Capítulo 31
Seis
El inventario de la Casa Ravenmoor, aquel otoño, era el siguiente.
Seis niñas. Isadora, doce años, que llevaba la casa mejor que Artemia y no lo sabía.
Seraphine, once, que se subía a todo lo que tuviera altura y se había roto la muñeca dos veces.
Odalys, ocho, que ordenaba sus muñecas por orden de importancia y castigaba a las que se portaban mal.
Marguerite, seis, callada, con las manos siempre manchadas de algo.
Thalia, cuatro, que corría. Selene, dos, que se quedaba mirando las cosas con una fijeza que ponía nerviosas a las criadas.
Tres tumbas en el cementerio familiar, una junto a otra, con el mismo apellido.
Un mayordomo de sesenta y ocho años que ya no subía las escaleras de dos en dos.
Un padre de treinta y nueve con canas en las sienes.
Y, en el cajón inferior de la mesa grande de la biblioteca, debajo de un atlas, seis sobres cerrados con una letra apretada y ninguna instrucción salvo la que Damian se sabía de memoria: a los veinte años. Ni un día más tarde.
Las contó una noche de noviembre, uno por uno, como llevaba haciendo tres o cuatro veces al año desde que Rossmery se los había dejado allí, y comprobó lo que ya sabía: eran seis, y las niñas eran seis,
y una mujer muerta hacía ocho años había acertado el número exacto de las hijas que él tendría con otra.
Halton lo encontró allí a las dos de la madrugada, con el cajón abierto.
- Milord.
- Ella lo sabía, Halton.
- Sí, milord.
- Escribió seis cartas cuando había cuatro niñas.
Damian se pasó una mano por la cara. Y a mí me falta veintitantos años de esto, y no tengo ni una sola cosa que darles.
El mayordomo tardó en contestar. Después hizo algo que no había hecho en cuarenta y un años de servicio: acercó una silla y se sentó.
- ¿Puedo hablarle con franqueza?
- Cuando has pedido permiso, siempre ha sido mala señal.
- Usted no puede romper ese trato. Eso está claro desde el principio y creo que en el fondo lo supo desde la primera noche.
Halton juntó las manos. Pero puede hacer otra cosa, y perdóneme, milord, porque llevo doce años queriendo decírsela. Usted tiene veintiún años con cada una de esas niñas. Veintiuno con Isadora, y ya se ha gastado doce. Puede pasárselos entero encerrado en este despacho contando cartas de una muerta.
- Halton.
- O puede subir a enseñarles a montar, a leer, a discutir, a saber quiénes son. Para que cuando llegue el día, sea lo que sea lo que las espera al otro lado, ninguna de las seis llegue allí preguntándose si su padre las quería.
Damian cerró el cajón.
- Eso me lo dijo la tía Prudence hace once años.
- Sí, milord - dijo Halton. Y usted no le hizo ningún caso.