobre la mesa con más cuidado del necesario.

- Isadora. Sabes por qué no.

- Lo sé.

Su hija sostuvo la mirada, y en aquel gesto había algo tan parecido a Elara que Damian tuvo que apartar la vista.

- Sé lo de las niñas. Sé lo de mi madre, y lo de Rossmery, y lo de Artemia. Lo sé desde que tenía nueve años y me lo contaste porque me lo habías prometido. Hizo una pausa. Pregúntaselo a ella, padre. Pregúntaselo y deja que sea ella quien decida. Es lo que no hiciste con mi madre.

Damian tardó cuatro meses en reunir el valor, y cuando por fin lo hizo, una noche de enero en la biblioteca, se lo contó todo: el Velo, el trato, Nyx, el precio.

Las tres tumbas. Lo que le esperaba a cada una de sus seis hijas al cumplir veintiún años.

Habló durante casi una hora sin mirarla a la cara, y cuando terminó, se quedó esperando el ruido de una silla apartándose.

El ruido no llegó.

- ¿Y por eso no me lo has pedido? - dijo Theodora al fin. ¿Porque cree usted que me mataría?

- Todas murieron después de la segunda hija. Todas.

- Entonces no corro ningún peligro.

Lo dijo con una sencillez que a Damian le costó un momento entender.

Estuve casada siete años, Damian. Siete.

Mi marido quería hijos más que respirar, y los médicos que vinieron a verme, que fueron cuatro y ninguno barato, dijeron todos lo mismo con distintas palabras.

Yo no puedo tener hijos. Enterré esa idea hace mucho tiempo, y le aseguro que la enterré bien.

Damian la miró en silencio.

- Yo no le pido amor - siguió ella, con la misma calma con la que doblaba la ropa de Selene. A mi edad eso ya sería una grosería. Le pido una casa donde nadie me mire con lástima, y seis niñas a las que ya quiero más de lo que tengo derecho. Usted me pide lo mismo, aunque no sepa decirlo.

Se casaron en marzo, sin invitados, en la misma capilla donde Elara había caminado hacia él con un vestido sencillo veinte años atrás.

Y por primera vez desde aquella noche entre los árboles retorcidos, Damian Ravenmoor durmió tranquilo, convencido, con una certeza tibia y perezosa que después le parecería casi obscena, de que por fin había encontrado la grieta del trato: una esposa a la que el pacto no podía tocar,

porque no había nada en ella que el pacto pudiera cobrarse.

Tardaría dos años en descubrir que aquella grieta no la había encontrado él.

Se la habían dejado abierta.