Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 30
86%

Capítulo 30

Richard Fincher cruza los árboles

Volvió once años después de la primera visita, y Damian no lo reconoció.

El hombre que Halton hizo pasar al despacho una noche de agosto no llevaba carpeta, ni sombrero, ni la levita cara de la primera vez. Llevaba una barba de tres semanas y unas botas que habían andado mucho.

- Milord.

- …¿Fincher?

- Ya no.

Se sentó sin que le invitaran, lo cual era, en sí mismo, la noticia. Ya no soy Fincher, el de Fincher e Hijos. Vendí la parte de mi socio hace seis años y el resto lo he ido gastando en cosas que no le interesan.

- ¿Qué cosas?

- Archivos parroquiales. Anticuarios. Cuatro viajes al continente. Un hombre en Praga que me sacó ochocientas libras y resultó ser un carnicero.

Fincher se rió, y la risa fue lo peor de toda la conversación. Once años, milord. Le dije que este era un oficio aburrido y que uno pasa la vida deseando que ocurra algo que no esté anotado. Bueno. Pues ocurrió, y yo tuve la mala suerte de estar mirando.

Damian se sirvió una copa que no quería.

- Escúcheme bien. Váyase a su casa.

- No tengo casa.

Fincher lo dijo sin dramatismo. Eso es lo que he venido a explicarle, aunque tampoco he venido a que me compadezca. He venido porque usted me mintió en un jardín hace once años y los dos lo sabemos, y ya no me importa. Ya no necesito que me lo cuente. Lo he averiguado yo.

Se inclinó hacia delante.

- Sé lo de su abuelo. Sé lo de las tres tumbas. Sé que ninguna mujer ha salido viva de esta casa después de la segunda niña, y sé que usted tiene seis hijas y ninguna madre. Y sé bajó la voz— que hay algo ahí fuera con lo que se puede hablar.

- Fincher.

- Dígame que no.

Damian abrió la boca.

Y no le salió nada.

- Ya.

Fincher se levantó despacio, y en aquel gesto había algo horriblemente parecido al alivio. Gracias, milord. Otra vez. Es usted un hombre muy amable.

Damian lo alcanzó en el vestíbulo. Después en la escalinata. Después en el camino de grava, agarrándole de la manga como no había agarrado a nadie en su vida.

- Le doy dinero.

- No.

- ¡Le doy todo lo que tengo! ¡Fincher, escúcheme, escúcheme! ¡Yo tenía veintiséis años y un techo que goteaba, y le juro por mis seis hijas que si pudiera volver a esa noche…

- Sí, milord.

Fincher le apartó la mano con una suavidad terrible. Pero yo no tengo seis hijas. Ese es todo el asunto. Yo no tengo absolutamente nada que perder, y usted lleva veinte años sin darse cuenta de la ventaja que eso me da.

Echó a andar hacia el este.

Damian lo siguió gritando su nombre durante cuatrocientos metros de campo abierto, con las botas de estar en casa, tropezando en los surcos, y a los cien pasos de la línea de árboles se detuvo en seco, como se detiene un perro atado.

No fue miedo. Eso lo pensaría después, muchas noches, y siempre llegaría a la misma conclusión insoportable: no había sido miedo.

Había sido cálculo. Había pensado, con una claridad glacial y en menos de un segundo, que tenía seis niñas durmiendo en aquella casa y que un hombre que entra a rastras en el Velo para salvar a un desconocido no vuelve a salir a cenar con ellas.

Así que se quedó quieto.

Richard Fincher no miró atrás ni una sola vez. Damian lo vio llegar hasta el primer tronco retorcido, detenerse un momento, lo justo para enderezarse la chaqueta, como un hombre que va a una entrevista y meterse entre los árboles.

No hubo grito. No hubo luz, ni ruido, ni ninguna de las cosas que Damian llevaba veinte años imaginando.

Hubo un silencio absolutamente normal, de campo de agosto, con grillos.

Volvió a la casa cuando ya clareaba. Se lavó la cara. Desayunó con sus hijas.

Y no se lo contó a nadie durante veintiún años.