Capítulo 29
Lo que hacen seis hermanas
Una tarde de mayo, sin ninguna razón, Damian se sentó en el escalón de piedra de la puerta del jardín y se dedicó a mirarlas durante dos horas.
Isadora, once años, estaba en el banco con un cuaderno haciendo lo que llevaba haciendo desde los nueve: contarlas.
No jugaba con ellas; las vigilaba, con una atención de capataz, y cada cierto rato levantaba la cabeza para comprobar que seguían siendo cinco.
Cuando Marguerite se cayó, Isadora llegó antes que la niñera.
No corrió. Ya estaba de camino tres segundos antes de la caída.
Seraphine, diez, estaba en el cerezo. Estaba siempre en algo.
Aquella tarde había llegado a una rama que no aguantaba y la rama lo demostró, y la niña cayó desde tres metros, rodó, se levantó y volvió a subir sin mirar a nadie, con la barbilla sangrando, buscando otra vez la misma rama por el otro lado.
Odalys, siete, había organizado a las tres pequeñas en un juicio.
Había un banquillo, había una acusada, una muñeca y había un reglamento que Odalys iba enunciando con una autoridad terrible.
Thalia protestó por una sentencia y Odalys le explicó, con una paciencia glacial, que las protestas se presentaban antes del fallo y que ahora ya era tarde.
Marguerite, cinco, se había apartado del juicio y estaba de rodillas en el arriate, sacando cosas de la tierra.
Tenía las manos negras hasta las muñecas y una colección de raíces, bichos y huesecillos de pájaro colocados en fila sobre una piedra plana, por tamaños.
Cuando Damian se acercó, le enseñó el hallazgo del día con una seriedad absoluta.
- Este pájaro se murió hace mucho, padre. Mira. Está limpio.
- Marguerite, cariño, tira eso.
- No.
Thalia, tres, corría. Eso era todo lo que hacía Thalia entonces y sería, con variaciones, casi todo lo que haría durante los quince años siguientes: correr, chocarse con cosas, levantarse, volver a correr. La única forma de pararla era agarrarla, y si la agarrabas, mordía.
Y Selene, que tenía apenas dos años, estaba sentada en la hierba a diez pasos de todas, muy quieta, mirando fijamente el mismo punto del jardín desde hacía media hora.
Damian siguió la dirección de la mirada.
No había nada. El banco de piedra, el rosal, el muro.
- Selene.
La niña no se giró.
- Selene, mi amor, ¿qué miras?
Nada. Ni un parpadeo.
Damian cruzó el jardín, la levantó en brazos pesaba menos de lo que debía y le puso la cara a la altura de la suya, y la niña por fin lo miró, con esos ojos suyos que las criadas decían que ponían nerviosa a cualquiera, y le tocó la mejilla con una mano pequeña y sucia.
- Se fue - dijo Selene.
Fue la primera frase completa de su vida.
Aquella noche, después de acostarlas, Damian bajó a la biblioteca, abrió el cajón de debajo del atlas y sacó los seis sobres. Los puso en fila sobre la mesa, ordenados por edad, y estuvo mucho rato mirando la letra apretada de Rossmery en cada uno.
Seis niñas. Una que las contaba, una que se subía a todo, una que ordenaba el mundo, una que desenterraba huesos, una que corría y una que miraba.
Y por primera vez desde aquella noche de lluvia, veinte años atrás, a Damian Ravenmoor se le ocurrió una idea que no se le había ocurrido nunca, y que era, aunque él todavía no podía saberlo, la única idea verdaderamente peligrosa que tuvo en toda su vida:
que quizá Nyx no las hubiera elegido a ellas.
Que quizá las hubiera hecho.